lunes, 31 de julio de 2017
El mejor verano de mi vida
El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo, en la ladera de una montaña. Un pueblo de días en la calle, tardes en el río y noches de manta; un pueblo de jugar en la calle a la pelota y apartarse a un lado cuando aparece un vecino en su coche; un pueblo de no llevar candado en la bici, dejarla tirada en la acera y olvidarse; un pueblo con un solo parque, decorado con una fuente de agua potable, verdes mirtos y babosas nauseabundas; un pueblo donde no hay edades y tres generaciones se juntan a tomar el aperitivo en el único bar que hay; un pueblo de una sola pista de fútbol-sala, siempre abierta, a cualquier hora; un pueblo donde todo el mundo conoce al doctor, al cura y al maestro; un pueblo donde no tienes nombre, tus amigos te ponen un mote y los mayores te conocen como "el de la Juanita"; un pueblo de hogazas, de paseos al huerto para coger tomates y de cocinas de gas; un pueblo de casas con buhardilla, llenas de tíos y primos, con la puerta siempre abierta y las sillas sacadas a la calle; un pueblo de paellas en la vera, melocotones que huelen a fruta y guindas cogidas de lo alto de los árboles; un pueblo de perros callejeros sin correa, de jugar a las chapas, al escondite y al salto al pollo; un pueblo con un camino hacia el río lleno de moras, ortigas y lagartijas; un río de agua fría y transparente, piedras grandes y redondas y bocadillos de chorizo envueltos en albal; un pueblo de cenas en familia y paseos nocturnos con helado de chocolate; un pueblo con noches de estrellas, luciérnagas y colchones tirados en el suelo.
El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo así descrito, ya sea a la edad de diez años o con treinta y cinco.
lunes, 10 de julio de 2017
La vida de los peces
Un exitoso hombre de negocios estaba disfrutando de una merecida semana de vacaciones en una paradisiaca zona de costa. Al tercer día sintió curiosidad por un pescador local al cual había estado observando.- Todos los días a media mañana le veo venir con un cubo, echar la caña, pescar media docena de peces y regresar por el camino del muelle, caminando tranquilo. ¿Tiene suficiente con esos peces? -preguntó el inquieto hombre de negocios.
- Así es -respondió el pescador- son para mi familia. Al llegar a casa, los cocino a fuego lento a la espera de que lleguen mis hijos del colegio. Después nos echamos la siesta mi mujer y yo, para apaciguar las horas de más calor. Ya por la tarde, les ayudamos con las tareas o jugamos con ellos. Y a la hora de la puesta de sol, salimos todos juntos a dar un paseo frente a la bahía y conversamos. Y así, todos los días.
- No cabe duda de que es usted un experto pescador -añadió el hombre de negocios-. Debería usted venir no con uno, sino con dos cubos y pescar el doble de peces. Así podría vender el sobrante y ganar algo de dinero.
- ¿Y para qué querría más dinero? -se mostró extrañado el pescador.
- Con el dinero que gane podría comprar una segunda caña, y pescaría el doble de peces en el mismo tiempo -siguió con lógica deducción el hombre de negocios-. Así podría ganar aún más dinero.
- ¿Y para qué querría más dinero? -seguía confuso el pescador.
- Pasados unos meses, con el dinero que hubiese ganado podría comprar una barca y una red, adentrarse en el mar y pescaría muchos más peces. Así ganaría más dinero.
- ¿Y para qué querría más dinero? –continuaba sin comprender el pescador.
- En diez años con el dinero ahorrado podría comprar más barcas y más redes, subarrendarlas y así otros trabajarían para usted y ganaría más dinero -el hombre de negocios empezaba a mostrarse eufórico.
- ¿Y para que querría más dinero?
- En quince o veinte años, con la reputación adquirida podría sacar su empresa a bolsa. A la vista de los buenos resultados asegurados sus acciones subirán como la espuma y finalmente podría vender todas sus participaciones. Así se haría millonario y no tendría nunca más que volver a trabajar -sentenció con aire triunfador el hombre de negocios.
- ¿Y qué haría entonces? -dijo el pescador sumergido en una gran duda.
- Pues llegado ese día, usted podrá dedicarse a lo que más le guste, como pescar, cocinar para su familia, jugar con sus hijos, pasear con su mujer, conversar...
- Esta bien, muchas gracias por el consejo, pensaré en ello -sentenció el pescador-. ¡Que tenga un buen día!
- Igualmente -dijo el hombre de negocios con la palabra en la boca.
sábado, 8 de julio de 2017
domingo, 18 de junio de 2017
Decadencia
Detuvo sus pasos, levantó la mirada y vio el color pálido de la fachada desgastada; las grietas dispersas por las paredes de ladrillos sucios, cubiertas de moho y humedad; los marcos de madera podrida de las ventanas, con sus cristales rotos custodiados por oscuros tablones de veta lisa, o simplemente por plásticos arrugados; las barandillas oxidadas de hierro forjado de los balcones; las tejas de cerámica rotas que asomaban amenazantes en lo alto del edificio; los trazos sin arte ni sentido hechos con spray negro barato; los cables chamuscados del tendido eléctrico que recorrían la fachada sin orden, ni destino, ni función; los canalones cubiertos de agua putrefacta, atascados por las hojas secas de otoño.
jueves, 18 de mayo de 2017
NS/NC
Don't feel guilty if you don't know what you want to do with your life.
The most interesting people I know didn't know at 22 what they wanted to do with their lives.
Some of the most interesting 40-year-olds I know still don't."
La naturaleza me equipó con unos ojos bonitos y una mente analítica. De los primeros siempre he disfrutado y sacado provecho; de la segunda me ha llevado algo más de tiempo acostumbrarme y darle un uso adecuado. Una mente observadora y deductiva, analiza todo lo que ocurre a su alrededor y saca conclusiones. Una mente así se siente confiada y se adapta con facilidad a cualquier situación; aunque en ocasiones puede pecar de intransigente. Lo que a primera vista puede parecer un don, sin reparo alguno, en ocasiones actúa como una maldición. Algunas veces me gustaría ser un poco más tonto y no darme cuenta de ciertas cosas. Con frecuencia he cedido a mi mente el mando de mi vida. Me ha demostrado tomar buenas decisiones y eso me ha permitido delegar en ella en los asuntos importantes; y en los menos relevantes también. Ahora a mis treinta y tantos, siento que algo está cambiando. Hay una nueva opción entre las respuestas a las preguntas del test de la vida en la que antes no había reparado. No sabe, no contesta. Antes era incapaz de imaginar que alguien, ante una decisión importante en su vida, pudiese optar por esta respuesta, sin saber qué hacer o decir, sin analizar la situación ni las posibles salidas. Algo inimaginable en mí.
Habla un viejo proverbio chino, quién sabe, sobre un hombre agraciado al que le cayó en sorteo un caballo; desgraciado porque rompió una pierna cabalgando; agraciado de nuevo porque vino la guerra y le declararon no apto para pelear. Así sucede a menudo, los contratiempos tornan en dichas y las fortunas en desgracias. Cuando creíamos que la respuesta correcta era la A, sin duda alguna, resulta que era la B. En ese caso, la tercera opción, no sabe/no contesta, se convierte en una garantía. Bien por no entender la pregunta, por no saber la respuesta o por otros motivos sin especificar. Esto funciona solo para las cosas importantes, a saber, trabajo, dinero, estudios,... De nada sirve invertir tiempo y análisis en problemas sobre los que desconocemos variables. Es cierto que genera incertidumbre y da un valor aleatorio al futuro, pero esa eventualidad ya estaba antes de tomar nuestra decisión y seguirá, con toda seguridad, después aún camuflada. Quizá en este caso nuestra intuición a través de la experiencia sea la mejor aliada.
Cuanto menos claro tengo el futuro de las cosas consideradas "importantes" de mi vida, más claro y transparente veo el presente de las cosas menos importantes. En las preguntas de calado menor, tengo clara la respuesta. Sí sé, sí contesto. Sé que me gusta tocar el piano, patinar, ir a la montaña, escribir, viajar. Ya no dedico tiempo a lo que no me apasiona. Quizá, me he vuelto un poco radical, me apasiona o no me gusta, no hay medias tintas. Y si tengo dudas, recurro a una teoría americana, un tanto pretenciosa, acerca de la aceptación de proyectos. Si dentro de mí suena una Fuck yeah! entonces estoy dentro. Si no es así, lo dejo aparcado. Hay grandes ideas que llegan en momentos inoportunos, y malas ideas que llegan en momentos adecuados. Es por eso que ahora mi mente delega en mí algunas decisiones. Ha aprendido a fiarse y ver a través de mis bonitos ojos.
El primo Ángel
Ángel Sancho Yáñez es el menor de 5 hermanos, nacido el 21 de abril de 1942 en el pueblo de Balazote, provincia de Albacete. De familia con fuerte tradición agrícola, empezó a trabajar las tierras de su padre desde muy temprana edad, perdiendo interés por los estudios académicos obligatorios, al contrario que sus hermanos, todos ellos universitarios. De carácter afable y obstinado, heredó la tierra y el trabajo de su padre. En contra del consejo de sus hermanos, rechazó una suculenta oferta por los terrenos y se centró exclusivamente en la plantación de cebada. Trabajando de sol a sol, reintrodujo técnicas tradicionales de sembradío, algunos procesos manuales; desterró los abonos químicos y minimizó el uso de la maquinaria. Elaboró una marca propia de cerveza artesanal, de fuerte sabor agrio con triple destilado y aroma aceitunado; cerveza rurale, marca que vendió en 1999 a la cervecera extranjera del Grupo Modelo por 500 millones de pesetas. Desde entonces, sin oficio aparente más que jugar a las cartas y largos paseos acompañado de sus perros, sigue viviendo en su pueblo natal, en la casa familiar, vistiendo las mismas camisas típicas de labranza y, a la hora del aperitivo, siempre pide una cerveza rurale, cerveza que critica a cada sorbo, por el giro industrial de su sabor.
miércoles, 19 de abril de 2017
—¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar?
—Eso depende de a dónde quieras ir —respondió el Gato.
