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martes, 24 de mayo de 2022

Ensayo sobre el arte de las palabras

«Como si, al escribir, cada línea que trazo en la página con el bolígrafo se cubriera de moho y cada página que dejo atrás, cubierta con mi escritura, se abarquillara, amarilleara y se retorciera como una hoja seca. Pero yo seguiría escribiendo igualmente cada vez más rápido, para que no me arrastren el desastre y la desgracia.»

Cărtărescu

 

     Es difícil saber por qué uno coge un papel blanco y un bolígrafo y se pone a escribir el primer desvarío que pase por su cabeza. Absténgase el lector de buscar una razón científica en este texto. Ni científica, ni racional, ni lógica. Ni siquiera, meditada. Tan solo me propongo, a través de estas líneas, reflexionar y entender(me) el porqué de tan extraña necesidad, de tan extraño impulso de convertir los pensamientos en grafías. A priori, estaremos de acuerdo, que todo acto de escribir busca ser leído o leer(se), al menos por uno mismo. Pero el yo interior se revuelve en mi sillón mental y me lanza una pregunta inquietante. ¿Escribiría si tuviese la certeza de que nadie me leerá nunca? Sería esta una escritura cuya tinta se desvanece al tocar el papel como nos indica líricamente Cărtărescu en la cita inicial usada en este texto. La pregunta envuelve una respuesta de sencillez binaria. Sí o no. Conozco bien la respuesta de algunas de mis compañeras de estudio. Dos bandos diferenciados, dos tendencias marcadas. Incluso sé de alguna que dejaría de escribir si presintiese que sería leída.

     Y yo, generador de estos vientos ensayísticos, qué respondería. Acudo a voces pretéritas de autoridades literarias. A los primeros dramaturgos y filósofos griegos que escribían por y para la belleza (exiliada en la actualidad según las reflexiones de Camus). La belleza entendida como un motor de vida, como un gas que necesita expandirse y ocupar todos los espacios. La belleza entendida a través del amor. El amor a Helena y a los atardeceres. El amor disparado por la flecha de Ovidio. «Ahí tienes, poeta, el asunto que debes cantar». Cantos que necesitan escribirse con letras de eternidad. El amor como placer y la «infinita capacidad de goce» y las «intolerables ansías de escribir» que sentía Virginia. A Chloe le gustaba Olivia. ¿Acaso puede el lector encontrar construcción más hermosa? Desfiladeros en miradas imposibles de cruzar.

martes, 20 de julio de 2021

El camino a casa

Venus es el único planeta del sistema solar que gira en sentido contrario. Esto significa que el sol sale por el oeste y se mete por el este, curiosa anécdota astronómica. Pero lo más sorprendente de este pequeño planeta no es el sentido retrógrado de su rotación, sino su flemática velocidad. Gira tan lento, que tarda más tiempo en dar un giro sobre sí mismo que completar una vuelta alrededor del sol. Los días son más largos que los años. No se me ocurre mayor acto de transgresión en este universo que caminar lento, muy lento, y hacerlo en sentido contrario

El algarve portugués es un territorio de menos de doscientos kilómetros de extensión donde se suceden aldeas pesqueras encantadoras y playas idílicas encaladas en bajos acantilados de piedra caliza. Paralela al océano, a una distancia media de unos diez kilómetros, circula una autopista principal, la A22, bien asfaltada y de conducción rápida, que puedes recorrer por completo en menos de dos horas. Más cerca aun de la costa circula la antigua carretera, la N125, de doble carril enfrentado y pavimento inestable que atraviesa los pueblos y las aldeas a su paso. Casi puedes tocar el océano desde la ventanilla del coche y saludar a los paisanos sentados a las puertas de los bares locales. Si te detienes a observar cada playa y cada aldea del camino puede que recorras esos mismos doscientos kilómetros en más de siete días. No se me ocurre mayor acto de transgresión en este mundo que transitar por carreteras secundarias

Un lento día venusiano equivale a 250 frenéticos días terrestres. Quizá sea esta la razón por la que transitamos diariamente, siempre a toda prisa, por las autopistas de la vida. Convertimos nuestro día a día en carreteras alejadas de las playas, de los lugares y de las personas. Confundimos el rumbo con la velocidad. Tanto más rápido, tanto antes llegaremos. Tenemos tan fijado el destino en nuestra mente que cualquier demora durante el trayecto nos parece una contrariedad. Cuanto más rápido caminemos, más seguros pareceremos de saber a dónde vamos. Pero quién sabe realmente a dónde quiere llegar. Corremos el riesgo de convertirnos en hámsteres corriendo exhaustos en una rueda que no lleva a ninguna parte. No se me ocurre mayor acto de transgresión en estos días que andar sin rumbo

Porque no todo el que anda sin rumbo está perdido. A veces, es necesario perderse para,  posteriormente, poder encontrarse y, una vez nos encontremos, empezar a buscarnos, de nuevo. Y así, ir haciendo camino, como el poeta, con nuestros pasos, como el peregrino que hace del camino su albergue, extranjero siempre, cuya patria está en sus botas. Como las erráticas ventiscas recorren el mundo y disfrutar de los amaneceres, de las flores, de las piedras, del sol y de la lluvia. Como en un continuo viaje en tren, contemplar de la sucesión de paisajes que se divisan tras la ventana. Como el flaneaur, hacer de nuestra propia vida un paisaje urbano por donde pasear imperturbables. Y al llegar a nuestro destino, descansar, beber agua, tomar aliento, echar la vista atrás para ver lo andado y emprender de nuevo la marcha con destino a ningún lugar y a todos al mismo tiempo. Caminar paciente, sin prisa, mientras todo se acomoda, esperando que la vida nos descoloque en nuestro sitio. Porque todo viaje comienza y termina en uno mismo. 

La única manera de recorrer el sendero es que nuestros pasos se conviertan en sendero. Y hacia dónde debemos dirigir esos pasos. A casa, siempre a casa. Como un eterno retorno a ninguna parte. Y volver así al sitio de siempre por primera vez. Inspirar cada mañana y a cada paso, pensar: "He llegado; estoy en casa". Donde "He llegado" significa que ya estoy donde quiero estar —con la propia vida— y no tengo que darme prisa en llegar a ninguna parte, ya no tengo que buscar nada. "Estoy en casa" significa que he regresado a mi verdadero hogar, que es la vida, aquí, en el instante presente. No se me ocurre mayor acto de transgresión en esta vida que vivir constantemente en el momento presente.

martes, 6 de abril de 2021

HI-FI

La mente es una intrépida e incansable viajera del tiempo. Visita el pasado y el futuro constantemente, a cada segundo. Analiza todo lo sucedido, busca explicaciones en cada hecho del pasado y se proyecta en el futuro con todo un ejército de expectativas y anhelos. Extiende un velo de disonancia cognitiva temporal sobre todos los sucesos que le hacen sentir incómoda; lucha, inventa, reconstruye y modifica el pasado con el único objetivo de la supervivencia del ego a toda costa. Se ancla en historias del pasado para intentar explicar el momento actual. Y sufre por ello. Actúa como si un pescador echase las redes en su regreso a tierra firme, intentado atrapar todo aquello que estaba en el mar. En este universo einsteniano, donde las causas preceden a las consecuencias y la flecha del tiempo viaja invariable en una sola dirección, revivir el pasado se antoja un ejercicio titánico e irresoluble, como el bucle pétreo de Sísifo.

