lunes, 4 de diciembre de 2017

Libros (2017)

Un buen libro hace que el día se te pase más rápido. Se levanta uno más contento, espera con ansiedad infantil el momento de lectura y, una vez entre las manos, la mente vuela lejos de cualquier preocupación. Estos son los libros que he leído en 2017.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Sociedad líquida

Un profesor de universidad siempre nos decía que tanto las mates, como la vida misma, si te parecen fáciles es que algo estás haciendo mal. Quizá lo llevamos en los genes. Cuánto más complejo es todo, tenemos más sensación de madurez, de ser adultos, de responsabilidad, de seguir la senda correcta.

Y se nos da bien complicarnos las cosas. Nuestro día a día está lleno de dificultades. Carreteras atascadas, frustración profesional, compras materiales innecesarias, eternas promesas incumplidas de dedicarnos más tiempo a nosotros mismos y a lo que nos gustaría hacer, viajes exprés que solo sirven para escapar, series o programas de televisión que llenan de ruido nuestra cabeza. Todos estos son los principios de una sociedad líquida, ultracortoplacista, donde la satisfacción de cubrir un deseo artificial se ve inmediatamente reemplazada por la necesidad de colmar un nuevo capricho. Recompensas volátiles que no disfrutamos por la necesidad y el ansia de una nueva, distinta y mejor.

Todas estas dificultades o "problemas" nos sirven de excusa para no afrontar nuestros verdaderos desafíos y sueños. Hipotecamos nuestro tiempo y nuestra energía con la promesa de una rentabilidad personal futura que nunca llega. Nos conformamos con las migajas de los intereses materiales; vamos a restaurantes más sofisticados, solo porque hay lista de espera, compramos teléfonos móviles más modernos y caros, con similares funciones a los anteriores, y nos mudamos a un barrio más selecto, donde los colegios proponen una metodología educativa innovadora.

Leer, conversar, hacer deporte, filosofar, pasear, explorar, conocer, recreos en silencio con uno mismo, escuchar con calma a los demás, saltar, estirarte, sonreír, incluso dar puntapiés a las castañas caídas en las aceras,... son el tipo de cosas para las que no tenemos tiempo en esta vida tan compleja que llevamos, llena de "responsabilidades" y "problemas".

Y no serían tantos problemas si nos detuviésemos un instante a pensar en ellos y observarlos con cierta distancia. A principios del SXVIII, un dramaturgo analizó y enumeró todas las situaciones dramáticas o conflictos en los que se podía ver envuelto el personaje de una obra. Contabilizó un total de treinta y seis posibles situaciones, extrapolables a la vida misma. Desamor, víctima del infortunio, juicios erróneos, renuncias, decisiones arriesgadas, empresas atrevidas, remordimientos, celos o envidia, rivalidad, enemistades familiares, pérdida de un ser querido... Cualquiera que sea el trascendental e insalvable problema que bloquea nuestra vida estará en esa lista. Y ya lo sufrieron millones de personas antes que tú y lo sufrirán otras tantas en el futuro. Así que, después de todo, aunque importante, quizá no sea tan inminente. Quizá pueda esperar unos minutos al día para que se los dediques a otras cosas. Quizá usemos esos problemas como barreras que nos impiden alejarnos de nuestra zona de simulado confort y crecer como personas.

Como dijo John Lennon, "la vida es lo que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes". Así pues, y con permiso de mi antiguo profesor, yo te diría que si la vida te está pareciendo difícil es que algo estás haciendo mal.

Ver las 36 situaciones dramáticas 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Para ser escritor

“El genio no se puede enseñar”

Brande comienza el libro poniendo en duda la utilidad de los cursos de escritura, donde el aprendiz de escritor escucha de primeras la desalentadora y frustrante idea de que el genio se tiene o no se tiene, pero no se puede enseñar. Y a partir de ahí inicia un camino hacia la “magia del escritor”.

viernes, 11 de agosto de 2017

Libros para escritores

Tres libros de gente que es escritora sobre sus sensaciones y rutinas a la hora de escribir. Sólo para frikis.

   

jueves, 10 de agosto de 2017

Trilogía de Grecia


Y como siempre contigo... ¡magia! Y el mejor regalo de cumpleaños posible se convirtió en horas de lectura y días de viaje.

Y redescubrí una historia de lo más interesante: la historia de la Grecia clásica, con su mitología, el olivo de Atenea contra las fuentes de Poseidón, sus guerras, su democracia, su ostracismo, Pericles, la akrópolis, el santuario de Delfos, la batalla de Maratón, con Temistocles a la carrera, los trescientos espartanos y Fidipides, el traidor, los trirremes en Salamina, la esclavitud, la liga naval, la colina del Pnyx.

Y tuve que continuar con la historia en este libro que relata el día a día en Atenas y Esparta durante las guerras del Peloponeso, con los dominios naval y terrestre repartidos, la doble muralla al Pireo, la peste, Sócrates, el teatro, en Esparta, el monte por donde arrojaban a los no-aptos, las olimpiadas, el oráculo, Sócrates, los sofistas, la caída de Atenas y la clemencia de Esparta.

Y no pude parar. La situación de tensa paz después de la guerra civil griega. El ascenso de Filipo, el Bruto, padre de Alexandro Magno, su eduación a manos de Aristóteles, el asesinato del rey, la unificación griega, la destrucción de Tebas, el salto a Asia, las estrategias de batalla, la ingeniería mecánica, Egipto, la derrota de Darío el persa, Babilonia, el desierto, India, las conquistas inclusivas, el hijo de un dios, Bucéfalo y Peritas, su muerte y el legado dividido.

Esta trilogía sobre la historía de Grecia en su época clásica, habla de política, sociedad, guerra, cultura, filosofía, amor,... ¡imperdible!

lunes, 7 de agosto de 2017

Prohibido jugar a la pelota

En la plaza mayor de mi ciudad hay un cartel grande con letras negras sobre fondo blanco. "Prohibido jugar a la pelota". La plaza es grande como medio campo de fútbol. Una esplanada con el suelo enlosado y diáfana. No hay bancos donde se puedan sentar las personas mayores, a descansar o a esperar la hora de comer,  no hay mobiliario urbano, ni árboles, ni costosas esculturas de dudoso valor estético, ni ventanas de cristal. Por lo que no hay riesgo de lesionar una cadera a nadie con un balonazo, dañar la copa de un árbol o romper en pedazos algún cristal.

Quizá quien escribió el cartel se quedó corto. Debería haber puesto más indicaciones y normas. A saber, prohibido vestir con ropa de colores. Prohibido dar abrazos. Prohibido escuchar música, aunque se usen auriculares. Prohibido reír a carcajadas. Y ya puestos, debería indicar más reglas aún. Prohibido escribir poesía. Prohibido el sonido del piano. Prohibido hacer amigos. Prohibido comer helados de chocolate. Porque todas estas prohibiciones a mí me suenan igual de feas. Solo un corazón sombrío y desdichado pudo imaginar un cartel donde prohibir a los niños jugar a la pelota. Podría entender, por cuestiones de salud, la prohibición de comer helados de chocolate, para diabéticos que no toleran el exceso de azúcar. El resto de carteles solo los puedo entender para personas que no toleran el exceso de felicidad.

Imagino una generación de niños tristes y desmotivados por no poder jugar a la pelota en la plaza de su ciudad o de su barrio. Niños criados entre prohibiciones como esta, evidentes y otras, no tanto. Por lo que sería conveniente realizar una campaña de concienciación. Según la RAE lo contrario de "prohibido" es "permitido". Pero se me hace insuficiente, tiene un alcance muy corto. Solemos equivocar el concepto de "lo contrario", con el de "ausencia de". Permitir significa ausencia de prohibir. Yo más bien usaría "obligatorio". ¡Eso sí que es lo contrario! Llenaría las plazas y las calles de carteles así. Obligatorio saludar a los desconocidos con quien te cruces por la calle. Obligatorio cantar en la ducha. Obligatorio respirar profundo. Obligatorio bailar, aunque se carezca de ritmo. Obligatorio sonreír a los tenderos en el mercado. Obligatorio jugar hasta que el sudor te cubra los ojos. Obligatorio saltar sobre los charcos. Obligatorio tirarse bolas de nieve y usar los trineos. Obligatorio ver cómo se pone el sol al atardecer. Obligatorio subirse a los árboles, con cuidado. Obligatorio silbar melodías. Obligatorio leer libros de aventuras. Obligatorio enamorarse. Obligatorio retirar el cartel de prohibido jugar a la pelota.

viernes, 4 de agosto de 2017

Apocalipsis

Al principio, la gente seguía con sus vidas, como si nada pasase. Luego dejó de acudir a sus puestos de trabajo. Solo unos pocos individuos llegaban a su oficina, en su coche particular, a la hora de siempre. "Porque se acabe el mundo en treinta días no voy a dejar de hacer mi vida como hasta ahora", decían. Su vida, como hasta ahora. Encendían el ordenador y aporreaban el teclado. Quién sabe qué. Llegaban a casa, ponían la tele, veían varias reposiciones de programas y cenaban comida recalentada a la hora habitual. Ya en la cama, refunfuñaban sobre el ruido de la calle. Porque había mucho ruido en la calle.