—Lo cierto es que no me importa demasiado a dónde... —dijo Alicia.
—Entonces tampoco importa demasiado en qué dirección vayas... —contestó el Gato.
—...siempre que llegue a alguna parte —añadió Alicia, tratando de explicarse.
—¡Oh, te aseguro que llegarás a alguna parte —dijo el Gato— si caminas lo suficiente!.
Un instante
Un instante mágico, a mitad de camino en el transbordo de una estación de metro. Vislumbro un ejército de personas que caminan con la cabeza agachada. Autómatas en silencio. Luz artificial de halógenos. Voy con paso firme, camino de mi destino. Suena un violín, melodía dulce. Sonrío. La música me inspira complicidad. Se eleva entre las siluetas inanimadas. Me detengo a escuchar con todo mi cuerpo. El sol me espera fuera. Una pausa en el camino. Puedo esperar, sé a dónde me dirijo.
martes, 28 de febrero de 2017
La semana laboral de 4 horas
La semana laboral de 4 horas. Tim Ferriss.
Pues un libro escrito por un 'flipaillo' pero que llena de energía y motiva a actuar. Estructura del libro dividida en Definición (Todo lo comúnmente aceptado como cierto es falso), Eliminación (80/20 y ley de parkinson), Automatización de negocios (autoproducción, estructura virtual sostenible) y Liberación. "A pesar de la creencia habitual, los mayores placeres y los grandes viajes no están reservados a los millonarios, sino a quienes se deciden por ellos." Conceptos como mini-jubilaciones, dueño de su propio tiempo, yourmaninindia,...
¡Ha llegado el momento de que controle su tiempo y su vida!
Pues un libro escrito por un 'flipaillo' pero que llena de energía y motiva a actuar. Estructura del libro dividida en Definición (Todo lo comúnmente aceptado como cierto es falso), Eliminación (80/20 y ley de parkinson), Automatización de negocios (autoproducción, estructura virtual sostenible) y Liberación. "A pesar de la creencia habitual, los mayores placeres y los grandes viajes no están reservados a los millonarios, sino a quienes se deciden por ellos." Conceptos como mini-jubilaciones, dueño de su propio tiempo, yourmaninindia,...
domingo, 4 de diciembre de 2016
Libros (2016)
sábado, 30 de julio de 2016
Cosas que me hacen sentir en casa
Los peugeot 309 blancos, la canción pictures of you de the cure, las marcas en la pared del postigo, el camino de tierra hacia el río desde la casa de mi tía, y sus moras, las bicicletas de carreras orbea, la tortilla de patatas de mi madre, las baldosas feas y frías de filigranas blancas y negras, el tazón de plástico azul sin asa, la encimera de formica de color verde oscuro, los querubines de mirada indiferente de la madonna, las rayas rojas y blancas en una camiseta, los teléfonos nokia indesctructibles y antiguos de color azul oscuro, el kindle de tapa verde y rugosa, el edredón desgastado estampado de colores, de noventa, el suelo de parqué, el puente de madera agrietada de la alameda del parral, el llavero de un muñeco verde, los auriculares rojos de tira fina, el árbol junto a la fuente de las presillas, las plantas verdes que ocupan la mesa de mi salón, el sillón poang de madera de haya y funda roja, las escaleras a la sombra de la parte de atrás de los jardines sabatini, la gárgola petrificada que vigila la curva de la calle san frutos, el cine de verano zuloaga, la carretera de salida del hipercor de valderas, el desvío del colegio de las concepcionistas, la cuesta empedrada de la parte de atrás de mi casa.
lunes, 25 de julio de 2016
Madrid&YO
A Madrid no llegas, Madrid te encuentra
Nunca te hallarás por sus calles sin motivo,
viviendo su pulso único y sus rincones llenos de historia.
Ni imperios ni barbarie conquistaron nunca Madrid,
será Madrid quien sepa conquistarte.
Madrid te prueba, Madrid te enseña,
hasta que, agradecido, te acabas enamorando de la ciudad.
Madrid no te engaña nunca,
y nunca deja de sorprenderte.
Nunca te hallarás por sus calles sin motivo,
viviendo su pulso único y sus rincones llenos de historia.
Ni imperios ni barbarie conquistaron nunca Madrid,
será Madrid quien sepa conquistarte.
Madrid te prueba, Madrid te enseña,
hasta que, agradecido, te acabas enamorando de la ciudad.
Madrid no te engaña nunca,
y nunca deja de sorprenderte.
martes, 29 de marzo de 2016
El tiempo de las cosas
Me gusta medir el tiempo de las cosas en escalas propias e inventadas, que nada tienen que ver con segundos ni minutos. Mi cafetera tarda en calentarse el tiempo justo en el que se toca el preludio número uno de Bach al piano. Se tarda en correr diez kilómetros exactamente lo mismo que en escuchar el disco wish de the cure, utilizando la última canción para estirar. El tiempo en recuperarse de la extracción de una muela del juicio es idéntico al metraje de las dos primeras temporadas de modern family en versión original. El autobús de mi casa a príncipe pío tarda el tiempo justo en escribir doce whatsapps y un par de emails; y el tren hasta atocha dura lo mismo que un capítulo entero del libro que me esté leyendo en ese momento, incluida la última página si apuro en extremo la apertura de puertas. Una película actual tarda en descargarse el tiempo justo en el que se trocea un tomate y se cocina una tortilla francesa, igual a la de patata; y el tiempo que tarda mi horno en gratinar unos macarrones mide la distancia entre mi casa y la panadería del barrio, ida y regreso, siempre y cuando consiga despistar a la vecina del bajo, asomada a la ventana con ganas de cháchara. Un mes es el tiempo que necesita la enredadera colgada del techo de mi salón en avanzar hasta la siguiente balda de la vitrina. Escribir este post me lleva el tiempo que transcurre entre que empieza a esconderse el sol hasta que se pone. Tardo en merendarme un bollicao relleno con mi mano izquierda el mismo tiempo en que mi mano derecha cierra la puerta de la nevera, sin pestañear. Una semana es el tiempo que transcurre entre clase y clase, deberes incluidos. Mido el tiempo de las cosas de esta peculiar manera. No necesito reloj.
jueves, 18 de febrero de 2016
Superposición de estados

No hay dios que lo entienda. Yo no, al menos. No soy como el gato, pero siento que a veces estoy muerto y vivo al mismo tiempo. Alegre y triste. Enérgico y cansado. Eufórico y deprimido. Feliz y melancólico. Ágil y pesado. Veloz y lento. Como una superposición de estados físicos y anímicos antagónicos. Y no siempre consigo abrir mi caja de madera para definir claramente un estado u otro, por lo que esta dualidad indefinida adquiere un carácter atemporal. Es como si existiesen “yoes” distintos en cientos de universos paralelos, interactuando entre sí, sin coherencia aparente.
La vida del gato depende entonces de los electrones. La teoría explica que estos son al mismo tiempo onda y partícula. En función de la naturaleza del experimento que realicemos, responden de una manera u otra. No soy un electrón, pero me comporto igual. Según lo que busque dentro de mí, eso es lo que encuentro. Si busco la felicidad en mi interior, la hallo. Y al mismo tiempo, si me pregunto por la desdicha, también aparece. Si me pregunto si quiero saltar, respondo con ganas de brincar. Y en el mismo instante si me pregunto si estoy cansado, me apetece tumbarme en la cama.
Y es así como, en medio de todo este caos de estados superpuestos, encuentro el orden. Yo decido qué preguntas hacerme. Yo determino el “yo” que prevalece de entre los diferentes universos. Así es como dirijo mi vida. Y aunque, como todo sistema de caos, no se puede describir con una constante o explicar con una ley física; y aunque es imposible la predicción a largo plazo, siento que me estoy haciendo las preguntas adecuadas.
He abierto la caja, el gato está vivo. Gracias a dios.
sábado, 22 de agosto de 2015
Cosas que sí y cosas que no
No me gusta la leche desnatada con el café. Detesto escribir por el whatsapp mientras camino. No me gustan los cepillos de dientes sin tapa. No me gusta el olor a coliflor cocida. No me gusta pisar el césped descalzo. No me gusta el alarmante sonido del cercanías cuando anuncia el cierre de puertas. Odio despertarme con sueño en mitad de la noche. Me fastidia subir a casa cargado con las bolsas de la compra de la semana para ahorrarme un viaje. No aguanto que pregunten quién más sale. Me incomodan comer con migas de pan sobre la mesa. Odio marearme cuando me subo a un barco. No me gustan las cortinas de baño que se me pegan al cuerpo mientras me ducho. Me disgusta tomar bebidas calientes en recipientes de plástico. Detesto los días oscuros de invierno que amanecen con lluvia. No me gusta que se me acabe la batería del teléfono al volver a casa en metro. No me gusta el olor del lavavajillas antes de encenderlo. No me gusta el rugir del motor de las motos de gran cilindrada. Aborrezco los espárragos blancos, su sabor y su textura. Detesto las algas blandecinas que me rozan la piel cuando me baño en el mar. No me gusta escuchar martillazos al otro lado de la pared. No me gusta el aire acondicionado. Me indigesta encontrar un táper escondido en el fondo de la nevera, con la comida estropeada. No me gusta la parte de atrás de los ordenadores de pie. No me gusta mancharme de grasa cuando abro el capó de mi coche. Detesto los pipos de las aceitunas sobre la mesa. Odio el trapo del polvo, hace que me pique todo el cuerpo. No me gustan las cazuelas quemadas. Aborrezco el sabor del tequila en un chupito. No me gusta correr por asfalto. No me gusta parar más de diez minutos cuando conduzco en un largo viaje. No me gusta bailar agarrado. Detesto que me despierten gritándome al oído. No me gusta respirar cuando un autobús cerca de mí echa humo por su tubo de escape. No soporto tocar el algodón de farmacia.