Y del mismo modo sucede con el futuro. La mente y su reflejo, el ego, se proyecta constantemente con sus deseos y necesidades. Convierte la ilusión del mérito en ley y posterga la felicidad, vinculándola con el destino. "Merezco ser...", "merezco tener...", "cuando tenga...", "cuando esto ocurra...". Todo condiciones y demandas. Olvida así el trayecto, que es lo único tangible y real. El momento presente. De este modo, entre pasado y futuro, nos movemos en nuestras vidas como un jugador que maneja con habilidad el coche de Mario hasta la victoria, cuando apenas se da cuenta de que confundió la pantalla de su avatar, la de arriba con la de abajo.

El ego dice: «Cuando todas las cosas estén en su lugar, yo encontraré la paz.»
El espíritu dice: «Encuentra la paz y todo lo demás estará en su lugar.»

¿Cómo detener esta dinámica tan poco generadora de emociones positivas y sanas? Tenemos a nuestra disposición una serie de herramientas mágicas que nos permitirán librarnos de esa sensación incómoda que nos mantiene esclavos de nuestros actos y pensamientos; atrapados y estancados en circuitos emocionales oxidados. Herramientas sencillas que siempre han estado ahí, pero hemos utilizado de manera equivocada. Como los caminos que se hacen en paisajes nevados y se transitan una y otra vez por comodidad. Así sucede en nuestra mente, usa los caminos ya marcados para llegar a los mismos sitios. Es necesario remover la nieve, calzarse unas buenas botas y abrir nuevas vías de pensamiento. Caminante son tus huellas el camino y nada más.

#ego-death

Nada en este universo apunta a que seas un ser especial o único. Ni sus explosiones, ni sus leyes, ni sus millones de años parecen haber sucedido para que tú existas como individuo. Eres una parte pequeña e insignificante de un cosmos inabarcable. Realmente eso es lo que te hace especial, formar parte de algo tan bonito, tan maravilloso e inexplicable. Solo tu ego cree lo contrario, busca ser especial a través de la separación y la individualidad. Piensa en modo de causas y consecuencias y cree, en mayor o menor medida, que todo está puesto ahí por alguna razón que tiene que ver con él. No consigue entender que el cosmos está dentro de nosotros. Estamos hechos de la misma materia que las estrellas. Simplemente somos la forma en que el universo se conoce a sí mismo. Una vez que entendido esto, quién podría tomarse hechos cotidianos, sucesos o palabras de manera personal.

#agradecimiento #perdón

O de cómo podemos liberarnos de nuestro pasado. O de cómo podemos dejar de sufrir por nuestro pasado. Todo lo que sucedió en tu pasado tuvo un sentido. El ego tiende a confundir "sentido" con "motivo" e intenta entender y explicar cualquier acto o época anterior en forma de órbita a su alrededor. Las cosas suceden con independencia del ego, no ocurren para satisfacerlo ni tampoco para hacerlo sufrir. Ocurren sin más. No hay causas, no hay consecuencias. Hechos estocásticos sin objetivos particulares ni personales, simples interacciones cósmicas. Una vez sucedidas, no nos queda otra que sentir gratitud, agradecer que el universo nos haya proporcionado una experiencia llena de sensaciones, en ocasiones positivas y en otras, menos. Una experiencia que nos ha ayudado a crecer y comprendernos como seres en el camino de nuestras vidas. Agradecimiento en todo caso por lo sucedido y hacia las personas que nos han acompañado. Y perdón en aquellos casos que las cosas no sucedieron como esperábamos o las personas no actuaron como queríamos. Un perdón limpio, empático y compasivo hacia los demás y también hacia uno mismo.

#impermanencia #desapego

O de cómo podemos liberarnos de nuestro futuro. O de cómo podemos dejar de sentir angustia por nuestro futuro. El ego se pregunta cómo poder disfrutar intensamente de algo si sabemos que acabará en algún momento. El universo se pregunta cómo no disfrutar profunda y apasionadamente de algo que sabemos que no permanecerá siempre. Ser conscientes de que algo no durará siempre o alguien no estará siempre, ni siquiera nosotros mismos, no debe ser motivo de desasosiego o temor sino todo lo contrario. Debe ayudarnos a disfrutar enérgicamente del momento presente en el que todo es y todo sucede. Hoy es siempre todavía. Bañarse en un río como si acabásemos de descubrir el agua, chapotear como si fuese la última vez y, una vez seco, recordar con infinito agradecimiento y amor, comprender la inevitable impermanencia y practicar el desapego al sentimiento que se nos regaló. Cada día es un nuevo río lleno de emociones y experiencias donde zambullirse.

#compasión #amor

¿Y a dónde nos llevan estos caminos? Estos caminos requieren de práctica y tránsito constante y diario. Es fácil tropezar. Toca levantarse, limpiar el polvo de las rodillas y continuar avanzando. Es difícil detener un coche que viaja a doscientos kilómetros por hora sin conductor, como es la mente. Romper esas dinámicas mentales, robar espacio al ego y esperar paciente los frutos no es tarea sencilla. Pero merece la pena, más bien, merece la alegría. El premio es inmenso. Conseguir, en última instancia, fluir y sentir la energía inacabable que nos rodea, mirar compasivamente a todas las personas, a todos los seres y a nosotros mismos con un sentimiento ilimitado de amor.

LO-FI

La primera experiencia disruptiva con mi ego fue en edad universitaria. Tenía en mis manos el libro de «El Poder del Ahora». Hasta ese entonces, mi concepto de ego era no quererlo todo para mí, sino solo un poco. En una de sus páginas leí algo acerca de "la voz de mi mente". Tú no eres tu mente, deja de identificarte constantemente con ella. Fue como golpearse contra un cristal transparente, la primera vez que mi mente se leyó a sí misma. En mi cerebro se abrió una ventana por la que me asomaría en numerosas ocasiones y me ayudaría a entender algunas de las dinámicas más arraigadas de mi forma de pensarme.

Sería años después cuando esa ventana se convertiría en puerta y me invitaría a recorrer un camino fascinante lleno de magia a base de trabajo, mucho, emocional, crecimiento multidimensional y aprendizaje constante. Camino que, una vez iniciado, es imposible desandar ni detenerse, como si de un salto en paracaídas se tratase o de un bote abierto de nocilla. Fue en un bar en Playa, con música en directo, El Kitchen, donde se cocinó mi nuevo "yo" o, más bien, donde despertó. Fue C. quien pronunció las palabras mágicas: «ego death».