Ruido de la gente que había decidido pasar los últimos días del universo, rodeados de sus vecinos, charlando y compartiendo vino. Niños que no paraban de jugar a la pelota o al escondite y gritar, de noche y de día. Personas que había desempolvado sus viejos instrumentos, guardados en el fondo de un armario, y los tocaba en mitad de la calle, para deleite de los amigos. Casas con las puertas abiertas, siempre dispuestas a recibir visitas inesperadas y huéspedes necesitados de sábanas limpias. Vecinos que se gritaban desde sus balcones, en pantalones de deporte y camisetas holgadas.

El gobierno (algún funcionario que mantenían aún cierto sentido cívico) decretó el fin de las clases en los colegios y la suspensión de las obligaciones laborales. También había alertado de la posible falta de suministro de los considerados, hasta entonces, servicios básicos mínimos. Como la electricidad, la gasolina, medicamentos, agua y alimentos. Alertaba de la ausencia de policía, ambulancias, bomberos y transporte público.

Pero la unión entre los vecinos había solventado cada una de esas carencias. Las familias y los amigos se habían reunido, hermanos que hacía tiempo estaban distanciados, se volvieron a hablar, preparaban la cena juntos, con patatas y huevos, recordaban anécdotas pasadas, secaban la ropa al sol y jugaban a viejos juegos de mesa, como las cartas o el monopoly. Todos compartían el mismo destino y eso los había liberado, hablaban con comodidad, desinhibidos, de temas profundos, filosofía, ciencia, arte, de miedos internos y, resignados, de sueños que ya no iban a cumplir. Se produjeron declaraciones de amor aquí y allá entre amigos, o entre simples desconocidos, se perdonaron y resolvieron pequeñas diferencias entre antiguas amistades. La gente había asumido el trágico destino con naturalidad, a falta de remedio, y había decidido pasar los últimos días de su existencia rodeado del amor y la compañía de sus seres queridos, sin importar más.

La complicidad y la necesidad social habían desarrollado nuevas normas y formas de hacer las cosas, de manera diferente a lo acostumbrado en la ya antigua sociedad. Se hizo innecesario recargar la batería de los teléfonos móviles, las teles estaban apagadas y apenas se hacía uso de los electrodomésticos, por lo que las reservas de electricidad de la ciudad se mantenían estables. Los supermercados se dejaron abiertos y la gente acudía y tomaba solo lo necesario. No tenía sentido acumular comida si en treinta días se iba a acabar el mundo. De este modo las despensas de los supermercados se vaciaban muy lentamente. La gente había tomado costumbre de bajar con botellas de cristal al río y recoger agua fresca del manantial. Disfrutaban esperando su turno, haciendo cola, charlando con otros conocidos y jugando a mojarse. Habían sustituido los coches por las bicis para desplazamientos menores, ya fuese por necesidad o por ocio. Ya no eran necesarios grandes desplazamientos por lo que los coches estaban siempre parados. Y en los casos en los que no había opción, los vecinos hablaban entre sí y se aprovechaba para realizar varios recados en el mismo viaje. Por lo que los surtidores de las gasolineras aún conservaban fuel suficiente.

Se producían poco accidentes domésticos y de escasa gravedad. Siempre alguien conocía a un médico dispuesto a ayudar que acudía raudo ya fuese una quemadura, un corte o alguien que se había caído de una escalera. Así como sucedía con las gasolineras y los supermercados, las farmacias y los hospitales eran accesibles durante todo el tiempo, y como nadie cogía lo que no necesitaba, era fácil encontrar un antibiótico, una venda o unas muletas. De igual modo, entre todos los vecinos y familiares eran capaces de sofocar los pequeños incendios caseros que se producían y ya ningún malhechor se decidía a actuar ni increpar a un individuo por miedo a ser reprendido por todo un barrio de gente saliendo en su defensa.

Algunos no habían soportado la presión, ni asumido el temible desenlace. Se habían suicidado en silencio en sus camas, en soledad. Quizá el fin del mundo trastocaba sus planes cotidianos hasta un punto insoportable. Quizá ya no tenían fuerzas ni ganas antes y el Apocalipsis solo fue una excusa. Otros habían decidido salir de viaje en sus coches o en sus motos para conocer el máximo número de sitios posibles o simplemente visitar algún destino soñado. Habían organizado una fiesta multitudinaria la noche anterior de la partida para despedirse. Otros tantos habían decidido acampar en lo alto de alguna montaña, o en alguna playa a la orilla del mar, para poder observar, desde la primera fila, los pocos atardeceres y amaneceres restantes.

Y así cada uno encontró en qué ocuparse los días antes del apocalipsis. Y vio claro a qué pasiones y a qué gente quería dedicar su tiempo, cuando el tiempo era un bien preciado, finito y escaso. Tan finito y escaso como sucede en nuestros días.

jueves, 3 de agosto de 2017

El mejor verano de mi vida

El mejor verano de mi vida sucede en un pueblo pequeño de pescadores, a las orillas de un mar. Un pueblo con lavandería, puestos callejeros de tacos y consulta médica solo un día por semana. Un pueblo con una playa repleta de tortugas marinas, palmeras inclinadas y chalecos salvavidas descoloridos por el sol. Un pueblo situado en mitad de una frondosa jungla, cerca de cenotes de agua dulce y ruinas arqueológicas antiguas. Un pueblo rodeado de carteles de propiedad privada, una sola autopista y hoteles de lujo. Un pueblo donde puedes pagar en pesos, dólares o euros. Un pueblo lleno de huéspedes, con dos piscinas pequeñas y diez apartamentos en renta. Un pueblo con mosquitos, tarántulas e iguanas. Un pueblo con garrafas de agua de veinte litros, sartenes de hierro y duchas sin presión. Un pueblo de mangos, piñas y aguacates. Un pueblo con música en directo todos los días, alquiler de bicis sin freno y un oxxo en cada esquina. Un pueblo con una laguna donde viven delfines, mantarrayas y peces voladores. Un pueblo con ventilador en el techo, ventanas sin persiana y camas de dos metros de ancho. Un pueblo con esterillas moradas, cintas en las puertas y toallas blanquirrosas. Un pueblo con un solo ordenador para dos, internet lento y mapsme en el teléfono móvil. Un pueblo de repelente de mosquitos, aftersun y cicatricure. Un pueblo lleno de arena pegajosa, cuerdas para tender y destender y hamacas rotas. Un pueblo de caminos de tierra con baches, colectivos con paradas continuas y emisoras de radio con final feliz. Un pueblo con jarras de limonada fría, cafés poco cargados y helados caseros que se congelan. Un pueblo visto a través de máscaras de snorkel, gafas de sol y cámara de fotos sumergible. Un pueblo recorrido en chanclas, riñonera y bañador. El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo así descrito, ya sea con treinta y cinco años o a la edad de diez.

lunes, 31 de julio de 2017

El mejor verano de mi vida

El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo, en la ladera de una montaña. Un pueblo de días en la calle, tardes en el río y noches de manta; un pueblo de jugar en la calle a la pelota y apartarse a un lado cuando aparece un vecino en su coche; un pueblo de no llevar candado en la bici, dejarla tirada en la acera y olvidarse; un pueblo con un solo parque, decorado con una fuente de agua potable, verdes mirtos y babosas nauseabundas; un pueblo donde no hay edades y tres generaciones se juntan a tomar el aperitivo en el único bar que hay; un pueblo de una sola pista de fútbol-sala, siempre abierta, a cualquier hora; un pueblo donde todo el mundo conoce al doctor, al cura y al maestro; un pueblo donde no tienes nombre, tus amigos te ponen un mote y los mayores te conocen como "el de la Juanita"; un pueblo de hogazas, de paseos al huerto para coger tomates y de cocinas de gas; un pueblo de casas con buhardilla, llenas de tíos y primos, con la puerta siempre abierta y las sillas sacadas a la calle; un pueblo de paellas en la vera, melocotones que huelen a fruta y guindas cogidas de lo alto de los árboles; un pueblo de perros callejeros sin correa, de jugar a las chapas, al escondite y al salto al pollo; un pueblo con un camino hacia el río lleno de moras, ortigas y lagartijas; un río de agua fría y transparente, piedras grandes y redondas y bocadillos de chorizo envueltos en albal; un pueblo de cenas en familia y paseos nocturnos con helado de chocolate; un pueblo con noches de estrellas, luciérnagas y colchones tirados en el suelo. El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo así descrito, ya sea a la edad de diez años o con treinta y cinco.

lunes, 10 de julio de 2017

La vida de los peces

Un exitoso hombre de negocios estaba disfrutando de una merecida semana de vacaciones en una paradisiaca zona de costa. Al tercer día sintió curiosidad por un pescador local al cual había estado observando.

- Todos los días a media mañana le veo venir con un cubo, echar la caña, pescar media docena de peces y regresar por el camino del muelle, caminando tranquilo. ¿Tiene suficiente con esos peces? -preguntó el inquieto hombre de negocios.