Me gusta el olor a hierba mojada. Me gusta echar gasolina. Me gusta dormir con las sábanas recién lavadas. Me gusta el sol de por la tarde que entra por la ventana del cuarto de estar. Me gusta correr por caminos de tierra con los auriculares puestos. Me gustan las ensaladas de lechuga solamente. Me gusta el sonido del piano. Me gusta observar a una chica cuando está leyendo. Me gusta apretar el gatillo del taladro. Me gusta cuando ponen una canción de Los Planetas por la radio. Me gusta mirar por la ventana cuando viajo en autobús. Me gustan los cucuruchos de vainilla. Me gusta escuchar el sonido de los truenos sentado en el sillón de mi casa. Me gustan los aeropuertos. Me gusta ver a los aviones despegar a través de los ventanales de la terminal. Me gusta darme cuenta al despertar de que me quedé dormido. Me gustan las pizzas de pepperoni con tomate natural en rodajas. Me gustan las máquinas de escribir antiguas. Me gusta enterrar los pies en la arena de la playa. Me gusta subirme a las ramas de los árboles. Me gusta repartir lentamente la mantequilla por todos los puntos de la tostada. Me gusta recibir un mensaje de alguien en quien he estado pensando. Me gusta respirar profundo en lo alto de una montaña. Me gusta conducir con la ventanilla bajada. Me gusta volver de visita a la casa de mis padres donde crecí. Me gusta el bosque de plantas verdes que tengo en la mesa del salón. Me gusta dormir la siesta con la persiana levantada. Me gustan las naranjas, su sabor y su textura. Me gusta escuchar las campanas de la torre de una iglesia. Me gusta montar en bici con ropa de calle. Me gustan los domingos de invierno lluviosos en pijama. Me gusta bucear. Me gusta que me besen en la mejilla. Me gusta deshacer la maleta cuando regreso de un viaje a un lugar lejano. Me gusta pensar en ti.
Me gusta el olor a hierba mojada. Me gusta echar gasolina. Me gusta dormir con las sábanas recién lavadas. Me gusta el sol de por la tarde que entra por la ventana del cuarto de estar. Me gusta correr por caminos de tierra con los auriculares puestos. Me gustan las ensaladas de lechuga solamente. Me gusta el sonido del piano. Me gusta observar a una chica cuando está leyendo. Me gusta apretar el gatillo del taladro. Me gusta cuando ponen una canción de Los Planetas por la radio. Me gusta mirar por la ventana cuando viajo en autobús. Me gustan los cucuruchos de vainilla. Me gusta escuchar el sonido de los truenos sentado en el sillón de mi casa. Me gustan los aeropuertos. Me gusta ver a los aviones despegar a través de los ventanales de la terminal. Me gusta darme cuenta al despertar de que me quedé dormido. Me gustan las pizzas de pepperoni con tomate natural en rodajas. Me gustan las máquinas de escribir antiguas. Me gusta enterrar los pies en la arena de la playa. Me gusta subirme a las ramas de los árboles. Me gusta repartir lentamente la mantequilla por todos los puntos de la tostada. Me gusta recibir un mensaje de alguien en quien he estado pensando. Me gusta respirar profundo en lo alto de una montaña. Me gusta conducir con la ventanilla bajada. Me gusta volver de visita a la casa de mis padres donde crecí. Me gusta el bosque de plantas verdes que tengo en la mesa del salón. Me gusta dormir la siesta con la persiana levantada. Me gustan las naranjas, su sabor y su textura. Me gusta escuchar las campanas de la torre de una iglesia. Me gusta montar en bici con ropa de calle. Me gustan los domingos de invierno lluviosos en pijama. Me gusta bucear. Me gusta que me besen en la mejilla. Me gusta deshacer la maleta cuando regreso de un viaje a un lugar lejano. Me gusta pensar en ti.
jueves, 6 de agosto de 2015
Tus viejos discos de vinilo
Cuando te fuiste de casa los guardé en una caja de cartón. La verdad es que nunca te has preocupado mucho de tus cosas. Eres así, mitad desprendida, mitad desorganizada. Pero tus discos... no entiendo cómo no pensaste en ellos aquel día. Con todo el esfuerzo y tiempo que habías dedicado a tu colección. Algunos los compraste cuando ya salíamos juntos. Debo reconocerte que al principio me parecía una afición caprichosa e insustancial. ¡Gastarse el dinero en vinilos viejos en plena era digital! Con todos esos cuidados necesarios, tener que almacenarlos de forma vertical, el ritual de limpiarlos antes y después de escucharlos, la delicada aguja del tocadiscos,... Al final, me aficioné yo también al sonido analógico, cálido e imperfecto de la música en un vinilo. A los chasquidos, a su textura y a la atmósfera que crea. ¡Quién iba a imaginar que terminaría aprendiendo a arreglar los saltos de surco!
Puse la caja en lo alto del armario, inaccesible a la vista. Me enfurecía solo de pensar en tus discos. Pero hace ya mucho tiempo de aquello y ahora no sé qué hacer con la caja. Lo más lógico sería devolvértelos, pero pasó mucho tiempo hasta que te acordaste de pedírmelos. De un día para otro apareciste de la nada y me exigiste los discos. Tu despreocupación hasta entonces había sido total y en cierto grado, dolorosa. Me los pediste con insolencia, en tono amenazante. ¡Como si de algún modo yo te los hubiese arrebatado! Ni los discos ni yo merecíamos ese trato. Así que decidí no devolvértelos. Quizá, por rencor. Quizá, porque estaba cansado de solucionarte siempre los problemas. El caso es que ahí están. He pensado en venderlos por internet. Estoy seguro que me sacaría una buena suma de dinero. A veces creo que simplemente los dejaré al lado de un contenedor de basura. Así ya no ocuparan más espacio en mi armario, ni en mi cabeza. Tal vez algún día me dé por mandártelos. Quién sabe.
Mientras lo decido, bajaré la caja del armario, sacaré uno de los vinilos de Janis, lo limpiaré cuidadosamente y accionaré el tocadiscos.
Puse la caja en lo alto del armario, inaccesible a la vista. Me enfurecía solo de pensar en tus discos. Pero hace ya mucho tiempo de aquello y ahora no sé qué hacer con la caja. Lo más lógico sería devolvértelos, pero pasó mucho tiempo hasta que te acordaste de pedírmelos. De un día para otro apareciste de la nada y me exigiste los discos. Tu despreocupación hasta entonces había sido total y en cierto grado, dolorosa. Me los pediste con insolencia, en tono amenazante. ¡Como si de algún modo yo te los hubiese arrebatado! Ni los discos ni yo merecíamos ese trato. Así que decidí no devolvértelos. Quizá, por rencor. Quizá, porque estaba cansado de solucionarte siempre los problemas. El caso es que ahí están. He pensado en venderlos por internet. Estoy seguro que me sacaría una buena suma de dinero. A veces creo que simplemente los dejaré al lado de un contenedor de basura. Así ya no ocuparan más espacio en mi armario, ni en mi cabeza. Tal vez algún día me dé por mandártelos. Quién sabe.
Mientras lo decido, bajaré la caja del armario, sacaré uno de los vinilos de Janis, lo limpiaré cuidadosamente y accionaré el tocadiscos.
martes, 24 de marzo de 2015
Milk of human kindness
Camino. Nacimiento. Novedad. Incertidumbre, de nuevo. Ilusión. Fuerza. Apertura. Expectación. Paz. Seguridad. Dudas. Positivo. Yo. Trabajo. Explorar. Sonrisa. Música. Cielo. Y el sol que sale. Ingravidez. Generosidad. Igual. Ligero, como pluma al viento. Confianza. Pasear. Correr. Más yo. Consciencia. Perdón. Aprendizaje. Valor. Deseos. Crecer. Verde, como esperanza. Sabores. Respirar, tomar aire. Creer. Querer. Descanso. Avanzar. Luz. Amor. Hoy.
miércoles, 23 de enero de 2013
Cajones vacíos
Los cajones de la casa de mis padres son fascinantes. Son como viajes en el tiempo. Cada vez que abro uno me sorprende no encontrar lo que había años atrás; en la época en la que yo vivía allí. El cajón que guardaba mi ropa de deporte, por ejemplo, almacena ahora innumerables juegos de sábanas gastadas. El cajón donde amontonaba mis jerséis, el favorito y los demás, ahora suele estar vacío. Menos cuando mi hermana viene de visita y guarda allí la ropa pequeña de sus hijas.
Vaciar un cajón es un pequeño acto, a priori poco relevante, que anuncia un gran cambio inminente e implica próximos y notables acontecimientos. Hay cajones vacíos que tengo grabados a fuego en mi cabeza. El cajón de mi escritorio con ruedas negras de plástico, vacío de bolis, clips y calculadora, desocupado justo antes de empezar la universidad. El cajón vacío de mis camisetas, guardadas en una maleta el día antes de vivir en el colegio mayor. El cajón vacío de la mesa de mi último trabajo, poco antes de abrir mi empresa. El cajón del viejo armario destartalado de madera del piso de alquiler, antes de mudarme a mi propia casa. El cajón vacío sin usar de la parte derecha del armario de la habitación, antes de que M. guardase allí sus cosas.
Vaciar un cajón supone el final de un episodio en la vida que se acaba y pronostica el inicio de una nueva aventura. Tristeza y alegría, en partes iguales, mezcladas sin tocarse, como el aceite y el vinagre. Tristeza, melancolía y nostalgia por una época vivida y disfrutada que ha sido parte cotidiana de nosotros por un largo período de tiempo. Y se acaba. Alegría, incertidumbre y expectación por una nueva etapa que está a punto de comenzar y por todas las cosas buenas que nos va a aportar. Y empieza.
Vaciar un cajón anuncia un cambio de época en la vida. Como las hojas que caen de los árboles pregonan la llegada del otoño y con él, el cambio de estación. Como arriar las velas informa de un cambio en la dirección del viento. Y el barco toma un nuevo rumbo.
Hoy he vaciado un cajón, solo para limpiarlo.
He vuelto a colocar todas las cosas en su sitio.
El viento sigue soplando de popa.
No espero cambios.