La vida te da todo lo que necesitas, no más, en el momento que lo necesitas, no antes. Empecé a hurgar, curioso, sobre ese concepto y descubrí cuán equivocado había sido mi concepto de ego hasta ese momento. Una mente descontrolada, egocéntrica y reactiva, incapaz de callarse, llena de pensamientos, recurrentes en muchos casos, y emociones impulsivas. El arquetipo del mono loco dirigiendo mi forma de ser y de afrontar mis días y circunstancias.
«Solo cuando me encontré,
empecé a buscarme.»
Poco a poco fui entendiendo mejor lo que siempre había estado frente a mí. Rascaba e investigaba el concepto, que se me mostraba como una imagen vectorial, que no pierde detalle ni resolución por mucho zoom que se le aplique, al contrario. Como un fractal donde sumergirse de manera infinita y recursiva. Y llegó a mis manos —no recuerdo bien cómo—, el libro del impronunciable Thich Nhat Hanh. Fue como si un trastero, durante años inaccesible y amontonado, se limpiase y ordenase solo. Dejar de buscar para encontrar; o encontrar, para empezar a buscar. Dejar de desear para obtenerlo todo. Perder el rumbo para encontrar el camino; porque no todo el que anda sin rumbo, está perdido. Sustituir relojes por brújulas. Acomodarse en el asiento del tren y empezar a disfrutar del paisaje mostrado por la ventanilla, ligero de equipaje, sin importar el destino.

Las enseñanzas budistas de este libro regaron las semillas plantadas por el Bhagavad Gita y dieron como fruto una nueva forma dinámica, flexible y expansiva de entenderme. Una forma en constante evolución, crecimiento y aprendizaje. Como el electrón que adquiere velocidad antes de saltar de su órbita. Y ese es el objetivo, saltar a órbitas superiores de conciencia y desarrollo personal. Y más allá. Transformar nuestra estructura interior de un modo imprevisible y creativo que nos permita adentrarnos en dimensiones inexploradas.

martes, 2 de febrero de 2021

Budismo v1.0 (Portable)

(Cuatro acuerdos de la sabiduría tolteca.)

lunes, 4 de mayo de 2020

«Yo valgo por ciento»


Érase una vez una hormiguita que, vagando por el mundo, encontró una gran montaña de azúcar. Muy contenta con su descubrimiento, sacó de la montaña un grano y lo llevó a su hormiguero. «¿Qué es eso», preguntaron sus compañeras. «Esto es una montaña de azúcar», replicó orgullosa.

Así es como comienzan todas las grandes empresas. Un viaje de mil millas comienza con un primer paso, como bien sabía Lao-Tse. La hormiga, nuestra protagonista. La heroína que despierta un día con un sueño y emprende con ánimo inquebrantable el primer paso del camino. Convencida de que el mundo es su creación y no una simple representación. Sabedora y confiada de que cuando necesite alas, tan solo tendrá que mirar al cielo con detenimiento por unos instantes. Como el marinero que se echa a la mar convencido de ser el dueño de los vientos. No hay negociación, excusa ni demora, tan solo energías y acción. El destino, gigante acomodado y perezoso, disfrazado de diablo, intenta detener al obstinado marinero, «No podrás soportar la tormenta». El marinero mira directo y sin miedo a los ojos del porvenir y ve su propio reflejo. «Yo soy la tormenta», grita, al tiempo que suelta amarras, despliega velas y da comienzo a su viaje.

Muchos personajes de la historia han sido “tormenta”, fe inquebrantable y avance constante, forjadores de destinos y creadores de realidad. Grandes maestros los griegos en este arte del movimiento perpetuo, crecimiento en espiral y el uso de motores vitales que parecen no requerir consumo alguno. O más bien, del encuentro de fuentes de energía de producción infinita. Héroes con fuerza de dioses, capaces de descabezar hidras, volar hacia el mismo sol, sin miedo ni prudencia, engañar al señor de los infiernos, matar gigantes y cíclopes, silenciar sirenas, desentrañar laberintos… Ulises regresando desde las profundidades, encontrando el camino de vuelta a casa. Atenea, protectora de ciudades, experimentada agricultora y generosa en dádivas y ciencias. Mitos y realidades. Sócrates, imperturbable aceptando con serenidad su injusta condena, sin huir ni renunciar a sus palabras, a su fe ni a su sosiego. Alexandros, de voluntad imparable, generador de soluciones y desarmador de nudos imposibles y conflictos irresolubles. Como don Quixote, domador de leones salvajes, defensor ciego de injusticias, enderezador de tuertos y desfazedor de agravios. «Yo valgo por ciento», proclama, espada en mano, enfrentándose a la gloria. ¿Acaso frase alguna perfiló confianza tal?

Pero, ¿dónde trazar la línea que separa la valentía de la inconsciencia, la imprudencia de la convicción, la fe del conocimiento? Estos personajes heroicos, ¿acaso nunca dudaron? No, estos. Sí, otros tantos. El desmayo del héroe. ¿Una grieta en la confianza conseguirá que todo un muro se tambaleé? Incertidumbre y duda, señales inequívocas del genoma humano. En qué momento surge la visión romántica de esta quiebra de fe. Jesús, con su delicada humanidad en aquel huerto rodeado de olivos, lleno de dudas, sudor y miedo. Galileo, abjurando de lógicas y herejías para salvar su vida, justo antes de entrar en el olimpo científico y abrazar la eternidad. Arjuna, y su corazón en sombra ante la inminente y tormentosa batalla del espíritu. Juana de arco, vestida con “ropa de hombre” ante un cierto veredicto, tornando voces celestiales por diabólicas proclamas. Hasta nuestro emblemático caballero de triste semblante y ánimo incorruptible, abriendo su pecho y alma ante su pancista escudero, camino de la inmortalidad, «no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos». ¡Abismáticos pasajes!, ya nos advirtió Unamuno.

En películas y ficciones, la solución es sencilla. Deux ex machina. Dios interviene, cambia un par de leyes naturales y salva y consuela a nuestro héroe, que desempolva su ánimo aletargado y dobla el vigor y la determinación tras el breve momento de requiebro y anestesia. Así como Krishna ordena los pensamientos de Arjuna o Yahveh consuela a Job, «¿dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?». Y la fe queda restablecida, sin mácula. El camino se andará, el triunfo es inminente. Esta noche se cenarán manjares en la mesa del destino.