- Así es -respondió el pescador- son para mi familia. Al llegar a casa, los cocino a fuego lento a la espera de que lleguen mis hijos del colegio. Después nos echamos la siesta mi mujer y yo, para apaciguar las horas de más calor. Ya por la tarde, les ayudamos con las tareas o jugamos con ellos. Y a la hora de la puesta de sol, salimos todos juntos a dar un paseo frente a la bahía y conversamos. Y así, todos los días.

- No cabe duda de que es usted un experto pescador -añadió el hombre de negocios-. Debería usted venir no con uno, sino con dos cubos y pescar el doble de peces. Así podría vender el sobrante y ganar algo de dinero.

- ¿Y para qué querría más dinero? -se mostró extrañado el pescador.

- Con el dinero que gane podría comprar una segunda caña, y pescaría el doble de peces en el mismo tiempo -siguió con lógica deducción el hombre de negocios-. Así podría ganar aún más dinero.

- ¿Y para qué querría más dinero? -seguía confuso el pescador.

- Pasados unos meses, con el dinero que hubiese ganado podría comprar una barca y una red, adentrarse en el mar y pescaría muchos más peces. Así ganaría más dinero.

- ¿Y para qué querría más dinero? –continuaba sin comprender el pescador.

- En diez años con el dinero ahorrado podría comprar más barcas y más redes, subarrendarlas y así otros trabajarían para usted y ganaría más dinero -el hombre de negocios empezaba a mostrarse eufórico.

- ¿Y para que querría más dinero?

- En quince o veinte años, con la reputación adquirida podría sacar su empresa a bolsa. A la vista de los buenos resultados asegurados sus acciones subirán como la espuma y finalmente podría vender todas sus participaciones. Así se haría millonario y no tendría nunca más que volver a trabajar -sentenció con aire triunfador el hombre de negocios.

- ¿Y qué haría entonces? -dijo el pescador sumergido en una gran duda.

- Pues llegado ese día, usted podrá dedicarse a lo que más le guste, como pescar, cocinar para su familia, jugar con sus hijos, pasear con su mujer, conversar...

- Esta bien, muchas gracias por el consejo, pensaré en ello -sentenció el pescador-. ¡Que tenga un buen día!

- Igualmente -dijo el hombre de negocios con la palabra en la boca.

sábado, 8 de julio de 2017

Prœposiciones

A,ante,bajo,
cabe,con,contra,
de,desde,que,te,conozco,
todo,es,luz

domingo, 18 de junio de 2017

Decadencia


Detuvo sus pasos, levantó la mirada y vio el color pálido de la fachada desgastada; las grietas dispersas por las paredes de ladrillos sucios, cubiertas de moho y humedad; los marcos de madera podrida de las ventanas, con sus cristales rotos custodiados por oscuros tablones de veta lisa, o simplemente por plásticos arrugados; las barandillas oxidadas de hierro forjado de los balcones; las tejas de cerámica rotas que asomaban amenazantes en lo alto del edificio; los trazos sin arte ni sentido hechos con spray negro barato; los cables chamuscados del tendido eléctrico que recorrían la fachada sin orden, ni destino, ni función; los canalones cubiertos de agua putrefacta, atascados por las hojas secas de otoño.

jueves, 18 de mayo de 2017

NS/NC

 "Stretch.
Don't feel guilty if you don't know what you want to do with your life.
The most interesting people I know didn't know at 22 what they wanted to do with their lives.
Some of the most interesting 40-year-olds I know still don't."


La naturaleza me equipó con unos ojos bonitos y una mente analítica. De los primeros siempre he disfrutado y sacado provecho; de la segunda me ha llevado algo más de tiempo acostumbrarme y darle un uso adecuado. Una mente observadora y deductiva, analiza todo lo que ocurre a su alrededor y saca conclusiones. Una mente así se siente confiada y se adapta con facilidad a cualquier situación; aunque en ocasiones puede pecar de intransigente. Lo que a primera vista puede parecer un don, sin reparo alguno, en ocasiones actúa como una maldición. Algunas veces me gustaría ser un poco más tonto y no darme cuenta de ciertas cosas. Con frecuencia he cedido a mi mente el mando de mi vida. Me ha demostrado tomar buenas decisiones y eso me ha permitido delegar en ella en los asuntos importantes; y en los menos relevantes también. Ahora a mis treinta y tantos, siento que algo está cambiando. Hay una nueva opción entre las respuestas a las preguntas del test de la vida en la que antes no había reparado. No sabe, no contesta. Antes era incapaz de imaginar que alguien, ante una decisión importante en su vida, pudiese optar por esta respuesta, sin saber qué hacer o decir, sin analizar la situación ni las posibles salidas. Algo inimaginable en mí.

Habla un viejo proverbio chino, quién sabe, sobre un hombre agraciado al que le cayó en sorteo un caballo; desgraciado porque rompió una pierna cabalgando; agraciado de nuevo porque vino la guerra y le declararon no apto para pelear. Así sucede a menudo, los contratiempos tornan en dichas y las fortunas en desgracias. Cuando creíamos que la respuesta correcta era la A, sin duda alguna, resulta que era la B. En ese caso, la tercera opción, no sabe/no contesta, se convierte en una garantía. Bien por no entender la pregunta, por no saber la respuesta o por otros motivos sin especificar. Esto funciona solo para las cosas importantes, a saber, trabajo, dinero, estudios,... De nada sirve invertir tiempo y análisis en problemas sobre los que desconocemos variables. Es cierto que genera incertidumbre y da un valor aleatorio al futuro, pero esa eventualidad ya estaba antes de tomar nuestra decisión y seguirá, con toda seguridad, después aún camuflada. Quizá en este caso nuestra intuición a través de la experiencia sea la mejor aliada.

Cuanto menos claro tengo el futuro de las cosas consideradas "importantes" de mi vida, más claro y transparente veo el presente de las cosas menos importantes. En las preguntas de calado menor, tengo clara la respuesta. Sí sé, sí contesto. Sé que me gusta tocar el piano, patinar, ir a la montaña, escribir, viajar. Ya no dedico tiempo a lo que no me apasiona. Quizá, me he vuelto un poco radical, me apasiona o no me gusta, no hay medias tintas. Y si tengo dudas, recurro a una teoría americana, un tanto pretenciosa, acerca de la aceptación de proyectos. Si dentro de mí suena una Fuck yeah! entonces estoy dentro. Si no es así, lo dejo aparcado. Hay grandes ideas que llegan en momentos inoportunos, y malas ideas que llegan en momentos adecuados. Es por eso que ahora mi mente delega en mí algunas decisiones. Ha aprendido a fiarse y ver a través de mis bonitos ojos.

El primo Ángel

Ángel Sancho Yáñez es el menor de 5 hermanos, nacido el 21 de abril de 1942 en el pueblo de Balazote, provincia de Albacete. De familia con fuerte tradición agrícola, empezó a trabajar las tierras de su padre desde muy temprana edad, perdiendo interés por los estudios académicos obligatorios, al contrario que sus hermanos, todos ellos universitarios. De carácter afable y obstinado, heredó la tierra y el trabajo de su padre. En contra del consejo de sus hermanos, rechazó una suculenta oferta por los terrenos y se centró exclusivamente en la plantación de cebada. Trabajando de sol a sol, reintrodujo técnicas tradicionales de sembradío, algunos procesos manuales; desterró los abonos químicos y minimizó el uso de la maquinaria. Elaboró una marca propia de cerveza artesanal, de fuerte sabor agrio con triple destilado y aroma aceitunado; cerveza rurale, marca que vendió en 1999 a la cervecera extranjera del Grupo Modelo por 500 millones de pesetas. Desde entonces, sin oficio aparente más que jugar a las cartas y largos paseos acompañado de sus perros, sigue viviendo en su pueblo natal, en la casa familiar, vistiendo las mismas camisas típicas de labranza y, a la hora del aperitivo, siempre pide una cerveza rurale, cerveza que critica a cada sorbo, por el giro industrial de su sabor.

miércoles, 19 de abril de 2017


¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar?
Eso depende de a dónde quieras ir —respondió el Gato.
Lo cierto es que no me importa demasiado a dónde... —dijo Alicia.
Entonces tampoco importa demasiado en qué dirección vayas... —contestó el Gato.
...siempre que llegue a alguna parte —añadió Alicia, tratando de explicarse.
¡Oh, te aseguro que llegarás a alguna parte —dijo el Gato— si caminas lo suficiente!.

Un instante

Un instante mágico, a mitad de camino en el transbordo de una estación de metro. Vislumbro un ejército de personas que caminan con la cabeza agachada. Autómatas en silencio. Luz artificial de halógenos. Voy con paso firme, camino de mi destino. Suena un violín, melodía dulce. Sonrío. La música me inspira complicidad. Se eleva entre las siluetas inanimadas. Me detengo a escuchar con todo mi cuerpo. El sol me espera fuera. Una pausa en el camino. Puedo esperar, sé a dónde me dirijo.

martes, 28 de febrero de 2017

La semana laboral de 4 horas

La semana laboral de 4 horas. Tim Ferriss.
¡Ha llegado el momento de que controle su tiempo y su vida!
 