Vaciar un cajón es un pequeño acto, a priori poco relevante, que anuncia un gran cambio inminente e implica próximos y notables acontecimientos. Hay cajones vacíos que tengo grabados a fuego en mi cabeza. El cajón de mi escritorio con ruedas negras de plástico, vacío de bolis, clips y calculadora, desocupado justo antes de empezar la universidad. El cajón vacío de mis camisetas, guardadas en una maleta el día antes de vivir en el colegio mayor. El cajón vacío de la mesa de mi último trabajo, poco antes de abrir mi empresa. El cajón del viejo armario destartalado de madera del piso de alquiler, antes de mudarme a mi propia casa. El cajón vacío sin usar de la parte derecha del armario de la habitación, antes de que M. guardase allí sus cosas.
Vaciar un cajón supone el final de un episodio en la vida que se acaba y pronostica el inicio de una nueva aventura. Tristeza y alegría, en partes iguales, mezcladas sin tocarse, como el aceite y el vinagre. Tristeza, melancolía y nostalgia por una época vivida y disfrutada que ha sido parte cotidiana de nosotros por un largo período de tiempo. Y se acaba. Alegría, incertidumbre y expectación por una nueva etapa que está a punto de comenzar y por todas las cosas buenas que nos va a aportar. Y empieza.
Vaciar un cajón anuncia un cambio de época en la vida. Como las hojas que caen de los árboles pregonan la llegada del otoño y con él, el cambio de estación. Como arriar las velas informa de un cambio en la dirección del viento. Y el barco toma un nuevo rumbo.
Hoy he vaciado un cajón, solo para limpiarlo.
He vuelto a colocar todas las cosas en su sitio.
El viento sigue soplando de popa.
No espero cambios.
viernes, 23 de noviembre de 2012
It's kind of a funny story
That's life, isn't it?
Who doesn't have an instrument?
Why can't we give ourselves one more chance?
Why don't we give love that one more chance?
Who doesn't have an instrument?
Why can't we give ourselves one more chance?
Why don't we give love that one more chance?
jueves, 11 de agosto de 2011
El universo que no fue
Un día cualquiera, así porque sí, el universo decide juntar de nuevo dos caminos distanciados por años luz, que años atrás fueron inseparables.—¡Menuda sorpresa! ¿Cómo estás?
En ese momento se disparan millones de sensaciones, como fuegos artificiales de emociones y percepciones físicas. La mente desempolva todos los archivos que tienen que ver con esa persona; e intenta actualizar todos los rasgos físicos que han cambiado o envejecido, simplemente.
—Muy bien, ¿y tú?
Apenas puedo prestar atención a la conversación. Intento que mi cara no muestre el flujo de emociones que se suceden en mi cabeza. Se me escapan por los poros de la piel. No tengo claro cuáles son, cómo clasificarlas. Pero sí una de ellas envuelve todas las demás. Cariño. Un cariño inmenso que viaja directo de la época en la que ella y yo éramos uña y carne, cielo y sol, agua y sed, luna y noche. Un sólo corazón en dos cuerpos. Dos adolescentes descubriendo el mundo, uno de la mano del otro.
—Bien, no me puedo quejar.
Me gustaría preguntarla si se acuerda de todo lo que nos quisimos, de lo importantes que fuimos el uno para el otro. De todos los sentimientos y sensaciones que descubrimos juntos. Pero no quiero que saque conclusiones erróneas. No quiero parecer que aún estoy enamorado de ella, ni siquiera que pienso en ella de vez en cuando. Porque no es así. Fue parte de mi y el amor que siento por ella siempre será inmenso. Pero nuestra historia tuvo su momento, ya fue y se acabó.
—Bueno, y... ¿qué haces por aquí?
Me siento radiante. Como un perro que ve a un antiguo amo. Quiero saltar y abrazarla, pero sería extraño de explicar. Me pregunto si ella estará sintiendo las mismas cosas que yo. Si se alegra tanto de verme como yo a ella. Si su corazón está bombeando al doble de velocidad de lo normal. Quiero decirla que cada vez que he estado con una chica la he comparado con ella. Que nunca más he vuelto a sentir, aunque quizá fuese la edad, la sensación de eternidad como cuando estuvimos juntos. Que he vuelto a ser feliz al lado de alguien. Que pensar en ella o recordarla siempre me trae una sonrisa a la cara. Que hubiese sido capaz de conquistar el mundo si ella me lo hubiese pedido cuando estábamos juntos.
—He venido a recoger unos papeles aquí cerca. Y ¿tú? ¿qué es de tu vida? Cuéntame...
Quiero saber inmediatamente todo lo que ha dado de sí su vida. Si está con otra persona, si tiene hijos. Si pudo superar nuestra ruptura. Si piensa en mí alguna noche. Si recuerda en todos los lugares donde lo hicimos. Si es feliz. Porque a las personas nos encanta pensar que nuestro verdadero mundo está en otro universo. Que quizá otro yo en un universo paralelo esté viviendo todas las historias que nos hubieran gustado vivir a nosotros. Nos gusta pensar en los universos que no fueron. En cómo habrían sido nuestras vidas si...
—Puf, han pasado muchas cosas, hace ya tanto...
Pero me gusta mi universo actual, sin ella. No tengo ninguna duda de que un universo con ella también habría sido genial. Pero no sucedió. Me gustaría decirle que me encantó que formase parte de mi universo pasado. Y que me gusta mi universo actual. Que seguro que ella tiene algo de culpa en eso. Es curioso como no me atrevo a decirle nada de lo que me está pasando por la cabeza. Con todo lo que compartimos en el pasado, con todo lo cerca que estuvimos, lo juntos que nos sentimos... Hoy no puedo actuar como si la persona que tengo delante fuese la misma que hace años me dolía cuando se separaba de mi lado. La distancia física y emocional me hace sentir que es como si fuese otra persona.
—La verdad es que sí, ¿quieres tomar algo? te invito a un café.
Mis palabras no suenan convincentes. A pesar de que me encantaría pasar las siguiente horas hablando con ella, escuchando sus noticias, no sé cómo hacerlo. Es una especie de mezcla entre emoción, incertidumbre y pereza. Nos llevaría un tiempo romper el hielo y llegar a las historias interesantes. Y para ese entonces el café ya se habría quedado frío, o se habría acabado, así que tendríamos que despedirnos.
—El caso es que llevo un poco de prisa, tengo el coche en doble fila y...
Me invade cierta decepción y alivio. Es mejor así. Al fin y al cabo, recordar el pasado, por bonito y emotivo que fuese, no nos llevaría a ningún lado. Por un momento me pregunto si ella no está sintiendo nada de lo que yo siento en ese momento. La veo mover un pie, nerviosa y cierto brillo en los ojos. El brillo de lo que fue nuestra historia de amor.
—Sí, sí, claro, está bien. Ya hablaremos en otro momento... me alegro mucho de verte.
Otro momento quizá en el que nuestros caminos se vuelvan a juntar, ya sea en este u otro universo.
(Inspirado en La Vida de los Peces)
sábado, 11 de junio de 2011
Change (II)
Una amiga mía, nada más terminar de leer la primera parte de esta entrada (Change I), me dijo taxativamente: "me gusta lo que dice, pero yo creo que las personas no cambian". Tras los oportunos escalofríos, me dispuse a indagar y analizar qué es lo que fallaba. Por cuál de los agujeros se estaba escapando el agua, por cuál persiana estaba entrando la luz.Cada célula de nuestro cuerpo se regenera, en promedio, cada siete años. Así empezaba. El resto de la exposición se basaba en una parte de la frase: "cada siete años". Entonces lo vi claro, faltaba desarrollar "en promedio".
Porque todas las células de nuestro cuerpo cambian y se regeneran. Pero no todas a la misma velocidad. No todas tardan el mismo tiempo. Las células de la capa externa de la piel se regeneran en apenas unas dos semanas. Los glóbulos rojos se renuevan cada ciento veinte días. Las células de nuestros huesos viven unos diez años.
Y lo mismo ocurre con las personas. Cada uno de nosotros tiene su propio tiempo de regeneración, de renovación. Hay personas que están continuamente renovándose, reinventándose, adaptándose a su medio social y cultural. Personas con mentes camaleónicas que analizan su entorno con la velocidad a la que se mueve un fotón. Otras, sin embargo, tardan años en reciclarse y cambian sus ideas con la misma rapidez con la que se formaron los continentes. Les cuesta más entender qué está sucediendo a su alrededor.
Las personas que no tienen miedo al cambio, se analizan a si mismas y a su entorno constantemente. Es así como detectan las ideas que deben regenerar y mejoran sus formas de ser, de pensar y de estar. Y el cambio atrae al cambio. El cambio nos mantiene vivos, atentos y despiertos a nuevos cambios. Nos mantiene conscientes dentro de nosotros mismos y dentro de nuestro entorno.
Pero también dentro de nosotros, de nuestras ideas, tenemos glóbulos rojos y huesos. Tenemos ideas que no nos cuesta en absoluto adaptar, repensar e incluso reinventar. No nos sentimos amenazados si cambiamos de opinión en ciertos aspectos o bien si creamos nuevas opiniones o formas de pensar. Otras ideas, sin embargo, son huesos duros en nuestra cabeza que nos resistimos a regenerar. Nos da miedo reciclar estos huesos mentales por si terminan afectando a nuestra peculiar e inconfundible forma de ser. Nos asusta repensar nuestros principios por si terminan convirtiéndonos en otra persona.
Si nuestro cuerpo biológico mostrase el mismo recelo al reciclar nuestros huesos, a los diez años terminaríamos desplomándonos contra el suelo, como un esqueleto incapaz de soportar el resto de órganos de nuestro cuerpo. No podríamos dar ni un paso más.
Un cuerpo humano adulto tiene alrededor de cinco millones de glóbulos rojos por cada centímetro cúbico de sangre, mientras que, huesos, tiene un total de doscientos seis. Es como comparar el océano pacífico con una gota que cae del grifo de mi cocina. Pero si intento extrapolar este dato a la sociedad algo no funciona, no cuadra. Es quizá esto a lo que se refiere mi amiga. No veo en la calle millones de humanos "glóbulos-rojos" y sí me da la sensación de ver millones de humanos "huesos". Quizá por eso parece que las personas no cambian, porque la mayoría de las personas no son capaces de regenerarse periódicamente.