Y nosotros, que no somos héroes ni heroínas, ¿qué podemos hacer ante un hálito de desaliento? A qué dios podemos recurrir ante un inesperado, por inoportuno y repentino, decaimiento del ánimo. Cómo proceder cuando la vacuidad inunda el significado de nuestras acciones y la fuerza abandona los músculos de nuestra determinación. Cómo resolver una partida de ajedrez, cuando la única jugada con garantías es no mover. Es sencillo. No es necesario romper el tablero, ni esperar intervención divina alguna. Persistir y ser pacientes, mientras todo se acomoda. Nada está perdido mientras no se deja de buscar. Porque todo viaje exterior refleja un camino interior de idéntica distancia, una travesía personal surcada de hondos abismos y desfiladeros abruptos que solo podremos superar con pasos ciegos, saltos de fe y confianza. Para recorrer el sendero antes hemos de convertirnos en sendero. Transformar nuestras huellas en camino y hacer camino al avanzar. Qué ocurre cuando no podemos cambiar la situación ni el paisaje que se nos muestra. El reto es claro, debemos cambiarnos a nosotros mismos. Muevo el peón, pronto se convertirá en dama. Jaque.

martes, 24 de marzo de 2020

Labyrinth

«If she'd a kept on goin down that way, 
she'd a went straight to the castle»

Es indiferente apostar por cualquiera de los lados de un clásico dado lanzado al aire. Del uno al seis, todos tienen la misma probabilidad. Pero si alguien tirase dos dados a la vez y tuvieras que apostar por la suma de ambos, ¿qué número elegirías?

En la vida, a veces, resulta difícil tomar decisiones. Sea por exceso de información o defecto; sea por miedo a —volver a— equivocarnos o incluso, en algunas ocasiones, por temor al propio acierto; sea por la ansiosa sensación de perdernos un camino mejor, de no haber escogido de entre todas, la mejor decisión posible; sea por la inseguridad de nuestra débil voluntad; sea por la energía menguante de nuestra rutina cotidiana. Decidir es empresa compleja, no cabe duda.

Tal vez sería más sencillo si consiguiésemos trasladar nuestra toma de decisiones a un modelo estadístico bien calibrado. Una ecuación mágica, extraída del resultado de experiencias anteriores, que nos recetase la medicina correcta en cada situación. Pero no es matemática fácil. Estaríamos hablando de unos números grandes, gigantescos, de medida impracticable. Números inverosímiles que escapan a nuestro entendimiento.

Veamos un ejemplo. Juguemos. Doblemos por la mitad una hoja de papel y doblémosla, de nuevo. Dos veces van. Doblemos otra vez y volvamos a doblar. Cuatro, ahora. Parece juego menor, infantil, pero no conseguiremos doblar la hoja más allá de siete u ocho veces. Aplicando razonamiento geométrico, podremos calcular fácilmente el grosor de nuestro ensayo. Dos, por mitad, elevado a ocho, por doblez, dan un total de doscientas cincuenta y seis veces el grosor original. Sigamos jugando. En el utópico caso de disponer de una hoja kilométrica y fuerza titánica, seguiríamos plegando. ¿Cuántas veces? Llegado el cuadragésimo doblez, nuestro dúctil papel cubriría la distancia que separa la Tierra de la Luna. Un aumento extraordinario y antiintuitivo. Doblándolo unas pocas veces más, alcanzaríamos el Sol. Si consiguiésemos doblar más incluso este monstruoso amasijo de celulosa reciclada, unas sesenta veces, cubriríamos la distancia de un año-luz. Y en el doblez centésimo primero, habríamos cubierto la extensa superficie del universo por completo. La expresión «Dame una hoja de papel y te llevaré a la luna» se colma aquí de romanticismo.

Sigamos con otro ejemplo. «Un uno seguido de ceros hasta que te canses de escribir». Un gúgol es el número creado por la "imaginación" estética de un niño de nueve años. Un uno seguido de cien ceros. Un número bonito, pero inconcebible al intelecto ni la razón. No presenta particular importancia en la ciencia ni en las matemáticas y apenas tiene usos prácticos, más allá de dar nombre al principal buscador de internet, en exagerada referencia al número de resultados que despliega su motor en cada búsqueda. Ni siquiera hay tantos átomos de hidrógeno en el universo conocido.

Si se me permite, transformaré el silencio en consentimiento y añadiré un tercer ejemplo. Fantaseemos —ya lo hizo Borges—, con una biblioteca que almacene todos los libros posibles e imaginables. Un único ejemplar por cada libro. Libros escritos por mano divina, guiada por el azar, usando los caracteres del alfabeto latino, pongamos en este ejemplo. Caracteres ordenados sin sentido literario ni concierto lingüístico, sin ley gramatical ni medida artística. Como fichas de dominó volcadas sobre la mesa dispuestas por la providencia de la gravedad. ¿De cuántos ejemplares estaríamos hablando? Simplifiquemos en pos de la cordura y en lugar de libros, tomemos relatos con una extensión no mayor de mil caracteres. Acudimos a la fórmula matemática de las variaciones de elementos tomados numeradas veces con repetición. Veinticinco ingredientes disponibles, como son los caracteres latinos, tomados en montones de mil, con posibilidad de repetición, para relatos de la extensión dada, nos dan un total de... ¿cómo? Un uno seguido de cerca de mil cuatrocientos ceros. Resultado absurdo. Un número al que no nos acercaríamos ni contando los pasos dados por una hormiga que cruzase el universo de un extremo a otro. Incluso si sumamos los pasos de las decenas de millones de ellas que conforman toda una colonia.

Dados los innumerables matices, recovecos y ángulos que presentan todas las situaciones que enfrentamos en nuestra vida cotidiana, ¿podríamos tomar decisiones ajustadas a fórmula en base a números de esta magnitud? No parece sensato ni viable. No al menos con nuestros cerebros ejerciendo el papel de calculadoras. Nos ocuparía varias generaciones tomar la decisión correcta, por mínima que fuese. Del todo impracticable. He aquí que surge la fe, o la esperanza, según gustos y conveniencia. Porque estos números, aunque vastísimos, no son infinitos. Incluso llegado el caso extremo, es ciencia conocida la existencia de grados en el infinito. A saber, hay infinitos más grandes que otros. Entra una brisa fresca por la ventana, volverá a amanecer. Tiremos los dados.

Si dios fue capaz de crear todas sus leyes físicas y las constantes cosmológicas que rigen nuestro universo en un suspiro de Plank, es decir, el pedazo de un segundo dividido en tantas porciones como un uno seguido de cuarenta y tres ceros, ¿no seremos nosotros, humildes humanos, capaces de elegir qué camino tomar cada día? A nuestro favor juegan una serie de factores camuflados que, tomados en valiosa consideración, harán de nuestra vida un trayecto más despejado y de nuestra cabeza, un lugar más liviano.

En primer lugar, aunque de apariencia fútil, incontestable, nadie ha sido capaz de doblar una hoja más de trece veces. Nos nos daría para llegar ni a la vuelta de la esquina. Una pragmática despedida del romanticismo. En segundo lugar, aunque google sea capaz de ofrecernos más coincidencias que estrellas hay en el universo, seamos realistas. ¿Quién ha mirado alguna vez la segunda página de resultados? Quizá sea uno de los lugares más adecuados para esconder secretos. En tercer lugar, aquella biblioteca sería un lugar mágico por sus ensoñaciones, llena de obras ininteligibles en su mayoría, sí. Pero repleta también de obras maestras de valor artístico incalculable. El azar sería capaz de escribir relatos sublimes, incunables literarios en más de sesenta lenguas, tantas como idiomas se basan en el alfabeto latino. La providencia habría escrito las aventuras de El Quijote, las novelas de Saramago, el universo de Asimov, los poemas de Machado, la traducción del Baghavad Gita, lo fantástico y sucedido en Macondo, las ideas panteístas de Spinoza, los hábitos productivos de Covey o los oscuros relatos de Poe.