Pues un libro escrito por un 'flipaillo' pero que llena de energía y motiva a actuar. Estructura del libro dividida en Definición (Todo lo comúnmente aceptado como cierto es falso), Eliminación (80/20 y ley de parkinson), Automatización de negocios (autoproducción, estructura virtual sostenible) y Liberación. "A pesar de la creencia habitual, los mayores placeres y los grandes viajes no están reservados a los millonarios, sino a quienes se deciden por ellos." Conceptos como mini-jubilaciones, dueño de su propio tiempo, yourmaninindia,...

domingo, 4 de diciembre de 2016

Libros (2016)

 

Estos son algunos de los libros que he leído en 2016.


La isla de Alice, Sánchez Arévalo




El mundo de Sofía, Gaarder




Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, Covey




Alicia en el país de las maravillas, Carroll



El Alquimista, Coelho




¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Dick




Solaris, Lem

sábado, 30 de julio de 2016

Cosas que me hacen sentir en casa

Los peugeot 309 blancos, la canción pictures of you de the cure, las marcas en la pared del postigo, el camino de tierra hacia el río desde la casa de mi tía, y sus moras, las bicicletas de carreras orbea, la tortilla de patatas de mi madre, las baldosas feas y frías de filigranas blancas y negras, el tazón de plástico azul sin asa, la encimera de formica de color verde oscuro, los querubines de mirada indiferente de la madonna, las rayas rojas y blancas en una camiseta, los teléfonos nokia indesctructibles y antiguos de color azul oscuro, el kindle de tapa verde y rugosa, el edredón desgastado estampado de colores, de noventa, el suelo de parqué, el puente de madera agrietada de la alameda del parral, el llavero de un muñeco verde, los auriculares rojos de tira fina, el árbol junto a la fuente de las presillas, las plantas verdes que ocupan la mesa de mi salón, el sillón poang de madera de haya y funda roja, las escaleras a la sombra de la parte de atrás de los jardines sabatini, la gárgola petrificada que vigila la curva de la calle san frutos, el cine de verano zuloaga, la carretera de salida del hipercor de valderas, el desvío del colegio de las concepcionistas, la cuesta empedrada de la parte de atrás de mi casa.

lunes, 25 de julio de 2016

Madrid&YO

A Madrid no llegas, Madrid te encuentra
Nunca te hallarás por sus calles sin motivo,
viviendo su pulso único y sus rincones llenos de historia.
Ni imperios ni barbarie conquistaron nunca Madrid,
será Madrid quien sepa conquistarte.
Madrid te prueba, Madrid te enseña,
hasta que, agradecido, te acabas enamorando de la ciudad.
Madrid no te engaña nunca,
y nunca deja de sorprenderte.

martes, 29 de marzo de 2016

El tiempo de las cosas

Me gusta medir el tiempo de las cosas en escalas propias e inventadas, que nada tienen que ver con segundos ni minutos. Mi cafetera tarda en calentarse el tiempo justo en el que se toca el preludio número uno de Bach al piano. Se tarda en correr diez kilómetros exactamente lo mismo que en escuchar el disco wish de the cure, utilizando la última canción para estirar. El tiempo en recuperarse de la extracción de una muela del juicio es idéntico al metraje de las dos primeras temporadas de modern family en versión original. El autobús de mi casa a príncipe pío tarda el tiempo justo en escribir doce whatsapps y un par de emails; y el tren hasta atocha dura lo mismo que un capítulo entero del libro que me esté leyendo en ese momento, incluida la última página si apuro en extremo la apertura de puertas. Una película actual tarda en descargarse el tiempo justo en el que se trocea un tomate y se cocina una tortilla francesa, igual a la de patata; y el tiempo que tarda mi horno en gratinar unos macarrones mide la distancia entre mi casa y la panadería del barrio, ida y regreso, siempre y cuando consiga despistar a la vecina del bajo, asomada a la ventana con ganas de cháchara. Un mes es el tiempo que necesita la enredadera colgada del techo de mi salón en avanzar hasta la siguiente balda de la vitrina. Escribir este post me lleva el tiempo que transcurre entre que empieza a esconderse el sol hasta que se pone. Tardo en merendarme un bollicao relleno con mi mano izquierda el mismo tiempo en que mi mano derecha cierra la puerta de la nevera, sin pestañear. Una semana es el tiempo que transcurre entre clase y clase, deberes incluidos. Mido el tiempo de las cosas de esta peculiar manera. No necesito reloj.

jueves, 18 de febrero de 2016

Superposición de estados

A veces me siento como el gato de Schrödinger. Muerto y vivo a la vez. En el experimento imaginario, al pobre gato se le encierra en una caja de madera opaca, junto con un bote de cianuro y un detector de electrones. Se dispara un electrón y entonces el detector decide si se libera el veneno o no. Y por una curiosa capacidad que tienen los electrones de estar en dos lugares distintos al mismo tiempo, sucede que el gato está entonces vivo y muerto a la vez, en una superposición de estados. Hasta el momento en el que abrimos la caja, rompemos la magia cuántica y averiguamos si el gato está vivo o muerto.

No hay dios que lo entienda. Yo no, al menos. No soy como el gato, pero siento que a veces estoy muerto y vivo al mismo tiempo. Alegre y triste. Enérgico y cansado. Eufórico y deprimido. Feliz y melancólico. Ágil y pesado. Veloz y lento. Como una superposición de estados físicos y anímicos antagónicos. Y no siempre consigo abrir mi caja de madera para definir claramente un estado u otro, por lo que esta dualidad indefinida adquiere un carácter atemporal. Es como si existiesen “yoes” distintos en cientos de universos paralelos, interactuando entre sí, sin coherencia aparente.

La vida del gato depende entonces de los electrones. La teoría explica que estos son al mismo tiempo onda y partícula. En función de la naturaleza del experimento que realicemos, responden de una manera u otra. No soy un electrón, pero me comporto igual. Según lo que busque dentro de mí, eso es lo que encuentro. Si busco la felicidad en mi interior, la hallo. Y al mismo tiempo, si me pregunto por la desdicha, también aparece. Si me pregunto si quiero saltar, respondo con ganas de brincar. Y en el mismo instante si me pregunto si estoy cansado, me apetece tumbarme en la cama.

Y es así como, en medio de todo este caos de estados superpuestos, encuentro el orden. Yo decido qué preguntas hacerme. Yo determino el “yo” que prevalece de entre los diferentes universos. Así es como dirijo mi vida. Y aunque, como todo sistema de caos, no se puede describir con una constante o explicar con una ley física; y aunque es imposible la predicción a largo plazo, siento que me estoy haciendo las preguntas adecuadas.

He abierto la caja, el gato está vivo. Gracias a dios.

sábado, 22 de agosto de 2015

Cosas que sí y cosas que no

No me gusta la leche desnatada con el café. Detesto escribir por el whatsapp mientras camino. No me gustan los cepillos de dientes sin tapa. No me gusta el olor a coliflor cocida. No me gusta pisar el césped descalzo. No me gusta el alarmante sonido del cercanías cuando anuncia el cierre de puertas. Odio despertarme con sueño en mitad de la noche. Me fastidia subir a casa cargado con las bolsas de la compra de la semana para ahorrarme un viaje. No aguanto que pregunten quién más sale. Me incomodan comer con migas de pan sobre la mesa. Odio marearme cuando me subo a un barco. No me gustan las cortinas de baño que se me pegan al cuerpo mientras me ducho. Me disgusta tomar bebidas calientes en recipientes de plástico. Detesto los días oscuros de invierno que amanecen con lluvia. No me gusta que se me acabe la batería del teléfono al volver a casa en metro. No me gusta el olor del lavavajillas antes de encenderlo. No me gusta el rugir del motor de las motos de gran cilindrada. Aborrezco los espárragos blancos, su sabor y su textura. Detesto las algas blandecinas que me rozan la piel cuando me baño en el mar. No me gusta escuchar martillazos al otro lado de la pared. No me gusta el aire acondicionado. Me indigesta encontrar un táper escondido  en el fondo de la nevera, con la comida estropeada. No me gusta la parte de atrás de los ordenadores de pie. No me gusta mancharme de grasa cuando abro el capó de mi coche. Detesto los pipos de las aceitunas sobre la mesa. Odio el trapo del polvo, hace que me pique todo el cuerpo. No me gustan las cazuelas quemadas. Aborrezco el sabor del tequila en un chupito. No me gusta correr por asfalto. No me gusta parar más de diez minutos cuando conduzco en un largo viaje. No me gusta bailar agarrado. Detesto que me despierten gritándome al oído. No me gusta respirar cuando un autobús cerca de mí echa humo por su tubo de escape. No soporto tocar el algodón de farmacia.