En cualquier caso, intentaré no salirme nunca del torrente sanguíneo.
miércoles, 1 de junio de 2011
Change (I)

Cuando escucho a alguien decir que "la gente no cambia" me entran escalofríos.
Cada célula de nuestro cuerpo se regenera, en promedio, cada siete años. Cabello, ojos, hígado, corazón,... todo se renueva. Increíble. Cualquiera que llegue a los ochenta años habrá cambiado de cuerpo más de diez veces. Yo ya voy por mi cuarto cuerpo. (Lo cierto es que me miro y ya noto pequeños desperfectos que van surgiendo en el molde después de haberlo usado ya en cuatro ocasiones).
Cada siete años.
Podemos parecer las mismas personas, probablemente lo somos. Pero no podemos decir que no cambiamos. Biológicamente el cambio es imperceptible pero constante, segundo a segundo, célula a célula, idea a idea.
Porque cuando alguien dice que la gente no cambia se suele referir a sus ideas, a su forma de pensar, pero no podemos pretender que el cambio físico no afecta al cambio mental. Con nuestro cuerpo, en constante regeneración, vivimos experiencias y aventuras que modifican de manera inexorable nuestras mentes.
Y sin darnos cuenta, cambiamos, para siempre.
Viajo hacia atrás y recuerdo historias de mi vida y me veo a mi en ellas. Historias en las que me reconozco plenamente, pero sé que ya no soy así, como en aquel tiempo. Y no hablo de historias de la infancia solamente, historias de años atrás, sino también de historias de hace meses, incluso días u horas. Mi forma de ser, mis ideas se regeneran constantemente también. Cambian a partir de otras ideas que escucho de los demás, de palabras que leo, de aventuras que vivo, de experiencias diarias, de la propia rutina, del análisis que realizo de todas las cosas que me pasan y por donde paso...
La manera en que la gente trata de no cambiar, de no sentirse distinto al sí mismo de hace equis tiempo, es inexplicablemente antinatural. Sentimos que si cambiamos, nos estamos traicionando a nosotros mismos. Y no pensamos que el universo entero está en un violento cambio constante. ¿Por qué nosotros no íbamos a estarlo? Nos aferramos a las cosas como eran antes en lugar de aceptar las cosas como son ahora. Tendemos a aferrarnos al pasado, a los recuerdos del ayer, sin darnos cuento que los nuevos recuerdos del hoy, serán los viejos recuerdos del mañana.
Así que la próxima vez que escuche a alguien decir "la gente no cambia" tendré que explicarle todas estas cosas. Y dado el caso, supongo que tendré que tranquilizarle, porque con el cambio seguro que se habrá asustado.
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"El cambio es constante. Cómo experimentemos el cambio, está en nosotros. Se puede sentir como la muerte o nos lo podemos tomar como una segunda oportunidad en la vida. Si abrimos nuestros dedos, nos relajamos y nos dejamos llevar, se puede sentir como adrenalina pura… como si en cualquier momento, pudiéramos tener una nueva oportunidad en la vida… como si en cualquier momento, pudiéramos volver a nacer."
jueves, 26 de mayo de 2011
martes, 30 de noviembre de 2010
Never too late
Ya es demasiado tarde. El tiempo se ha agotado. No cabe esperanza alguna. No existe ya posibilidad ninguna. Nada de lo que pueda hacer cambiará las cosas. No hay solución posible. Cualquier intento tornará en vano. De la misma manera que intentar detener un disparo utilizando una hoja de papel como escudo. Como intentar retener el sonido de una canción en una botella de plástico. Como enviar en una carta el sabor de un plato elaborado. Como intentar fotocopiar un sentimiento a todo color. Intentos inútiles.Tantos anhelos, tanto esfuerzo, tanto sacrificio, tantos desvelos, tantas batallas, tanto sudor. Todo se ha acabado. No queda ya ningún camino que tomar. Todas las puertas están cerradas. No hay alternativa posible. Como mirar a través de un cristal opaco e infranqueable. Como intentar guardar la luz del sol de la mañana en una bombilla. Como intentar que vuelva a latir un corazón muerto.
Toda vela consume su cera. Más tarde o más temprano. Un témpano de hielo acaba por derretirse. Hasta la última gota. Todo fuego se extingue, cuando ya no queda nada más que arder. El vacío más inmenso invade todos los espacios. La desolación más absoluta cubre todos los sentimientos. La desesperación más intensa abate toda voluntad. Se desploma el cielo. Y cae la noche. En la oscuridad más profunda una sola frase ocupa mi mente: ya es demasiado tarde.
O no.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Una noche más
Abro los ojos . Siento la luz del sol que entra a través de los ventanales de la habitación en lo más hondo de mi cabeza. Va a explotar. Tumbado en una cama, no puedo imaginar un mundo en vertical. Me desplomaría nada más intentar ponerme en pié. Me pregunto cuánto tiempo llevo aquí. Ninguno de mis músculos responde, ni mis brazos, ni mis piernas. Siento como si pesasen toneladas. Definitivamente, mi cabeza va a explotar. Consigo enfocar mi mirada. Clavo mis ojos en un espejo situado justo en el techo, encima de mí. Veo una gran cama redonda, con sabanas blancas, aterciopeladas, revueltas. Veo los cuerpos de tres chicas. Desnudas. Duermen. No puedo creer lo que veo. No me gusta el terciopelo. ¡Cómo he podido dormir en estas sábanas! Me he vuelto a defraudar a mí mismo. Desde los catorce años me juré que si algún día me levantara rodeado de tres mujeres, nunca jamás olvidaría el más mínimo detalle. Ni siquiera sé cómo se llaman. Ni siquiera sé quiénes son. Espero haber usado protección. Consigo mover levemente el cuello. Incorporo mi cabeza que, finalmente, explota. Toda la habitación gira. Me esfuerzo por detener mi vista en lo que tengo más cerca. Confirmo lo que he visto en el espejo. Observo a mi alrededor todo un entramado guernikano de brazos, cabezas y piernas. La teoría del caos presente en cada centímetro de la cama.
Busco una salida. Necesito pisar el suelo. Mis torpes movimientos hacen revolverse al resto de piernas y brazos. Pronto, el caos corporal se reorganiza en la cama, sin mí. Desde las alturas, la habitación gira con más velocidad. Llevo las palmas de mis manos a mis ojos. Siento como las inocentes células de mi cabeza han sido sometidas por todas las sustancias réprobas que ingerí ayer. Miro alrededor. Más allá de la cama veo un mundo devastado de botellas de alcohol y ropa interior. Me llevo al gaznate los restos líquidos de una de las botellas. Me dirijo al cuarto de baño. Me miro en el espejo. No me reconozco. Siento como si un ejército de tanques hubiese hecho prácticas en mi cabeza. No saco ninguna conclusión. Me acerco a la ducha. Abro el grifo. Gotas de un agua proveniente del mismísimo polo norte caen sobre mí. Actúan como refuerzo para mis inocentes células que empiezan a retomar el control. Apoyo mis manos en la pared y dejo que el agua caiga sobre mi nuca y mi espalda. A mi cabeza vienen flashes de lo ocurrido la noche anterior. Al parecer fue divertido. Una noche más. Analizo mi situación actual, resumo mis problemas en mi dolor infinito de cabeza y en la presencia de esos cuerpos desconocidos en mi cama. Pastillas y una excusa improvisada, vacía y barata. Esas serán mis soluciones. Aunque todo eso de momento puede esperar. Me sienta bien la ducha. Seguiré aquí un rato más.
Busco una salida. Necesito pisar el suelo. Mis torpes movimientos hacen revolverse al resto de piernas y brazos. Pronto, el caos corporal se reorganiza en la cama, sin mí. Desde las alturas, la habitación gira con más velocidad. Llevo las palmas de mis manos a mis ojos. Siento como las inocentes células de mi cabeza han sido sometidas por todas las sustancias réprobas que ingerí ayer. Miro alrededor. Más allá de la cama veo un mundo devastado de botellas de alcohol y ropa interior. Me llevo al gaznate los restos líquidos de una de las botellas. Me dirijo al cuarto de baño. Me miro en el espejo. No me reconozco. Siento como si un ejército de tanques hubiese hecho prácticas en mi cabeza. No saco ninguna conclusión. Me acerco a la ducha. Abro el grifo. Gotas de un agua proveniente del mismísimo polo norte caen sobre mí. Actúan como refuerzo para mis inocentes células que empiezan a retomar el control. Apoyo mis manos en la pared y dejo que el agua caiga sobre mi nuca y mi espalda. A mi cabeza vienen flashes de lo ocurrido la noche anterior. Al parecer fue divertido. Una noche más. Analizo mi situación actual, resumo mis problemas en mi dolor infinito de cabeza y en la presencia de esos cuerpos desconocidos en mi cama. Pastillas y una excusa improvisada, vacía y barata. Esas serán mis soluciones. Aunque todo eso de momento puede esperar. Me sienta bien la ducha. Seguiré aquí un rato más.
jueves, 4 de noviembre de 2010
Going along with you (en compañía)

Las mejores cosas en mi vida siempre me han ocurrido en compañía. Siempre me he considerado una persona independiente, capaz y cuidadoso (o más bien, perezoso) de involucrar en mis objetivos a otras personas. Sus distintos ritmos de pensar, de actuar, de moverse han llegado a exasperarme en muchas ocasiones. Y me refiero a exasperarme a todos los niveles posibles. Emocionales, sociales y profesionales.
Delegar. A nivel profesional me costó poco tiempo darme cuenta. Pretender que todos en un equipo de trabajo sigan y se muevan al mismo ritmo, es como pedir a un ciclista que nade en mar abierto, o a un futbolista que suba un puerto de montaña. J. me dijo un día "cómo se nota que no has hecho la mili (el servicio militar, claro está)". Ese día lo vi todo claro. Cada persona tiene sus propias habilidades, más o menos desarrolladas. Es necesario buscar la especialidad de cada uno y ayudarle a desplegarla.