Así sucede que, si dejásemos el barco de nuestras decisiones a merced de los vientos del azar, llegaríamos a puerto en ocasiones. Después de todo, nuestra capacidad de decidir y nuestra libertad de acción, están sustentadas sobre partículas subatómicas, invisibles, y su capacidad de girar a un lado u a otro de manera aleatoria. Un giro marcado por unas leyes naturales rigurosas e inamovibles, creadas en aquel suspiro del que hablamos. Si estas leyes marcan estos giros, y estos giros, a su vez, definen nuestras decisiones, ¿qué capacidad de resolver nos queda? Podríamos sentarnos tranquilos en una silla, aceptar el inexorable destino que se nos presenta y esperar a que el universo decida por nosotros. Tendríamos la misma posibilidad de acertar -o equivocarnos-, que si nos escudriñáramos la cabeza en disquisiciones profundas y minuciosas. O no, porque si aplicamos lupa, aumentamos la escala de visión y ampliamos los matices, vemos que el diablo siempre está en los detalles.

Si simplificamos, en ejercicio atómico, nuestra capacidad de decidir a un fortuito giro eventual ya definido, la probabilidad de acierto es la mitad. La misma que la de errar. Pero no avanzar, es peor que caerse y hay lugares donde es más fácil encontrar si se busca. Si prestamos atención consciente y nos andamos listos, podemos balancear la suerte de nuestro lado. Aplicar una especie de ecuación de Schrödinger a nuestras decisiones, que nos ilumine una zona donde el hado sea más propicio y tomar decisiones con una densidad de acierto mayor. Trucar los dados de la vida y si no sale nuestro número, ¿por qué conformarse? ¡Volver a lanzarlos!

Así pues, la próxima vez que tengas que apostar por la suma de dos dados lanzados al aire, aunque a priori parezcan igual de probables todos los resultados, hazme caso, elige el 7.

martes, 25 de febrero de 2020

Image result for hoy es siempre todavía«Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora,
ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos.
Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.»

Antonio Machado

jueves, 22 de agosto de 2019

Fidelidad

A los veinte años, en Montevideo, escuchaba a Mina
cantando Marguerita de Cocciante
en la pantalla blanca y negra de la Rai
junto a la mujer que amaba
y me emocionaba.

A los cuarenta años escuchaba a Mina
cantando Marguerita de Cocciante
en el reproductor de cassettes
junto a la mujer que amaba,
en Estocolmo,
y me emocionaba.

A los sesenta años, escucho a Mina
cantando a Margherita de Cocciante
en Youtube, junto a la mujer a la que amo,
ciudad de Barcelona
y me emociono.

Luego dicen que no soy una persona fiel.

Cristina Peri Rossi
The bad news is
you're falling through the air,
nothing to hang on to,
no parachute.

The good news is
there's no ground.

viernes, 8 de marzo de 2019

Contradicciones


Anunció Jehová a Abraham su determinación de arrasar con el pecado y la maldad que imperaban en las dos ciudades. Este, atónito, se acercó un poco más a él, y le preguntó:

—¿Vas a destruir a los inocentes junto con los culpables? Tal vez haya cincuenta personas inocentes en la ciudad. A pesar de eso, ¿destruirás la ciudad y no la perdonarás por esos cincuenta? ¡No es posible que hagas eso de matar al inocente junto con el culpable, como si los dos hubieran cometido los mismos pecados! ¡No hagas eso! Tú, que eres el Juez supremo de todo el mundo, ¿no harás justicia?

—Si encuentro cincuenta inocentes en la ciudad de Sodoma, por ellos perdonaré a todos los que viven allí —contestó Jehová.

Pero Abraham volvió a decirle:
—Perdona que sea yo tan atrevido al hablarte así, pues tú eres Dios y yo no soy más que un simple hombre; pero tal vez falten cinco inocentes para completar los cincuenta. ¿Sólo por faltar esos cinco vas a destruir toda la ciudad?

—Si encuentro cuarenta y cinco inocentes, no la destruiré.

—Tal vez haya sólo cuarenta inocentes... —insistió Abraham.

—Por esos cuarenta, no destruiré la ciudad —dijo Jehová.

—Te ruego que no te enojes conmigo por insistir tanto en lo mismo, pero tal vez encuentres solamente treinta... Abraham volvió a suplicar.

—Hasta por esos treinta, perdonaré a la ciudad.

—Mi Señor, he sido muy atrevido al hablarte así, pero, ¿qué pasará si encuentras solamente veinte inocentes?

—Por esos veinte, no destruiré la ciudad.

—Por favor, mi Señor, no te enojes conmigo, pero voy a hablar tan sólo esta vez y no volveré a molestarte: ¿qué harás, en caso de encontrar únicamente diez?

—Hasta por esos diez, no destruiré la ciudad.

Cuando el Señor terminó de hablar con Abraham, se fue de allí; y Abraham regresó a su tienda de campaña.

(Génesis, 18)


Quién sabe por qué Abraham decidió dejar de preguntar. Quizá tenía miedo de escuchar: "Hay siete inocentes, aun así destruiré la ciudad". Quizá quiso dejar una pequeña salida a Jehová para no confrontarlo. Quizá, simplemente, no quiso enfadarlo. El caso es que no siguió preguntando y Sodoma y Gomorra fueron arrasadas.

A veces somos muy exigentes con nosotros mismos. Una exigencia consentida y sin sentido. Nos juzgamos con severidad, hurgamos nuestras propias llagas, sobre-iluminamos nuestras imperfecciones con focos de alta intensidad y nos escupimos a la cara el arquetipo ejemplar y modélico que nunca seremos. Nos concedemos un porcentaje infinitesimal de error y sustituimos comprensión por castigo. No nos permitimos siquiera ese margen de diez inocentes que se dio Jehová. El ruido blanco de nuestros pensamientos nos acecha constantemente.

Si no aprendemos a domar ese ruido blanco incansable de nuestra cabeza termina por desorientarnos. A menudo debatimos con nosotros mismos, en nuestro campo de batalla mental. Como Pandavas y Kauravas en la llanura sagrada de Kurukshetra. Somos Arjunas en busca de nuestro propio Krisna. Algo o alguien que nos indique cuál es nuestro dharma, nuestra misión, nuestro camino, nuestro lugar en el mundo. Somos Ulises camino de cientos de Ítacas. A menudo olvidamos que el camino es el propio fin. Como los pasos del poema de Machado, caminante son tus huellas el camino y nada más.