Me gusta el olor a hierba mojada. Me gusta echar gasolina. Me gusta dormir con las sábanas recién lavadas. Me gusta el sol de por la tarde que entra por la ventana del cuarto de estar. Me gusta correr por caminos de tierra con los auriculares puestos. Me gustan las ensaladas de lechuga solamente. Me gusta el sonido del piano. Me gusta observar a una chica cuando está leyendo. Me gusta apretar el gatillo del taladro. Me gusta cuando ponen una canción de Los Planetas por la radio. Me gusta mirar por la ventana cuando viajo en autobús. Me gustan los cucuruchos de vainilla. Me gusta escuchar el sonido de los truenos sentado en el sillón de mi casa. Me gustan los aeropuertos. Me gusta ver a los aviones despegar a través de los ventanales de la terminal. Me gusta darme cuenta al despertar de que me quedé dormido. Me gustan las pizzas de pepperoni con tomate natural en rodajas. Me gustan las máquinas de escribir antiguas. Me gusta enterrar los pies en la arena de la playa. Me gusta subirme a las ramas de los árboles. Me gusta repartir lentamente la mantequilla por todos los puntos de la tostada. Me gusta recibir un mensaje de alguien en quien he estado pensando. Me gusta respirar profundo en lo alto de una montaña. Me gusta conducir con la ventanilla bajada. Me gusta volver de visita a la casa de mis padres donde crecí. Me gusta el bosque de plantas verdes que tengo en la mesa del salón. Me gusta dormir la siesta con la persiana levantada. Me gustan las naranjas, su sabor y su textura. Me gusta escuchar las campanas de la torre de una iglesia. Me gusta montar en bici con ropa de calle. Me gustan los domingos de invierno lluviosos en pijama. Me gusta bucear. Me gusta que me besen en la mejilla. Me gusta deshacer la maleta cuando regreso de un viaje a un lugar lejano. Me gusta pensar en ti.

jueves, 6 de agosto de 2015

Tus viejos discos de vinilo

Cuando te fuiste de casa los guardé en una caja de cartón. La verdad es que nunca te has preocupado mucho de tus cosas. Eres así, mitad desprendida, mitad desorganizada. Pero tus discos... no entiendo cómo no pensaste en ellos aquel día. Con todo el esfuerzo y tiempo que habías dedicado a tu colección. Algunos los compraste cuando ya salíamos juntos. Debo reconocerte que al principio me parecía una afición caprichosa e insustancial. ¡Gastarse el dinero en vinilos viejos en plena era digital! Con todos esos cuidados necesarios, tener que almacenarlos de forma vertical, el ritual de limpiarlos antes y después de escucharlos, la delicada aguja del tocadiscos,... Al final, me aficioné yo también al sonido analógico, cálido e imperfecto de la música en un vinilo. A los chasquidos, a su textura y a la atmósfera que crea. ¡Quién iba a imaginar que terminaría aprendiendo a arreglar los saltos de surco!


Puse la caja en lo alto del armario, inaccesible a la vista. Me enfurecía solo de pensar en tus discos. Pero hace ya mucho tiempo de aquello y ahora no sé qué hacer con la caja. Lo más lógico sería devolvértelos, pero pasó mucho tiempo hasta que te acordaste de pedírmelos. De un día para otro apareciste de la nada y me exigiste los discos. Tu despreocupación hasta entonces había sido total y en cierto grado, dolorosa. Me los pediste con insolencia, en tono amenazante. ¡Como si de algún modo yo te los hubiese arrebatado! Ni los discos ni yo merecíamos ese trato. Así que decidí no devolvértelos. Quizá, por rencor. Quizá, porque estaba cansado de solucionarte siempre los problemas. El caso es que ahí están. He pensado en venderlos por internet. Estoy seguro que me sacaría una buena suma de dinero. A veces creo que simplemente los dejaré al lado de un contenedor de basura. Así ya no ocuparan más espacio en mi armario, ni en mi cabeza. Tal vez algún día me dé por mandártelos. Quién sabe.

Mientras lo decido, bajaré la caja del armario, sacaré uno de los vinilos de Janis, lo limpiaré cuidadosamente y accionaré el tocadiscos.

   

martes, 24 de marzo de 2015

Milk of human kindness

PÍLDORA #3
Desolación. Incertidumbre. Decepción. Tristeza. Infinita tristeza. Cansancio, hasta el agotamiento. Vacío. Soledad. Derrota. Homesick. Recuerdos felices. Esfuerzo baldío. Tiempo. Proyectos. Más vacío. Ilusiones. Flaqueza. Dolor de alma. Peso, tanto peso. Insoportable. Caer. Noche. Frío. Lejos. Extraño. Viejo. Espacios cerrados. Necesidad. Correr, con la lengua fuera. Retroceder. Llorar, casi. Frustración. Distinto. Sueño. Ayer.

Camino. Nacimiento. Novedad. Incertidumbre, de nuevo. Ilusión. Fuerza. Apertura. Expectación. Paz. Seguridad. Dudas. Positivo. Yo. Trabajo. Explorar. Sonrisa. Música. Cielo. Y el sol que sale. Ingravidez. Generosidad. Igual. Ligero, como pluma al viento. Confianza. Pasear. Correr. Más yo. Consciencia. Perdón. Aprendizaje. Valor. Deseos. Crecer. Verde, como esperanza. Sabores. Respirar, tomar aire. Creer. Querer. Descanso. Avanzar. Luz. Amor. Hoy.

miércoles, 23 de enero de 2013

Cajones vacíos

Los cajones de la casa de mis padres son fascinantes. Son como viajes en el tiempo. Cada vez que abro uno me sorprende no encontrar lo que había años atrás; en la época en la que yo vivía allí. El cajón que guardaba mi ropa de deporte, por ejemplo, almacena ahora innumerables juegos de sábanas gastadas. El cajón donde amontonaba mis jerséis, el favorito y los demás, ahora suele estar vacío. Menos cuando mi hermana viene de visita y guarda allí la ropa pequeña de sus hijas.

Vaciar un cajón es un pequeño acto, a priori poco relevante, que anuncia un gran cambio inminente e implica próximos y notables acontecimientos. Hay cajones vacíos que tengo grabados a fuego en mi cabeza. El cajón de mi escritorio con ruedas negras de plástico, vacío de bolis, clips y calculadora, desocupado justo antes de empezar la universidad. El cajón vacío de mis camisetas, guardadas en una maleta el día antes de vivir en el colegio mayor. El cajón vacío de la mesa de mi último trabajo, poco antes de abrir mi empresa. El cajón del viejo armario destartalado de madera del piso de alquiler, antes de mudarme a mi propia casa. El cajón vacío sin usar de la parte derecha del armario de la habitación, antes de que M. guardase allí sus cosas.

Vaciar un cajón supone el final de un episodio en la vida que se acaba y pronostica el inicio de una nueva aventura. Tristeza y alegría, en partes iguales, mezcladas sin tocarse, como el aceite y el vinagre. Tristeza, melancolía y nostalgia por una época vivida y disfrutada que ha sido parte cotidiana de nosotros por un largo período de tiempo. Y se acaba. Alegría, incertidumbre y expectación por una nueva etapa que está a punto de comenzar y por todas las cosas buenas que nos va a aportar. Y empieza.

Vaciar un cajón anuncia un cambio de época en la vida. Como las hojas que caen de los árboles pregonan la llegada del otoño y con él, el cambio de estación. Como arriar las velas informa de un cambio en la dirección del viento. Y el barco toma un nuevo rumbo.

Hoy he vaciado un cajón, solo para limpiarlo.
He vuelto a colocar todas las cosas en su sitio.
El viento sigue soplando de popa.
No espero cambios.

viernes, 23 de noviembre de 2012

It's kind of a funny story

That's life, isn't it?
Who doesn't have an instrument?
Why can't we give ourselves one more chance?
Why don't we give love that one more chance?

jueves, 11 de agosto de 2011

El universo que no fue

PÍLDORA #2
Un día cualquiera, así porque sí, el universo decide juntar de nuevo dos caminos distanciados por años luz, que años atrás fueron inseparables.

—¡Menuda sorpresa! ¿Cómo estás?

En ese momento se disparan millones de sensaciones, como fuegos artificiales de emociones y percepciones físicas. La mente desempolva todos los archivos que tienen que ver con esa persona; e intenta actualizar todos los rasgos físicos que han cambiado o envejecido, simplemente.

—Muy bien, ¿y tú?

Apenas puedo prestar atención a la conversación. Intento que mi cara no muestre el flujo de emociones que se suceden en mi cabeza. Se me escapan por los poros de la piel. No tengo claro cuáles son, cómo clasificarlas. Pero sí una de ellas envuelve todas las demás. Cariño. Un cariño inmenso que viaja directo de la época en la que ella y yo éramos uña y carne, cielo y sol, agua y sed, luna y noche. Un sólo corazón en dos cuerpos. Dos adolescentes descubriendo el mundo, uno de la mano del otro.

—Bien, no me puedo quejar.

Me gustaría preguntarla si se acuerda de todo lo que nos quisimos, de lo importantes que fuimos el uno para el otro. De todos los sentimientos y sensaciones que descubrimos juntos. Pero no quiero que saque conclusiones erróneas. No quiero parecer que aún estoy enamorado de ella, ni siquiera que pienso en ella de vez en cuando. Porque no es así. Fue parte de mi y el amor que siento por ella siempre será inmenso. Pero nuestra historia tuvo su momento, ya fue y se acabó.

—Bueno, y... ¿qué haces por aquí?