Compartir. A nivel social estudié en mis años de universidad un doctorado acerca del desarrollo humano y personal; compartiendo con L. asignaturas (troncales y optativas) del tipo "ideas", "sueños", "miedos", "proyectos" (en primer cuatrimestre) y también del tipo "aficiones", "bares", "ligues", "horas" (en segundo cuatrimestre). En la tesis final que presenté, concluí que el momento más divertido y gratificante de un hecho no es el momento en sí en el que sucede, sino el momento posterior en el que lo recuerdas y lo compartes con aquellos que estuvieron y te acompañaron. De nada sirve subir al Everest tú sólo y no poder comentarlo ni recordarlo nunca con nadie. Nadie que escuche tu grito al llegar a la cima.
Confiar. A nivel emocional me ha llevado más años entenderlo. He tenido que subir y bajar varias cuestas para entender que hay cosas que no se ven con los ojos y razones que no es piensan con la cabeza. M. me enseñó a limar todas las asperezas del mundo a través de las palabras. Son el mejor combustible para un largo viaje. Un problema del tamaño de una montaña puede derribarse con el soplo de una palabra. Nada hay más poderoso que la comunicación, fluida, directa, constante. Invertir en comunicación es la clave de la rentabilidad en los proyectos entre personas.
Es así como, descubriendo nuestros yo's en otras personas, aprendiendo de los no-yo's con los que nos encontramos, delegando en los demás, confiando, compartiendo, transformando el tiempo en palabras,... es así como llegamos lejos. Porque si quieres llegar pronto, mejor ve sólo; pero si quieres llegar lejos, mejor ve acompañado.
martes, 19 de octubre de 2010
I'm here
There are many of us
When I turn, turn away,
I want to know you will be there
When I first broke my shell,
I knew there was so much more..
I didn't know...
There are many of us,
for you to turn,
There are many of us,
for you to share...
When I turn, turn around,
I want to know you will be there,
When I first let you share,
I knew there was so much love,
I didn't know...
There are many of us,
for you to leave,
There are many of us,
for you to care...
Here the movie in HD
When I turn, turn away,
I want to know you will be there
When I first broke my shell,
I knew there was so much more..
I didn't know...
There are many of us,
for you to turn,
There are many of us,
for you to share...
When I turn, turn around,
I want to know you will be there,
When I first let you share,
I knew there was so much love,
I didn't know...
There are many of us,
for you to leave,
There are many of us,
for you to care...
Here the movie in HD
lunes, 30 de agosto de 2010
Es mejor
Es mejor, si lo que me pasa, me pasa contigo.
Es mejor, mucho más, mucho mejor, más divertido.
Es mejor, mucho más, mucho mejor, más divertido.
domingo, 22 de agosto de 2010
miércoles, 4 de agosto de 2010
... y cabinas telefónicas azules
Cartas y llamadas. Todas las semanas, además de las cartas, me escapaba una o dos veces por semana para realizar una llamada interurbana. Decir llamada interurbana en aquella época era como nombrar al diablo. No recuerdo en absoluto cuál era la tarifa de ese tipo de llamadas y, aunque estoy seguro de que hoy en día esa tarifa sonaría a risa, en aquella época no había otro tipo de llamadas más caras que las interurbanas. Obviamente, no existía nada que se pareciese lo más mínimo a las actuales tarifas planas. Es por eso que me escapaba a una cabina telefónica, cerca de mi casa, deseando que no estuviese ocupada (lo cual era un auténtico fastidio), para poder tener controlado mi presupuesto semanal destinado a llamadas telefónicas. También me ayudaba tener este control el uso de unas tarjetas telefónicas, a modo de prepago con valor de cien o doscientas pesetas. En las tarjetas venía motivos cinematográficos, publicitarios, ilustrativos, etc. Llegué a tener cientos de tarjetas guardadas, ya inservibles económicamente, pero con un alto valor sentimental. Me preguntó dónde estarán ahora esas tarjetas, no recuerdo haberlas tirado.
(Me despierta curiosidad saber cuál sería la tarifa "prohibitiva" de esas llamadas interurbanas, preguntaré luego a google, a ver si se acuerda. Me llama la atención saber que, hoy en día, llamar al otro lado del mundo no cuesta más de un céntimo por minuto. Fortunately.)
En esas llamadas desde la cabina había que pasar un examen inicial durísimo. Nunca sabías quién descolgaría el teléfono y siempre existía la posibilidad de que fuera la voz grave, seria y aterradora de su padre. Hoy en día, con los teléfonos móviles ya no es necesario comenzar las llamadas con ¿está fulanito? En aquella época me generaba una auténtica tensión la espera de ver quién respondería. Cuando era ella quien me llamaba mi, "Edu, es para ti", corría todo cuanto podía hasta la última habitación de la casa donde mi padre había instalado teléfono y gritaba "cuelga". No había nada más importante en ese momento en el mundo que colgase mi madre, o quién hubiese cogido el teléfono. La conversación no podía comenzar hasta no estar completamente seguro de que el único teléfono descolgado de la casa fuera el mío. Llegué a depurar muchísimo la capacidad de escuchar ese "ruidito", casi imperceptible, que hace un teléfono al descolgarse cuando la conversación ya está iniciada. A veces podía sentir que la misma CIA me espiaba. ¡Qué cosas!
Y así pasaron las semanas. Más adelante sustituiríamos las llamadas telefónicas desde la cabina por los teléfonos móviles, la posibilidad de llamar en cualquier momento y a la persona directamente, sin exámenes iniciales; también cambiaríamos las cartas en papel por los mensajes de texto, que no son más que minicartas personalizadas, digitalizadas e instantáneas; y haríamos del email la forma más rápida, económica y sencilla de comunicarnos, no matter where, no matter when.
Me pregunto qué diferencia hay entre una llamada de aquella época, interurbana, desde un teléfono fijo, escondido en alguna esquina de la casa de mis padres y una llamada hoy en día, internacional, desde un teléfono inalámbrico tirado en el sofá de mi casa.
En cualquier caso, espero y confío que la carta que eché esta mañana llegue a su destino. Y ahora, con permiso, tengo que hacer una llamada.
¡Cuelga!
Buzones amarillos...
No he tardado mucho en encontrar uno. Llevo un par de días con el pendiente de enviar una carta por correo postal, también llamado correo ordinario, creo. Aunque de ordinario, en su acepción de suceso habitual, tiene ya poco. No me viene muy lejos la oficina de correos, pero no quería demorar más el envío, así pues, he buscado un buzón, circular, amarillo, con sombrero, de los de toda la vida. He levantado la visera que trae la ranura por donde se echan las cartas y he dejado caer la mía. No puedo creer la inseguridad y desconfianza que me ha invadido, he sentido mil dudas acerca de la fiabilidad del sistema. ¿Llegará la carta? Supongo que hacía años que no echaba una carta al buzón, y la falta de costumbre (de hecho no sabía ni en qué lado había que poner el sello) es la que me ha generado tanta incertidumbre.
Me ha venido a la cabeza, de repente, como el chispazo de un fogón o el rayo de una tormenta, todas las veces que eché cartas a un buzón en el pasado.
Hubo un tiempo en el que no existía el correo electrónico. Increíble. Y un tiempo nada lejano, por raro que parezca. La única manera de mantener el contacto con amigos de otras ciudades, hechos en campamentos de verano, generalmente, era el intercambio de cartas. Cartas escritas en papel, a boli, dobladas, guardadas en un sobre de cuarto de folio, señalizadas con sellos de veintipocas pesetas. Hubo un tiempo en el que alrededor del envío de una de estas cartas giraban todos mis días de la semana, una semana tras otra.
Al parecer, siempre he tenido tendencia por las relaciones de larga distancia. Inexplicablemente. A los dieciséis años salía con una chica que vivía en una ciudad a cien kilómetros de la mía. Nos veíamos todos los fines de semana (lo que daría hoy), pero entre semana estábamos separados. Hablar hoy en día de cien kilómetros parece irrisorio, pero en una época en la que no existía el coche (para mí), ni los teléfonos móviles, ni el correo electrónico (para el mundo entero), se me hacía una distancia tan grande como pueden ser hoy en día casi diez mil kilómetros.
Toda mi semana, como ya he dicho, giraba en torno al envío de una carta a mi chica y, sobre todo, a la recepción de la correspondiente respuesta. Eran cartas de varios folios donde, supongo, nos contaríamos mil y una ideas y sueños que nos pasasen por la cabeza. Las cartas tardaban uno o dos días en llegar, así que el lunes, o martes a más tardar, la carta ya debía estar escrita. A veces los miércoles, con sorpresa, a veces los jueves, con ansia, a veces los viernes, con desesperación, al llegar a casa del instituto, ahí estaba, encima de mi escritorio, su carta, la razón de mi semana.
Hoy en día, no me genera ningún tipo de emoción abrir mi buzón. Sólo recibe cartas mecanizadas y alargadas, del banco y del mercadona, principalmente. Ya he olvidado la sensación y la emoción que producía recibir una carta con mi nombre escrito a mano y recogerla como si tuvieses un auténtico tesoro en la mano. La última vez que eso ocurrió fue hace dos años, me escribió Andy Warhol, desde Barcelona.
miércoles, 23 de junio de 2010
martes, 22 de junio de 2010
Decisiones
Serían principios, o incluso mediados, de la década de los 90. Mi "yo" actual aún no existía. Se empezaban a definir las líneas de un anteproyecto de mi, algo alejado, debo decir, de en lo que me he convertido. Una de esas líneas, marcada con un grueso trazo, definía mi sentido de la responsabilidad y el deber, un fuerte sentido no ajustado a mi edad en aquella época. Era un pardillo, vamos.Fue este sentido de la responsabilidad, junto con el trabajo de mis hermanas en una academia de idiomas, lo que me llevó a aceptar mi primer trabajo remunerado en plena época estival. Repartir unas octavillas informativas de cursos y horarios que se impartían en la academia. Desde ese momento lo vi clarísimo. No he nacido para trabajar haciendo cosas que no me gustan.