Deberíamos ser nuestro fan número uno. Incondicional. En todo momento. Abrir de una patada la puerta del cuarto donde se alojan nuestros defectos y virtudes y sacar la mejor versión de nosotros mismos. No es auto-estima, sino auto-amor. En eso consiste la vida. En querer y quererse mucho. En hacer la vista gorda con nuestras pequeñas imperfecciones, contradicciones y defectos, siempre que sean menos de diez. Procurar hacerlo mejor la próxima vez, seguir adelante y presionar el acelerador. ¿Cómo se puede disfrutar del viaje sin sentir el viento golpeándote en la cara?

En Sodoma, al parecer, había cuatro inocentes. Lot, su esposa y sus dos hijas. Jehová, en su infinita misericordia, quién sabe si quizá para justificar la furia que estaba a punto de desplegar, les permitió abandonar la ciudad, sin más condiciones que no girarse. La mujer desobedeció. Al volver la vista atrás, vio la senda que nunca debió volver a mirar y se convirtió en estatua de sal. Curiosa metáfora si entendemos el camino a recorrer como 'futuro' y la ciudad dejada atrás como 'pasado'. El pasado a veces nos mantiene inmóviles y nos impide avanzar.

Lot, al parecer, tampoco acabó bien parado. Sus hijas, por temor a quedar sin descendencia por la muerte de todo varón fértil de la región, lo emborracharon hasta la inconsciencia y lo forzaron a fecundarlas, una noche a la mayor y a la siguiente noche, a la menor. Y no sabemos de él más que debió de pasar el resto de sus días en una cueva, abandonado de la razón. Desdichado e infausto final para un inocente.

jueves, 7 de marzo de 2019

Homo viator


ÍTACA

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

Cavafis. Antología poética.

domingo, 3 de marzo de 2019

Consolación

Soy Boecio, autor de La consolación de la filosofía. Para mí, la historia es una rueda: "la inconstancia es mi esencia", dice la rueda. "Súbete a mi radio si quieres, pero no te quejes cuando te arroje a los abismos". Los buenos tiempos pasan al igual que los malos. La mutabilidad es nuestra tragedia pero también nuestra esperanza. Los peores tiempos al igual que los mejores siempre pasan.

jueves, 25 de octubre de 2018

Bienvenido a casa

Con el tiempo he aprendido a sentirme en casa casi en cualquier sitio. La necesidad hace virtud. Atrás quedó ya la sensación epicéntrica de mi habitación de adolescente, con sus minerales en cajas blancas de cartón, su estantería de pared con forma de casa y sus armarios de madera con rincones inaccesibles. Hoy han sido sustituidos por rojos sofás gastados, pianos oscuros cubiertos de polvo, campanas y relojes de estación sin hora, calles inventadas y ventanas sucias e indiscretas.

El concepto de casa no es algo fácil de explicar. El lugar donde vive tu familia. El lugar donde guardas tus posesiones materiales más preciadas. El lugar donde duermes la mayoría de las noches del año. El lugar donde llegan las cartas formales del banco. Si nos queremos poner más sensibles con el concepto de casa y pensamos en hogar, podríamos decir que es el lugar desde donde puedes ver llover en invierno por la ventana en pijama. El lugar donde te puedes tumbar en el sofá como te dé la gana y la tele sabe la contraseña de tu cuenta de Netflix. El lugar donde siempre hay de las galletas que te gustan. El lugar donde podemos colgar de la pared lo que se nos antoje (con sentido estético personal, claro está). El lugar donde los domingos no hay hora de check-out. El lugar donde, una vez cada cierto tiempo, se acaba el suavizante y el felpudo no es de una tienda de todo-a-euro. El lugar donde Google te notifica: “Bienvenido a casa”.

El inglés distingue bien una casa de un hogar. House y home. No hay lugar a duda. House, la de los demás, home, la mía. En español, el matiz es más sutil. Usamos la palabra casa en ambos casos. La palabra hogar evoca más bien a un espacio sentimental. Un lugar que tiene que ver con personas e historias y no con paredes y techos. No decimos “me voy a mi hogar”. Decimos “me voy a casa”, “estoy en casa”. Fijémonos bien. El artículo espera fuera, se queda abajo, en el portal. Si lo incluimos, “me voy a la casa”, “estoy en la casa”, nos surge una duda. ¿De quién? Es obvio que no es nuestra casa, nuestro hogar, sino la casa de otra persona.

He aprendido a sentir casa en muchos lugares, con distinta intensidad, pero la misma sensación. En lugares comunes que están ahí, accesibles, a la vista y el alcance de todo el mundo. Solo que no prestamos la suficiente atención. El asiento delantero derecho del autobús que me llevaba a la universidad, donde ver amanecer y leer con los ojos medio abiertos. El poyete del postigo en frente del Acueducto, al caer la tarde, donde ver a las golondrinas esconderse en huecos imposibles. El banco de las presillas donde podía ver a Oli crecer y apoyar mi cabeza en tus piernas. El rincón en la barra del hotel, donde están la máquina de café (expresso doble) y dos sillas vacías (casi) siempre. Las escaleras empinadas que llevan al colegio de mis sobrinas, su torre con nidos de cigüeñas y su laberinto mágico, donde las paredes responden con su eco. La cafetería en la primera planta de la Torre Eiffel, donde el suelo es transparente, nunca hay gente y siempre hay mesa con vistas. El camarote con sofás acolchados escondido en la parte de arriba del barco que sale de Venezia al anochecer. El banco del parque en la parte alta de la fría ciudad de Ginebra donde siempre da el sol.

Quizá el secreto está en llevar la casa encima, como si fuéramos caracoles, tortugas o como esos cangrejos diminutos que llevan a cuestas piedras y conchas para resguardarse. Quizá el secreto está en aprender a sentir casa en cualquier lugar. Contigo.

viernes, 10 de agosto de 2018

¿Qué prefieres?


#JUEGO_1
 
➽ Teletransporte o viajar en el tiempo.

⟳ Y si has elegido viajar en el tiempo, al pasado o al futuro.

➽ Leer la mente o ser invisible.

➽ Hipervelocidad o detener el tiempo.



¿Qué pasaría si un objeto imparable 
chocase con un objeto inamovible?



Cada día que pasa
 ¿es un día más o un día menos?



Si el dinero no fuese una necesidad
 ¿a qué te dedicarías?



¿Cuál crees que es tu mayor virtud
¿Y el mayor logro de tu vida?



¿Cómo te ves de aquí a 5 años?


#JUEGO_2

Deseo que Toñita me diga que me quiere y extraña como yo a ella...
Concedido, te lo va a decir pero estaras sordo y no podras oirlo.

Deseo verne mas joven cada dia.
Concedido, pero tienes la edad de la tierra.

Deseo ser feliz.
Concedido, pero por leer libros de auto ayuda de paulo cohelo.

Deseo graduarme.
Concedido, pero jamás encontraras empleo en lo que estudiaste.

Deseo poder volar.
Concedido pero no tendrás piernas.