Me siento radiante. Como un perro que ve a un antiguo amo. Quiero saltar y abrazarla, pero sería extraño de explicar. Me pregunto si ella estará sintiendo las mismas cosas que yo. Si se alegra tanto de verme como yo a ella. Si su corazón está bombeando al doble de velocidad de lo normal. Quiero decirla que cada vez que he estado con una chica la he comparado con ella. Que nunca más he vuelto a sentir, aunque quizá fuese la edad, la sensación de eternidad como cuando estuvimos juntos. Que he vuelto a ser feliz al lado de alguien. Que pensar en ella o recordarla siempre me trae una sonrisa a la cara. Que hubiese sido capaz de conquistar el mundo si ella me lo hubiese pedido cuando estábamos juntos.

—He venido a recoger unos papeles aquí cerca. Y ¿tú? ¿qué es de tu vida? Cuéntame...

Quiero saber inmediatamente todo lo que ha dado de sí su vida. Si está con otra persona, si tiene hijos. Si pudo superar nuestra ruptura. Si piensa en mí alguna noche. Si recuerda en todos los lugares donde lo hicimos. Si es feliz. Porque a las personas nos encanta pensar que nuestro verdadero mundo está en otro universo. Que quizá otro yo en un universo paralelo esté viviendo todas las historias que nos hubieran gustado vivir a nosotros. Nos gusta pensar en los universos que no fueron. En cómo habrían sido nuestras vidas si...

—Puf, han pasado muchas cosas, hace ya tanto...

Pero me gusta mi universo actual, sin ella. No tengo ninguna duda de que un universo con ella también habría sido genial. Pero no sucedió. Me gustaría decirle que me encantó que formase parte de mi universo pasado. Y que me gusta mi universo actual. Que seguro que ella tiene algo de culpa en eso. Es curioso como no me atrevo a decirle nada de lo que me está pasando por la cabeza. Con todo lo que compartimos en el pasado, con todo lo cerca que estuvimos, lo juntos que nos sentimos... Hoy no puedo actuar como si la persona que tengo delante fuese la misma que hace años me dolía cuando se separaba de mi lado. La distancia física y emocional me hace sentir que es como si fuese otra persona.

—La verdad es que sí, ¿quieres tomar algo? te invito a un café.

Mis palabras no suenan convincentes. A pesar de que me encantaría pasar las siguiente horas hablando con ella, escuchando sus noticias, no sé cómo hacerlo. Es una especie de mezcla entre emoción, incertidumbre y pereza. Nos llevaría un tiempo romper el hielo y llegar a las historias interesantes. Y para ese entonces el café ya se habría quedado frío, o se habría acabado, así que tendríamos que despedirnos.

—El caso es que llevo un poco de prisa, tengo el coche en doble fila y...

Me invade cierta decepción y alivio. Es mejor así. Al fin y al cabo, recordar el pasado, por bonito y emotivo que fuese, no nos llevaría a ningún lado. Por un momento me pregunto si ella no está sintiendo nada de lo que yo siento en ese momento. La veo mover un pie, nerviosa y cierto brillo en los ojos. El brillo de lo que fue nuestra historia de amor.

—Sí, sí, claro, está bien. Ya hablaremos en otro momento... me alegro mucho de verte.

Otro momento quizá en el que nuestros caminos se vuelvan a juntar, ya sea en este u otro universo.
(Inspirado en La Vida de los Peces)

sábado, 11 de junio de 2011

Change (II)

Una amiga mía, nada más terminar de leer la primera parte de esta entrada (Change I), me dijo taxativamente: "me gusta lo que dice, pero yo creo que las personas no cambian". Tras los oportunos escalofríos, me dispuse a indagar y analizar qué es lo que fallaba. Por cuál de los agujeros se estaba escapando el agua, por cuál persiana estaba entrando la luz.

Cada célula de nuestro cuerpo se regenera, en promedio, cada siete años. Así empezaba. El resto de la exposición se basaba en una parte de la frase: "cada siete años". Entonces lo vi claro, faltaba desarrollar "en promedio".

Porque todas las células de nuestro cuerpo cambian y se regeneran. Pero no todas a la misma velocidad. No todas tardan el mismo tiempo. Las células de la capa externa de la piel se regeneran en apenas unas dos semanas. Los glóbulos rojos se renuevan cada ciento veinte días. Las células de nuestros huesos viven unos diez años.

Y lo mismo ocurre con las personas. Cada uno de nosotros tiene su propio tiempo de regeneración, de renovación. Hay personas que están continuamente renovándose, reinventándose, adaptándose a su medio social y cultural. Personas con mentes camaleónicas que analizan su entorno con la velocidad a la que se mueve un fotón. Otras, sin embargo, tardan años en reciclarse y cambian sus ideas con la misma rapidez con la que se formaron los continentes. Les cuesta más entender qué está sucediendo a su alrededor.

Las personas que no tienen miedo al cambio, se analizan a si mismas y a su entorno constantemente. Es así como detectan las ideas que deben regenerar y mejoran sus formas de ser, de pensar y de estar. Y el cambio atrae al cambio. El cambio nos mantiene vivos, atentos y despiertos a nuevos cambios. Nos mantiene conscientes dentro de nosotros mismos y dentro de nuestro entorno.

Pero también dentro de nosotros, de nuestras ideas, tenemos glóbulos rojos y huesos. Tenemos ideas que no nos cuesta en absoluto adaptar, repensar e incluso reinventar. No nos sentimos amenazados si cambiamos de opinión en ciertos aspectos o bien si creamos nuevas opiniones o formas de pensar. Otras ideas, sin embargo, son huesos duros en nuestra cabeza que nos resistimos a regenerar. Nos da miedo reciclar estos huesos mentales por si terminan afectando a nuestra peculiar e inconfundible forma de ser. Nos asusta repensar nuestros principios por si terminan convirtiéndonos en otra persona.

Si nuestro cuerpo biológico mostrase el mismo recelo al reciclar nuestros huesos, a los diez años terminaríamos desplomándonos contra el suelo, como un esqueleto incapaz de soportar el resto de órganos de nuestro cuerpo. No podríamos dar ni un paso más.

Un cuerpo humano adulto tiene alrededor de cinco millones de glóbulos rojos por cada centímetro cúbico de sangre, mientras que, huesos, tiene un total de doscientos seis. Es como comparar el océano pacífico con una gota que cae del grifo de mi cocina. Pero si intento extrapolar este dato a la sociedad algo no funciona, no cuadra. Es quizá esto a lo que se refiere mi amiga. No veo en la calle millones de humanos "glóbulos-rojos" y sí me da la sensación de ver millones de humanos "huesos". Quizá por eso parece que las personas no cambian, porque la mayoría de las personas no son capaces de regenerarse periódicamente.

En cualquier caso, intentaré no salirme nunca del torrente sanguíneo.

miércoles, 1 de junio de 2011

Change (I)


Cuando escucho a alguien decir que "la gente no cambia" me entran escalofríos.
Cada célula de nuestro cuerpo se regenera, en promedio, cada siete años. Cabello, ojos, hígado, corazón,... todo se renueva. Increíble. Cualquiera que llegue a los ochenta años habrá cambiado de cuerpo más de diez veces. Yo ya voy por mi cuarto cuerpo. (Lo cierto es que me miro y ya noto pequeños desperfectos que van surgiendo en el molde después de haberlo usado ya en cuatro ocasiones).

Cada siete años.
Podemos parecer las mismas personas, probablemente lo somos. Pero no podemos decir que no cambiamos. Biológicamente el cambio es imperceptible pero constante, segundo a segundo, célula a célula, idea a idea.

Porque cuando alguien dice que la gente no cambia se suele referir a sus ideas, a su forma de pensar, pero no podemos pretender que el cambio físico no afecta al cambio mental. Con nuestro cuerpo, en constante regeneración, vivimos experiencias y aventuras que modifican de manera inexorable nuestras mentes.

Y sin darnos cuenta, cambiamos, para siempre.

Viajo hacia atrás y recuerdo historias de mi vida y me veo a mi en ellas. Historias en las que me reconozco plenamente, pero sé que ya no soy así, como en aquel tiempo. Y no hablo de historias de la infancia solamente, historias de años atrás, sino también de historias de hace meses, incluso días u horas. Mi forma de ser, mis ideas se regeneran constantemente también. Cambian a partir de otras ideas que escucho de los demás, de palabras que leo, de aventuras que vivo, de experiencias diarias, de la propia rutina, del análisis que realizo de todas las cosas que me pasan y por donde paso...

La manera en que la gente trata de no cambiar, de no sentirse distinto al sí mismo de hace equis tiempo, es inexplicablemente antinatural. Sentimos que si cambiamos, nos estamos traicionando a nosotros mismos. Y no pensamos que el universo entero está en un violento cambio constante. ¿Por qué nosotros no íbamos a estarlo? Nos aferramos a las cosas como eran antes en lugar de aceptar las cosas como son ahora. Tendemos a aferrarnos al pasado, a los recuerdos del ayer, sin darnos cuento que los nuevos recuerdos del hoy, serán los viejos recuerdos del mañana.

Así que la próxima vez que escuche a alguien decir "la gente no cambia" tendré que explicarle todas estas cosas. Y dado el caso, supongo que tendré que tranquilizarle, porque con el cambio seguro que se habrá asustado.