Se suponía que debía repartir las octavillas por toda mi ciudad, desde la zona más alta a la más baja. Incluso debía repartirlas a distintos horarios para cubrir todo el espectro social posible. Cientos, miles, millones de octavillas, me pareció contar a mí. ¡Insufrible! Y en un momento de lucidez, lo vi todo claro y despejado como el cielo de un día de verano. Me desharía de las octavillas malditas en un solo movimiento, en una acción rápida y decidida.
Podía haberlas echado a un contenedor, haberlas quemado, incluso haberlas guardado en mi casa. Pero no, tracé un plan más ambicioso, más elaborado, donde no dejaría rastro ni huella de mi delito de estafa laboral (también llamado escaqueo).
Decidí tirarlas todas desde lo alto de una muralla de 30 metros cercana a mi casa. ¡Menudo espectáculo! Las octavillas se esparcieron por todos lados, cubrieron todo el suelo, algunas se quedaron en las ramas de unos árboles cercanos. En definitiva, se habrían visto desde el cielo, hasta en google maps. Evidentemente, fue una mala decisión.
Pero fue una decisión, al fin y al cabo.
En la vida generalmente las decisiones no están tan claras, las que son buenas y las que son malas. He tardado unos años en darme cuenta de que la mayoría de las decisiones que tomamos no son buenas o malas, son decisiones. Simplemente. A pesar de que nos quedamos con la sensación de que acertamos o fallamos, sólo son decisiones. Incluso en muchas ocasiones, tenemos la tendencia de pensar en que si hubiésemos tomado una decisión distinta, nos habrían ido mejor las cosas. Nada más lejos de la realidad.
Pero a veces, este miedo a equivocarnos en las decisiones, nos impide decidir, tomar una determinación ante un aspecto concreto, ante un problema, ante una situación en particular que nos afecta. Y entonces el problema se instala en nuestras vidas, se hace uno con nosotros y nos acompaña a través del tiempo.
No suelen ser problemas o situaciones que afectan al día a día, no son problemas que requieran medidas urgentes, aunque sí son importantes y, a la larga, sí terminan aflorando si no tomamos una decisión a tiempo. Nos gusta posponer estas decisiones y relativizamos la importancia del problema dándole un carácter temporal. Ya se pasará. Ya se solucionará, nos decimos. Pero a veces, lo temporal dura demasiado tiempo.
Nunca somos esclavos de una decisión tomada, pero sí lo somos de una decisión no tomada. Aprendemos de las decisiones tomadas, aunque nos equivoquemos.
Hoy me viene a la cabeza la imagen de las octavillas esparcidas y me sonrío. No fue muy honesto por mi parte, ya lo sé. Y la decisión que tomé de arrojarlas desde lo alto fue probablemente la peor decisión que pude tomar en ese momento. Pero me gusta ver que mi anteproyecto de "yo" ya tomaba decisiones antes los problemas y las situaciones que le incomodaban.
Mañana haré un repaso de algunos aspectos de mi vida, no vaya a ser que les haya dado un carácter temporal, esperando a ver qué sucede, y me esté olvidando de tomar decisiones.
sábado, 17 de abril de 2010
lunes, 5 de abril de 2010
♪ ♫ = f(x)
Hay una aplicación para el iphone que me tiene loco. Ouh yeah!
Una canción que suena en la radio del coche, la música de fondo de un anuncio de televisión, música que suena de repente, y te gusta, te cautiva, o simplemente despierta tu curiosidad, pero no tienes ni la menor idea de qué canción se trata. Con tan sólo diez segundos de escucha, esta aplicación es capaz de averiguar título, autor, intérprete, año de creación, etc. Diez segundos, ¡wow! Una especie de mozart digital con el oido más fino y delicado del universo.
Basta con acercar el iphone a la música y este, a través del micrófono, toma muestras o quién sabe qué diablos hará (*), las manda, a través de internet, a su base de datos central de todas las canciones del mundo y te muestra el resultado. Insisto, diez segundos le bastan para averiguar exactamente de qué canción se trata. ¡Con todas las canciones que existen en el mundo mundial!
(*) Algo estudié en la universidad acerca de cómo convertir la música en matemáticas, como transcribir los sonidos en números. Al fin y al cabo eso es lo que hace esta aplicación. Lo cierto es que resta un poco de magía a mi relato, pues realmente sé como funciona la aplicación, pero no por ello deja de sorprenderme, en absoluto.
Las canciones, en su versión comercial, suelen durar cerca de cuatro minutos. En ese tiempo, nos encontrarnos diferentes ritmos, compases, instrumentos, voces,... todos ellos mezclados. Tomando simplemente diez segundos de muestra se puede diferenciar esta mezcla de todas las demás. Como si probasemos una sola cucharada de un plato y pudiésemos decir qué ingredientes y en qué proporción exacta están mezclados. Es como si, a partir de un pelo que se cae de la cabeza de alguien, o tomándole una foto, pudiesemos conocer todos y cada uno de los rasgos de su personalidad, la mezcla de sus sentimientos, experiencias, pasiones, miedos, etc.
¿Se pueden tomar diez segundos de muestra de una persona y saber exactamente cómo es?
Recuerdo haber leido o escuchado teorías acerca de la "primera impresion" de las personas. Se supone que los primeros minutos, segundos incluso, de interacción entre dos personas marcarán el noventa por ciento de la forma de pensar de ambos acerca del otro. No estoy de acuerdo del todo, la verdad, pero si es cierto que en el trasfondo de esas teorías hay mucho de real. En esos primeros minutos las personas tomamos muestras de los demás y las catalogamos.
Me pregunto si en el futuro, algún sociologo o psicólogo intrépido, será capaz de desarrollar un test que, en tan sólo diez preguntas, sea capaz de definir, distinguir y diferenciar a una persona de todas las demás. Imagino que las respuestas se enviarían a una base de datos central de todas las personas del mundo y nos daría el resultado, fulanito de tal, menganito de cual. Cada persona tendríamos una combinación de respuestas únicas que nos identificarían unívocamente. ¿Podría ser?
Con las canciones funciona porque una vez creadas, permanecen eternamente inalterables. La base de datos se actualiza sólo con nuevas canciones. Pero los humanos... ¡ay amigo, los humanos! Seríamos capaces de dar una respuesta totalmente diferente a la misma pregunta en función de la hora del día, nuestro estado de ánimo en ese momento, nuestra percepción, y quién sabe cuántos factores más que influirían en nuestra respuesta. Y sí, si consiguiesemos meter todos esos factores también en la base de datos, funcionaría. Pero la tendríamos que estar actualizando cada segundo, con cada experiencia y cada factor propio de cada persona. No habría ni ordenador, ni ancho de banda que soportase tal actividad.
Así pues, por el momento, sin base de datos central mediante, podemos seguir jugando a conocer personas, tomando y analizando muestras a partir de nuestras propias bases de datos, las que tenemos cada uno, individualmente, en nuestras cabezas, creadas únicamente a partir de nuestras experiencias. Supongo que conocer a las personas consiste en eso, en sorprenderte cuando responden o actúan de una manera nueva, inesperada.
Genial aplicación para el iphone, ésta.
Una canción que suena en la radio del coche, la música de fondo de un anuncio de televisión, música que suena de repente, y te gusta, te cautiva, o simplemente despierta tu curiosidad, pero no tienes ni la menor idea de qué canción se trata. Con tan sólo diez segundos de escucha, esta aplicación es capaz de averiguar título, autor, intérprete, año de creación, etc. Diez segundos, ¡wow! Una especie de mozart digital con el oido más fino y delicado del universo.
Basta con acercar el iphone a la música y este, a través del micrófono, toma muestras o quién sabe qué diablos hará (*), las manda, a través de internet, a su base de datos central de todas las canciones del mundo y te muestra el resultado. Insisto, diez segundos le bastan para averiguar exactamente de qué canción se trata. ¡Con todas las canciones que existen en el mundo mundial!
(*) Algo estudié en la universidad acerca de cómo convertir la música en matemáticas, como transcribir los sonidos en números. Al fin y al cabo eso es lo que hace esta aplicación. Lo cierto es que resta un poco de magía a mi relato, pues realmente sé como funciona la aplicación, pero no por ello deja de sorprenderme, en absoluto.
Las canciones, en su versión comercial, suelen durar cerca de cuatro minutos. En ese tiempo, nos encontrarnos diferentes ritmos, compases, instrumentos, voces,... todos ellos mezclados. Tomando simplemente diez segundos de muestra se puede diferenciar esta mezcla de todas las demás. Como si probasemos una sola cucharada de un plato y pudiésemos decir qué ingredientes y en qué proporción exacta están mezclados. Es como si, a partir de un pelo que se cae de la cabeza de alguien, o tomándole una foto, pudiesemos conocer todos y cada uno de los rasgos de su personalidad, la mezcla de sus sentimientos, experiencias, pasiones, miedos, etc.
¿Se pueden tomar diez segundos de muestra de una persona y saber exactamente cómo es?
Recuerdo haber leido o escuchado teorías acerca de la "primera impresion" de las personas. Se supone que los primeros minutos, segundos incluso, de interacción entre dos personas marcarán el noventa por ciento de la forma de pensar de ambos acerca del otro. No estoy de acuerdo del todo, la verdad, pero si es cierto que en el trasfondo de esas teorías hay mucho de real. En esos primeros minutos las personas tomamos muestras de los demás y las catalogamos.
Me pregunto si en el futuro, algún sociologo o psicólogo intrépido, será capaz de desarrollar un test que, en tan sólo diez preguntas, sea capaz de definir, distinguir y diferenciar a una persona de todas las demás. Imagino que las respuestas se enviarían a una base de datos central de todas las personas del mundo y nos daría el resultado, fulanito de tal, menganito de cual. Cada persona tendríamos una combinación de respuestas únicas que nos identificarían unívocamente. ¿Podría ser?
Con las canciones funciona porque una vez creadas, permanecen eternamente inalterables. La base de datos se actualiza sólo con nuevas canciones. Pero los humanos... ¡ay amigo, los humanos! Seríamos capaces de dar una respuesta totalmente diferente a la misma pregunta en función de la hora del día, nuestro estado de ánimo en ese momento, nuestra percepción, y quién sabe cuántos factores más que influirían en nuestra respuesta. Y sí, si consiguiesemos meter todos esos factores también en la base de datos, funcionaría. Pero la tendríamos que estar actualizando cada segundo, con cada experiencia y cada factor propio de cada persona. No habría ni ordenador, ni ancho de banda que soportase tal actividad.