Mi deseo es viajar a una playa hermosa.
Concedido, con el agua a cero grados.

Deseo una gif card con S/10,000 soles.
Concedido, con un plazo para poder comenzar a usarla no menor a 5 años.

Deseo que todos tengan un excelente incio de semana que este llena de éxitos y bendiciones.
Concedido, todos menos tú.

jueves, 17 de mayo de 2018

Brújulas y relojes

Hurgar en los cajones de mi habitación de infancia es como un viaje al pasado, una explosión de recuerdos. Casio F-91W, mi primer reloj. Y quién lo iba a decir, casi el último. Recuerdo la tienda donde lo compré y hasta creo recordar el precio de mil seiscientas pesetas. Resistente al agua, por si me quería duchar con él y con unos botones duros como un demonio que manejaban el cronómetro, la alarma y la luz; por si me despertaba en plena madrugada empapado en sudor y me fuese la vida en saber la hora exacta de mi desasosiego. Y todo eso, para no dar la luz del techo y despertar a mi hermano, a pesar de que mi padre nos había puesto interruptores al lado del cabecero de la cama. Porque yo he compartido habitación con mi hermano toda la vida; pero eso es otra historia que ya contaré.

La hora es un invento moderno. Para organizarnos mejor y de manera más eficiente. Antes no era necesario. Un carpintero del SXV se despertaba cuando la luz del sol entraba por su ventana, comenzaba a trabajar y elegía sus descansos. Nadie más que él mismo y la despensa de su hogar dependían de su trabajo. Pero llegó Taylor con su organización del trabajo y su idea de productividad a través de la especialización. En una cadena de montaje, el trabajo de un carpintero dependía del serrador; y el trabajo del lijador dependía del carpintero. Era imprescindible organizarse en torno a un tiempo artificial; un tiempo que ya habían empezado a usar los ingleses, con sus trenes de vapor y su necesidad de sincronizar las llegadas y las salidas de las distintas estaciones. Y así es como las horas y los minutos entraron en nuestras vidas y dejamos de ser dueños de nuestro tiempo.

A día de hoy es imposible no saber la hora que es a cada instante. En el móvil, en la pantalla del ordenador, en el microondas, en el cuentakilómetros,... mires donde mires hay un reloj, siempre dispuesto a recordarte que estás llegando tarde a todos los sitios. Andamos como el conejo blanco en nuestro propio país de maravillas, «¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!». En la mayoría de las veces, llegamos tarde. Y, lo que es peor, al lugar equivocado.

Porque nadie te enseña que es más importante el dónde que el cuándo; que lo relevante es llegar al lugar adecuado, sin importar el momento. Porque ya nos enseñaron Einstein y la experiencia que el tiempo es relativo. Porque no importa la hora de llegada, sino el camino recorrido. Porque la vida va de lugares, etapas y destinos; y no va de tiempo, ni de prisas, ni deadlines. Porque en la vida va de mirar por la ventana del tren y no por la pantalla del móvil. La vida va de disfrutar el camino, con sus alegrías y sus decepciones. Y sí, la vida también va de llegar, alcanzar y lograr, pero sin olvidar que el destino no es sino una parte más del trayecto. Porque los viajes del corazón no saben de horarios, suelen ser impuntuales y no informan de hora estimada de llegada. Como aquel pastor que viajó a Egipto buscando un tesoro, para descubrir que el tesoro había estado siempre enterrado bajo un árbol de su jardín. Porque nunca una hora transcurre igual que otra, ni un mismo lugar al que se regresa se ve con los mismos ojos. Porque hay segundos que son primeros. Puedes quedarte en la estación, leyendo o escuchando música, porque siempre pasa otro tren por el andén, sale otro avión del hangar y zarpa un nuevo barco. Porque si buscas y hurgas lo suficiente, es probable que encuentres; quizá no lo que ansías, pero sí encontrarás seguro lo que necesitas. Porque el pasado y el futuro son solo una forma de presente. Porque si uno sabe a dónde se dirige no hay muros, acantilados , ni obstáculos insalvables; y sí, puentes, cuerdas, y oportunidades para crecer y ser la mejor versión de uno mismo.

El minutero de los relojes debería marcar el norte; así cada persona sabría siempre cuál es su rumbo, dónde dirigirse y ya no nos perderíamos nunca por el camino. Los relojes deberían ser brújulas. Y de repente, todos nos encontraríamos, y perderíamos el miedo de perdernos. Porque solo pierde algo el que deja de buscarlo. Porque solamente no llega a su destino, el que deja de caminar. Así que en mi próxima vida, en vez de un casio, guardaré en el cajón una brújula.

lunes, 7 de agosto de 2017

Prohibido jugar a la pelota

En la plaza mayor de mi ciudad hay un cartel grande con letras negras sobre fondo blanco. "Prohibido jugar a la pelota". La plaza es grande como medio campo de fútbol. Una esplanada con el suelo enlosado y diáfana. No hay bancos donde se puedan sentar las personas mayores, a descansar o a esperar la hora de comer,  no hay mobiliario urbano, ni árboles, ni costosas esculturas de dudoso valor estético, ni ventanas de cristal. Por lo que no hay riesgo de lesionar una cadera a nadie con un balonazo, dañar la copa de un árbol o romper en pedazos algún cristal.

Quizá quien escribió el cartel se quedó corto. Debería haber puesto más indicaciones y normas. A saber, prohibido vestir con ropa de colores. Prohibido dar abrazos. Prohibido escuchar música, aunque se usen auriculares. Prohibido reír a carcajadas. Y ya puestos, debería indicar más reglas aún. Prohibido escribir poesía. Prohibido el sonido del piano. Prohibido hacer amigos. Prohibido comer helados de chocolate. Porque todas estas prohibiciones a mí me suenan igual de feas. Solo un corazón sombrío y desdichado pudo imaginar un cartel donde prohibir a los niños jugar a la pelota. Podría entender, por cuestiones de salud, la prohibición de comer helados de chocolate, para diabéticos que no toleran el exceso de azúcar. El resto de carteles solo los puedo entender para personas que no toleran el exceso de felicidad.