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"El cambio es constante. Cómo experimentemos el cambio, está en nosotros. Se puede sentir como la muerte o nos lo podemos tomar como una segunda oportunidad en la vida. Si abrimos nuestros dedos, nos relajamos y nos dejamos llevar, se puede sentir como adrenalina pura… como si en cualquier momento, pudiéramos tener una nueva oportunidad en la vida… como si en cualquier momento, pudiéramos volver a nacer."

jueves, 26 de mayo de 2011

martes, 30 de noviembre de 2010

Never too late

Ya es demasiado tarde. El tiempo se ha agotado. No cabe esperanza alguna. No existe ya posibilidad ninguna. Nada de lo que pueda hacer cambiará las cosas. No hay solución posible. Cualquier intento tornará en vano. De la misma manera que intentar detener un disparo utilizando una hoja de papel como escudo. Como intentar retener el sonido de una canción en una botella de plástico. Como enviar en una carta el sabor de un plato elaborado. Como intentar fotocopiar un sentimiento a todo color. Intentos inútiles.

Tantos anhelos, tanto esfuerzo, tanto sacrificio, tantos desvelos, tantas batallas, tanto sudor. Todo se ha acabado. No queda ya ningún camino que tomar. Todas las puertas están cerradas. No hay alternativa posible. Como mirar a través de un cristal opaco e infranqueable. Como intentar guardar la luz del sol de la mañana en una bombilla. Como intentar que vuelva a latir un corazón muerto.

Toda vela consume su cera. Más tarde o más temprano. Un témpano de hielo acaba por derretirse. Hasta la última gota. Todo fuego se extingue, cuando ya no queda nada más que arder. El vacío más inmenso invade todos los espacios. La desolación más absoluta cubre todos los sentimientos. La desesperación más intensa abate toda voluntad. Se desploma el cielo. Y cae la noche. En la oscuridad más profunda una sola frase ocupa mi mente: ya es demasiado tarde.

O no.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Una noche más

Abro los ojos . Siento la luz del sol que entra a través de los ventanales de la habitación en lo más hondo de mi cabeza. Va a explotar. Tumbado en una cama, no puedo imaginar un mundo en vertical. Me desplomaría nada más intentar ponerme en pié. Me pregunto cuánto tiempo llevo aquí. Ninguno de mis músculos responde, ni mis brazos, ni mis piernas. Siento como si pesasen toneladas. Definitivamente, mi cabeza va a explotar. Consigo enfocar mi mirada. Clavo mis ojos en un espejo situado justo en el techo, encima de mí. Veo una gran cama redonda, con sabanas blancas, aterciopeladas, revueltas. Veo los cuerpos de tres chicas. Desnudas. Duermen. No puedo creer lo que veo. No me gusta el terciopelo. ¡Cómo he podido dormir en estas sábanas! Me he vuelto a defraudar a mí mismo. Desde los catorce años me juré que si algún día me levantara rodeado de tres mujeres, nunca jamás olvidaría el más mínimo detalle. Ni siquiera sé cómo se llaman. Ni siquiera sé quiénes son. Espero haber usado protección. Consigo mover levemente el cuello. Incorporo mi cabeza que, finalmente, explota. Toda la habitación gira. Me esfuerzo por detener mi vista en lo que tengo más cerca. Confirmo lo que he visto en el espejo. Observo a mi alrededor todo un entramado guernikano de brazos, cabezas y piernas. La teoría del caos presente en cada centímetro de la cama.

Busco una salida. Necesito pisar el suelo. Mis torpes movimientos hacen revolverse al resto de piernas y brazos. Pronto, el caos corporal se reorganiza en la cama, sin mí. Desde las alturas, la habitación gira con más velocidad. Llevo las palmas de mis manos a mis ojos. Siento como las inocentes células de mi cabeza han sido sometidas por todas las sustancias réprobas que ingerí ayer. Miro alrededor. Más allá de la cama veo un mundo devastado de botellas de alcohol y ropa interior. Me llevo al gaznate los restos líquidos de una de las botellas. Me dirijo al cuarto de baño. Me miro en el espejo. No me reconozco. Siento como si un ejército de tanques hubiese hecho prácticas en mi cabeza. No saco ninguna conclusión. Me acerco a la ducha. Abro el grifo. Gotas de un agua proveniente del mismísimo polo norte caen sobre mí. Actúan como refuerzo para mis inocentes células que empiezan a retomar el control. Apoyo mis manos en la pared y dejo que el agua caiga sobre mi nuca y mi espalda. A mi cabeza vienen flashes de lo ocurrido la noche anterior. Al parecer fue divertido. Una noche más. Analizo mi situación actual, resumo mis problemas en mi dolor infinito de cabeza y en la presencia de esos cuerpos desconocidos en mi cama. Pastillas y una excusa improvisada, vacía y barata. Esas serán mis soluciones. Aunque todo eso de momento puede esperar. Me sienta bien la ducha. Seguiré aquí un rato más.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Going along with you (en compañía)


Las mejores cosas en mi vida siempre me han ocurrido en compañía. Siempre me he considerado una persona independiente, capaz y cuidadoso (o más bien, perezoso) de involucrar en mis objetivos a otras personas. Sus distintos ritmos de pensar, de actuar, de moverse han llegado a exasperarme en muchas ocasiones. Y me refiero a exasperarme a todos los niveles posibles. Emocionales, sociales y profesionales.

Delegar. A nivel profesional me costó poco tiempo darme cuenta. Pretender que todos en un equipo de trabajo sigan y se muevan al mismo ritmo, es como pedir a un ciclista que nade en mar abierto, o a un futbolista que suba un puerto de montaña. J. me dijo un día "cómo se nota que no has hecho la mili (el servicio militar, claro está)". Ese día lo vi todo claro. Cada persona tiene sus propias habilidades, más o menos desarrolladas. Es necesario buscar la especialidad de cada uno y ayudarle a desplegarla.

Compartir. A nivel social estudié en mis años de universidad un doctorado acerca del desarrollo humano y personal; compartiendo con L. asignaturas (troncales y optativas) del tipo "ideas", "sueños", "miedos", "proyectos" (en primer cuatrimestre) y también del tipo "aficiones", "bares", "ligues", "horas" (en segundo cuatrimestre). En la tesis final que presenté, concluí que el momento más divertido y gratificante de un hecho no es el momento en sí en el que sucede, sino el momento posterior en el que lo recuerdas y lo compartes con aquellos que estuvieron y te acompañaron. De nada sirve subir al Everest tú sólo y no poder comentarlo ni recordarlo nunca con nadie. Nadie que escuche tu grito al llegar a la cima.

Confiar. A nivel emocional me ha llevado más años entenderlo. He tenido que subir y bajar varias cuestas para entender que hay cosas que no se ven con los ojos y razones que no es piensan con la cabeza. M. me enseñó a limar todas las asperezas del mundo a través de las palabras. Son el mejor combustible para un largo viaje. Un problema del tamaño de una montaña puede derribarse con el soplo de una palabra. Nada hay más poderoso que la comunicación, fluida, directa, constante. Invertir en comunicación es la clave de la rentabilidad en los proyectos entre personas.

Es así como, descubriendo nuestros yo's en otras personas, aprendiendo de los no-yo's con los que nos encontramos, delegando en los demás, confiando, compartiendo, transformando el tiempo en palabras,... es así como llegamos lejos. Porque si quieres llegar pronto, mejor ve sólo; pero si quieres llegar lejos, mejor ve acompañado.

martes, 19 de octubre de 2010

I'm here

There are many of us
When I turn, turn away,
I want to know you will be there
When I first broke my shell,
I knew there was so much more..
I didn't know...

There are many of us,
for you to turn,
There are many of us,
for you to share...

When I turn, turn around,
I want to know you will be there,
When I first let you share,

I knew there was so much love,
I didn't know...

There are many of us,
for you to leave,
There are many of us,
for you to care...

Here the movie in HD



lunes, 30 de agosto de 2010

Es mejor

Es mejor, si lo que me pasa, me pasa contigo.
Es mejor, mucho más, mucho mejor, más divertido.

domingo, 22 de agosto de 2010

miércoles, 4 de agosto de 2010

... y cabinas telefónicas azules

Cartas y llamadas.
Todas las semanas, además de las cartas, me escapaba una o dos veces por semana para realizar una llamada interurbana. Decir llamada interurbana en aquella época era como nombrar al diablo. No recuerdo en absoluto cuál era la tarifa de ese tipo de llamadas y, aunque estoy seguro de que hoy en día esa tarifa sonaría a risa, en aquella época no había otro tipo de llamadas más caras que las interurbanas. Obviamente, no existía nada que se pareciese lo más mínimo a las actuales tarifas planas. Es por eso que me escapaba a una cabina telefónica, cerca de mi casa, deseando que no estuviese ocupada (lo cual era un auténtico fastidio), para poder tener controlado mi presupuesto semanal destinado a llamadas telefónicas. También me ayudaba tener este control el uso de unas tarjetas telefónicas, a modo de prepago con valor de cien o doscientas pesetas. En las tarjetas venía motivos cinematográficos, publicitarios, ilustrativos, etc. Llegué a tener cientos de tarjetas guardadas, ya inservibles económicamente, pero con un alto valor sentimental. Me preguntó dónde estarán ahora esas tarjetas, no recuerdo haberlas tirado.