Imagino una generación de niños tristes y desmotivados por no poder jugar a la pelota en la plaza de su ciudad o de su barrio. Niños criados entre prohibiciones como esta, evidentes y otras, no tanto. Por lo que sería conveniente realizar una campaña de concienciación. Según la RAE lo contrario de "prohibido" es "permitido". Pero se me hace insuficiente, tiene un alcance muy corto. Solemos equivocar el concepto de "lo contrario", con el de "ausencia de". Permitir significa ausencia de prohibir. Yo más bien usaría "obligatorio". ¡Eso sí que es lo contrario! Llenaría las plazas y las calles de carteles así. Obligatorio saludar a los desconocidos con quien te cruces por la calle. Obligatorio cantar en la ducha. Obligatorio respirar profundo. Obligatorio bailar, aunque se carezca de ritmo. Obligatorio sonreír a los tenderos en el mercado. Obligatorio jugar hasta que el sudor te cubra los ojos. Obligatorio saltar sobre los charcos. Obligatorio tirarse bolas de nieve y usar los trineos. Obligatorio ver cómo se pone el sol al atardecer. Obligatorio subirse a los árboles, con cuidado. Obligatorio silbar melodías. Obligatorio leer libros de aventuras. Obligatorio enamorarse. Obligatorio retirar el cartel de prohibido jugar a la pelota.

jueves, 3 de agosto de 2017

El mejor verano de mi vida

El mejor verano de mi vida sucede en un pueblo pequeño de pescadores, a las orillas de un mar. Un pueblo con lavandería, puestos callejeros de tacos y consulta médica solo un día por semana. Un pueblo con una playa repleta de tortugas marinas, palmeras inclinadas y chalecos salvavidas descoloridos por el sol. Un pueblo situado en mitad de una frondosa jungla, cerca de cenotes de agua dulce y ruinas arqueológicas antiguas. Un pueblo rodeado de carteles de propiedad privada, una sola autopista y hoteles de lujo. Un pueblo donde puedes pagar en pesos, dólares o euros. Un pueblo lleno de huéspedes, con dos piscinas pequeñas y diez apartamentos en renta. Un pueblo con mosquitos, tarántulas e iguanas. Un pueblo con garrafas de agua de veinte litros, sartenes de hierro y duchas sin presión. Un pueblo de mangos, piñas y aguacates. Un pueblo con música en directo todos los días, alquiler de bicis sin freno y un oxxo en cada esquina. Un pueblo con una laguna donde viven delfines, mantarrayas y peces voladores. Un pueblo con ventilador en el techo, ventanas sin persiana y camas de dos metros de ancho. Un pueblo con esterillas moradas, cintas en las puertas y toallas blanquirrosas. Un pueblo con un solo ordenador para dos, internet lento y mapsme en el teléfono móvil. Un pueblo de repelente de mosquitos, aftersun y cicatricure. Un pueblo lleno de arena pegajosa, cuerdas para tender y destender y hamacas rotas. Un pueblo de caminos de tierra con baches, colectivos con paradas continuas y emisoras de radio con final feliz. Un pueblo con jarras de limonada fría, cafés poco cargados y helados caseros que se congelan. Un pueblo visto a través de máscaras de snorkel, gafas de sol y cámara de fotos sumergible. Un pueblo recorrido en chanclas, riñonera y bañador. El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo así descrito, ya sea con treinta y cinco años o a la edad de diez.

lunes, 31 de julio de 2017

El mejor verano de mi vida

El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo, en la ladera de una montaña. Un pueblo de días en la calle, tardes en el río y noches de manta; un pueblo de jugar en la calle a la pelota y apartarse a un lado cuando aparece un vecino en su coche; un pueblo de no llevar candado en la bici, dejarla tirada en la acera y olvidarse; un pueblo con un solo parque, decorado con una fuente de agua potable, verdes mirtos y babosas nauseabundas; un pueblo donde no hay edades y tres generaciones se juntan a tomar el aperitivo en el único bar que hay; un pueblo de una sola pista de fútbol-sala, siempre abierta, a cualquier hora; un pueblo donde todo el mundo conoce al doctor, al cura y al maestro; un pueblo donde no tienes nombre, tus amigos te ponen un mote y los mayores te conocen como "el de la Juanita"; un pueblo de hogazas, de paseos al huerto para coger tomates y de cocinas de gas; un pueblo de casas con buhardilla, llenas de tíos y primos, con la puerta siempre abierta y las sillas sacadas a la calle; un pueblo de paellas en la vera, melocotones que huelen a fruta y guindas cogidas de lo alto de los árboles; un pueblo de perros callejeros sin correa, de jugar a las chapas, al escondite y al salto al pollo; un pueblo con un camino hacia el río lleno de moras, ortigas y lagartijas; un río de agua fría y transparente, piedras grandes y redondas y bocadillos de chorizo envueltos en albal; un pueblo de cenas en familia y paseos nocturnos con helado de chocolate; un pueblo con noches de estrellas, luciérnagas y colchones tirados en el suelo. El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo así descrito, ya sea a la edad de diez años o con treinta y cinco.

lunes, 10 de julio de 2017

La vida de los peces

Un exitoso hombre de negocios estaba disfrutando de una merecida semana de vacaciones en una paradisiaca zona de costa. Al tercer día sintió curiosidad por un pescador local al cual había estado observando.

- Todos los días a media mañana le veo venir con un cubo, echar la caña, pescar media docena de peces y regresar por el camino del muelle, caminando tranquilo. ¿Tiene suficiente con esos peces? -preguntó el inquieto hombre de negocios.

- Así es -respondió el pescador- son para mi familia. Al llegar a casa, los cocino a fuego lento a la espera de que lleguen mis hijos del colegio. Después nos echamos la siesta mi mujer y yo, para apaciguar las horas de más calor. Ya por la tarde, les ayudamos con las tareas o jugamos con ellos. Y a la hora de la puesta de sol, salimos todos juntos a dar un paseo frente a la bahía y conversamos. Y así, todos los días.

- No cabe duda de que es usted un experto pescador -añadió el hombre de negocios-. Debería usted venir no con uno, sino con dos cubos y pescar el doble de peces. Así podría vender el sobrante y ganar algo de dinero.

- ¿Y para qué querría más dinero? -se mostró extrañado el pescador.

- Con el dinero que gane podría comprar una segunda caña, y pescaría el doble de peces en el mismo tiempo -siguió con lógica deducción el hombre de negocios-. Así podría ganar aún más dinero.

- ¿Y para qué querría más dinero? -seguía confuso el pescador.

- Pasados unos meses, con el dinero que hubiese ganado podría comprar una barca y una red, adentrarse en el mar y pescaría muchos más peces. Así ganaría más dinero.

- ¿Y para qué querría más dinero? –continuaba sin comprender el pescador.

- En diez años con el dinero ahorrado podría comprar más barcas y más redes, subarrendarlas y así otros trabajarían para usted y ganaría más dinero -el hombre de negocios empezaba a mostrarse eufórico.

- ¿Y para que querría más dinero?

- En quince o veinte años, con la reputación adquirida podría sacar su empresa a bolsa. A la vista de los buenos resultados asegurados sus acciones subirán como la espuma y finalmente podría vender todas sus participaciones. Así se haría millonario y no tendría nunca más que volver a trabajar -sentenció con aire triunfador el hombre de negocios.

- ¿Y qué haría entonces? -dijo el pescador sumergido en una gran duda.

- Pues llegado ese día, usted podrá dedicarse a lo que más le guste, como pescar, cocinar para su familia, jugar con sus hijos, pasear con su mujer, conversar...

- Esta bien, muchas gracias por el consejo, pensaré en ello -sentenció el pescador-. ¡Que tenga un buen día!

- Igualmente -dijo el hombre de negocios con la palabra en la boca.