(Me despierta curiosidad saber cuál sería la tarifa "prohibitiva" de esas llamadas interurbanas, preguntaré luego a google, a ver si se acuerda. Me llama la atención saber que, hoy en día, llamar al otro lado del mundo no cuesta más de un céntimo por minuto. Fortunately.)

En esas llamadas desde la cabina había que pasar un examen inicial durísimo. Nunca sabías quién descolgaría el teléfono y siempre existía la posibilidad de que fuera la voz grave, seria y aterradora de su padre. Hoy en día, con los teléfonos móviles ya no es necesario comenzar las llamadas con ¿está fulanito? En aquella época me generaba una auténtica tensión la espera de ver quién respondería. Cuando era ella quien me llamaba mi, "Edu, es para ti", corría todo cuanto podía hasta la última habitación de la casa donde mi padre había instalado teléfono y gritaba "cuelga". No había nada más importante en ese momento en el mundo que colgase mi madre, o quién hubiese cogido el teléfono. La conversación no podía comenzar hasta no estar completamente seguro de que el único teléfono descolgado de la casa fuera el mío. Llegué a depurar muchísimo la capacidad de escuchar ese "ruidito", casi imperceptible, que hace un teléfono al descolgarse cuando la conversación ya está iniciada. A veces podía sentir que la misma CIA me espiaba. ¡Qué cosas!

Y así pasaron las semanas. Más adelante sustituiríamos las llamadas telefónicas desde la cabina por los teléfonos móviles, la posibilidad de llamar en cualquier momento y a la persona directamente, sin exámenes iniciales; también cambiaríamos las cartas en papel por los mensajes de texto, que no son más que minicartas personalizadas, digitalizadas e instantáneas; y haríamos del email la forma más rápida, económica y sencilla de comunicarnos, no matter where, no matter when.

Me pregunto qué diferencia hay entre una llamada de aquella época, interurbana, desde un teléfono fijo, escondido en alguna esquina de la casa de mis padres y una llamada hoy en día, internacional, desde un teléfono inalámbrico tirado en el sofá de mi casa.

En cualquier caso, espero y confío que la carta que eché esta mañana llegue a su destino. Y ahora, con permiso, tengo que hacer una llamada.
¡Cuelga!

Buzones amarillos...

No he tardado mucho en encontrar uno.
Llevo un par de días con el pendiente de enviar una carta por correo postal, también llamado correo ordinario, creo. Aunque de ordinario, en su acepción de suceso habitual, tiene ya poco. No me viene muy lejos la oficina de correos, pero no quería demorar más el envío, así pues, he buscado un buzón, circular, amarillo, con sombrero, de los de toda la vida. He levantado la visera que trae la ranura por donde se echan las cartas y he dejado caer la mía. No puedo creer la inseguridad y desconfianza que me ha invadido, he sentido mil dudas acerca de la fiabilidad del sistema. ¿Llegará la carta? Supongo que hacía años que no echaba una carta al buzón, y la falta de costumbre (de hecho no sabía ni en qué lado había que poner el sello) es la que me ha generado tanta incertidumbre.

Me ha venido a la cabeza, de repente, como el chispazo de un fogón o el rayo de una tormenta, todas las veces que eché cartas a un buzón en el pasado.

Hubo un tiempo en el que no existía el correo electrónico. Increíble. Y un tiempo nada lejano, por raro que parezca. La única manera de mantener el contacto con amigos de otras ciudades, hechos en campamentos de verano, generalmente, era el intercambio de cartas. Cartas escritas en papel, a boli, dobladas, guardadas en un sobre de cuarto de folio, señalizadas con sellos de veintipocas pesetas. Hubo un tiempo en el que alrededor del envío de una de estas cartas giraban todos mis días de la semana, una semana tras otra.

Al parecer, siempre he tenido tendencia por las relaciones de larga distancia. Inexplicablemente. A los dieciséis años salía con una chica que vivía en una ciudad a cien kilómetros de la mía. Nos veíamos todos los fines de semana (lo que daría hoy), pero entre semana estábamos separados. Hablar hoy en día de cien kilómetros parece irrisorio, pero en una época en la que no existía el coche (para mí), ni los teléfonos móviles, ni el correo electrónico (para el mundo entero), se me hacía una distancia tan grande como pueden ser hoy en día casi diez mil kilómetros.

Toda mi semana, como ya he dicho, giraba en torno al envío de una carta a mi chica y, sobre todo, a la recepción de la correspondiente respuesta. Eran cartas de varios folios donde, supongo, nos contaríamos mil y una ideas y sueños que nos pasasen por la cabeza. Las cartas tardaban uno o dos días en llegar, así que el lunes, o martes a más tardar, la carta ya debía estar escrita. A veces los miércoles, con sorpresa, a veces los jueves, con ansia, a veces los viernes, con desesperación, al llegar a casa del instituto, ahí estaba, encima de mi escritorio, su carta, la razón de mi semana.

Hoy en día, no me genera ningún tipo de emoción abrir mi buzón. Sólo recibe cartas mecanizadas y alargadas, del banco y del mercadona, principalmente. Ya he olvidado la sensación y la emoción que producía recibir una carta con mi nombre escrito a mano y recogerla como si tuvieses un auténtico tesoro en la mano. La última vez que eso ocurrió fue hace dos años, me escribió Andy Warhol, desde Barcelona.

miércoles, 23 de junio de 2010

martes, 22 de junio de 2010

Decisiones

Serían principios, o incluso mediados, de la década de los 90. Mi "yo" actual aún no existía. Se empezaban a definir las líneas de un anteproyecto de mi, algo alejado, debo decir, de en lo que me he convertido. Una de esas líneas, marcada con un grueso trazo, definía mi sentido de la responsabilidad y el deber, un fuerte sentido no ajustado a mi edad en aquella época. Era un pardillo, vamos.

Fue este sentido de la responsabilidad, junto con el trabajo de mis hermanas en una academia de idiomas, lo que me llevó a aceptar mi primer trabajo remunerado en plena época estival. Repartir unas octavillas informativas de cursos y horarios que se impartían en la academia. Desde ese momento lo vi clarísimo. No he nacido para trabajar haciendo cosas que no me gustan.

Se suponía que debía repartir las octavillas por toda mi ciudad, desde la zona más alta a la más baja. Incluso debía repartirlas a distintos horarios para cubrir todo el espectro social posible. Cientos, miles, millones de octavillas, me pareció contar a mí. ¡Insufrible! Y en un momento de lucidez, lo vi todo claro y despejado como el cielo de un día de verano. Me desharía de las octavillas malditas en un solo movimiento, en una acción rápida y decidida.

Podía haberlas echado a un contenedor, haberlas quemado, incluso haberlas guardado en mi casa. Pero no, tracé un plan más ambicioso, más elaborado, donde no dejaría rastro ni huella de mi delito de estafa laboral (también llamado escaqueo).

Decidí tirarlas todas desde lo alto de una muralla de 30 metros cercana a mi casa. ¡Menudo espectáculo! Las octavillas se esparcieron por todos lados, cubrieron todo el suelo, algunas se quedaron en las ramas de unos árboles cercanos. En definitiva, se habrían visto desde el cielo, hasta en google maps. Evidentemente, fue una mala decisión.

Pero fue una decisión, al fin y al cabo.

En la vida generalmente las decisiones no están tan claras, las que son buenas y las que son malas. He tardado unos años en darme cuenta de que la mayoría de las decisiones que tomamos no son buenas o malas, son decisiones. Simplemente. A pesar de que nos quedamos con la sensación de que acertamos o fallamos, sólo son decisiones. Incluso en muchas ocasiones, tenemos la tendencia de pensar en que si hubiésemos tomado una decisión distinta, nos habrían ido mejor las cosas. Nada más lejos de la realidad.

Pero a veces, este miedo a equivocarnos en las decisiones, nos impide decidir, tomar una determinación ante un aspecto concreto, ante un problema, ante una situación en particular que nos afecta. Y entonces el problema se instala en nuestras vidas, se hace uno con nosotros y nos acompaña a través del tiempo.

No suelen ser problemas o situaciones que afectan al día a día, no son problemas que requieran medidas urgentes, aunque sí son importantes y, a la larga, sí terminan aflorando si no tomamos una decisión a tiempo. Nos gusta posponer estas decisiones y relativizamos la importancia del problema dándole un carácter temporal. Ya se pasará. Ya se solucionará, nos decimos. Pero a veces, lo temporal dura demasiado tiempo.

Nunca somos esclavos de una decisión tomada, pero sí lo somos de una decisión no tomada. Aprendemos de las decisiones tomadas, aunque nos equivoquemos.

Hoy me viene a la cabeza la imagen de las octavillas esparcidas y me sonrío. No fue muy honesto por mi parte, ya lo sé. Y la decisión que tomé de arrojarlas desde lo alto fue probablemente la peor decisión que pude tomar en ese momento. Pero me gusta ver que mi anteproyecto de "yo" ya tomaba decisiones antes los problemas y las situaciones que le incomodaban.

Mañana haré un repaso de algunos aspectos de mi vida, no vaya a ser que les haya dado un carácter temporal, esperando a ver qué sucede, y me esté olvidando de tomar decisiones.