Así pues, por el momento, sin base de datos central mediante, podemos seguir jugando a conocer personas, tomando y analizando muestras a partir de nuestras propias bases de datos, las que tenemos cada uno, individualmente, en nuestras cabezas, creadas únicamente a partir de nuestras experiencias. Supongo que conocer a las personas consiste en eso, en sorprenderte cuando responden o actúan de una manera nueva, inesperada.
Genial aplicación para el iphone, ésta.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Curiosité
El año pasado, por estas fechas, decidí matricularme en 1º de francés en la escuela de idiomas de mi ciudad. ¡Bien por mi! Fue una mezcla de varias cosas. No abandonar los hábitos y ámbitos académicos, por un lado. Afrontar potenciales proyectos futuros empresariales, por otro lado. Dudé entre inglés y francés. Cuatro horas semanales darían un mayor fruto en un lenguaje apenas conocido por mi. Sentí que sería más gratificante y útil pasar de 0 a 1 en francés, que de 7 a 7,1 en inglés.Mi determinación se vino abajo pocas semanas después. Todas y cada una de las personas con las que compartí mi decisión me escupían la misma pregunta: ¿y por qué francés y no inglés? Al principio les contaba, muy convencido, todo la parrafada anterior, con el objetivo de que comprendiesen y compartiesen mi decisión. Viendo sus caras, poco a poco deje de buscar su comprensión y, finalmente, dejé de decirlo con convencimiento.
Empezaron las clases. Fijé un horario casi nocturno, que se adaptase perfectamente a mi jornada de trabajo. Mis compañeros académicos debieron de seguir el mismo razonamiento, por lo que me encontraba en una clase con una media de edad de la cual yo era una buena muestra.
Supongo que hay cosas que nunca cambian, con 14, con 18, con 30 o con 60 años. El primer día de clase es todo un ritual. La sonrisa fácil, las conversaciones banales, el ojear varias veces las hojas en blanco del cuaderno, el manipular el móvil sin objetivo alguno, tapar y destapar el boli compulsivamente, etc.
Al tercer día (según las escrituras, claro está), mientras estabamos inmersos en la amplia gama de colores y su pronunciación en lengua francesa, ocurrióseme quién sabe qué comentario apropiado para compartir en ese mismo momento con mi compañero de pupitre. Mi amplitud vocal fue inadecuada, según la maestra, decidiendo ésta... ¡llamarme la atención! ¡llamarme la atención! Fue como un viaje en el tiempo a la niñez. No es que haya sido yo un alumno desobediente y ruidoso en mi periplo escolar, pero lo último que me esperaba en ese momento era recibir un toque de atención y silencio.
El pequeño acontecimiento descrito me resultó tremendamente divertido (con permiso de la maestra) y, tremendamente, revelador. Y, justo en ese momento, ¡lo vi tan claro! Comprendí que mi decisión de estudiar tal o cual idioma, fue la acertada. Y comprendí la verdadera razón de por qué estaba en esa clase. Divertirme, nada más. Aprender y entretenerme. Al carajo si alguna vez el francés me servirá para algo. Al carajo si el estudiar inglés habría sido más útil o beneficioso. No todo en esta vida tiene que tener un objetivo prefijado definido, ¿no?
Si alguna vez me vuelven a preguntar: ¿y por qué francés y no inglés? ya se que responderé. No hay más razón que ésta: "Simplemente, tenía curiosidad"
viernes, 4 de diciembre de 2009
Fate & Faith

Mi "mejor amigo" (sí, ya se que es un término más propio de épocas adolescentes), me regaló un libro hace unos años. Tenía dos ejemplares en su casa, porque su madre y él lo compraron ambos sin consultarse. "Cuando leí este libro me acordé de ti" - me dijo. El caso es que, lo que en un principio parecía una liberación de stock, una sóla frase lo convirtió en una intrigante aventura personal. Así es mi mejor amigo, con una sóla palabra o gesto, es capaz de cambiar todo su entorno, para mejor, para mucho mejor. Él sí es un auténtico maestro alquimista.
Estudié una carrera universitaria versión lite, de tres años. Es decir, una demo de la carrera completa de cinco años. Ingeniería técnica, lo llamaban. No me costó mucho, la verdad. Al final del tercer año ya sólo me faltaban por aprobar dos asignaturas y el proyecto fin de carrera. Al final del cuarto año, conseguí superarme, y aprobé una de las dos asignaturas. Por fin, al final del quinto año, hice cumbre.
Durante esos dos últimos años de "excelencia académica", además de no-ir a la universidad, dos actividades ocupaban todo mi tiempo. La primera de ellas, un trabajo de becario, que a la postre marcaría mi camino profesional. Y la segunda, la que mas tiempo me ocupaba, mi vida en un colegio mayor. Algún día explicaré, con todo detalle, por qué creo que debería ser obligatorio y subvencionado, para todo estudiante, pasar al menos un año de su vida en un colegio mayor. No more comments.
Después de ese quinto año, lleno de excesos y desajustes, mi mejor amigo insistió en que debíamos seguir estudiando. Mi contraoferta fue irnos a trabajar al extranjero. Creo que ni se le pasó por la cabeza. La zona de alonso martinez y su dial 88.2 ejercía una influencia casi telúrica que desvarató mis intenciones migratorias. Así que sólo quedaba por decidir qué estudiar. En ese punto no nos pusimos de acuerdo. Él quería complementar nuestro curriculum universitario con una carrera de letras o ciencias mixtas, y yo quería completarlo, terminando los dos años de la versión completa de la primera carrera universitaria, es decir, estudiar el ciclo superior.
Para desarrollar esos dos años adicionales de estudio tenía dos opciones ante mi. Nunca la vida te suele mostrar tan claramente como en este caso, cuál es la opción buena y cuál es la mala. La opción mala era una universidad situada al sur de madrid, a más de una hora de reloj, en el mejor de los casos, de mi colegio mayor. La opción buena era una universidad que estaba a tres minutos andando, literalmente, de mi colegio mayor "no more comments". El único inconveniente para acceder al paraiso, la opción buena, la pastilla azul, era mi expediente académico, en su vertiente temporal. El tiempo dedicado en terminar los tres primeros años era un criterio fundamental para permitir mi acceso al segundo ciclo en esta universidad. Mis dos ultimos años de no-estudio, si-becario y claro-que-si-colegio-mayor me cerraban las puertas.
Ahora menos, pero antes no me gustaba nada en absoluto que las cosas no saliesen como yo quería. Caprichoso, creo que es el término que recoge el diccionario. Así pues, urdí una completa estrategia llena de medias verdades, caras de pena y consecuencias dramáticas para conseguir abrirme las puertas y conseguir el acceso a mi mejor opción. Y fui ascendiendo poco a poco en el escalafón burocrático a base de insistencia y silencios incómodos. Desde el becario que recogía las solicitudes de acceso, pasando al becario jefe de los becarios que recogían las solicitudes de acceso, llegando, a través de sus secretaria, a la encargada del departamento de admisión y, a través de ésta, tras dos pasos intermedios más, a la secretaria del mismísimo rector de la universidad. Por fin conseguí dos cosas. Una, ganarme el cariño (lástima) de toda la oficina del rector, apoyaban mi causa y de qué manera. Y dos, una cita con el rector. Sentía el sabor de la victoria, el éxito, tocaba el cielo.
Y llegó el día de la cita y el rector ni siquiera me recibió en su despacho. Salió al pasillo para que yo no entrase y así no tuviera que echarme, suponiendo que me pondría insistente (pesado). Delante de toda la oficina, mi entregado público, me contó una sarna de estupideces; me habló de favores, de normas y hasta de discapacitados y la discriminación positiva que tanto le "molestaba". En aquel momento, mientras intentaba asimilar mi inesperada y estrepitosa derrota, no pude ni supe reaccionar ante aquel hombre y su conjunto de argumentos absurdos y nada coherentes.
A veces he pensado en acercarme de nuevo a aquella oficina, años después, y explicarle que hoy entiendo por qué no podía acceder a mi petición académica, pero que su trato y forma de actuar fue lamentable, fuera de lugar y nada educativa. Supongo que ser persona no lo enseña ninguna universidad. Es tan importante saber actuar tanto en las situaciones más desfavorables para nosotros, como en aquellas en las que tenemos una clara ventaja sobre los demás. Honestidad, creo que es el término que recoge el diccionario.
Ese día aprendí muchas cosas. Aprendí que el abono transporte de la zona b1 de madrid, donde se encontraba la universidad sur, costaba más de cinco mil pesetas. Y aprendí, también, que las cosas se pueden cambiar. Aquel día no lo conseguí, pero vi la forma de hacerlo, vi el camino. Creer en algo y luchar por ello. Eso es lo único invariable, todo lo demás sí se puede cambiar.
El libro que me regaló mi mejor amigo me lo lei en un par de horas. Es un libro pequeño, pero lleno de lecciones vitales y frases universales. Trataba de un pastor que creía tener un destino y luchaba ante mil adversidades para llegar a él. Al cabo de unos días, le pregunté a mi amigo si a él le había gustado el libro. Me dijo que sí, salvo en que no creía que las personas tuviesemos un destino prefijado. Me dijo que cada persona es capaz de poder elegir su destino en cada momento. Dicho así no pude revatirlo, así que me quedé con la esencia de la historia, de ambas historias.
El rector y el pastor para mi representan la capacidad de lucha, de fe, de cambio, de no resignación ante nada, de convertirse en arena en mitad del desierto, de esperanza, de permanecer atento y despierto ante aquellas cosas que no salen como esperamos.
Un año después de vagabundear por los arrabales sur de madrid, decidí cambiar mi perspectiva académica y seguí los pasos que había tomado mi sabio amigo en el mundo de las ciencias administrativas. Grandes años estaban por llegar.
Ya voy, Fátima -dijo el muchacho.
Pictures of you
I've been looking so long at these pictures of you,
that I almost believe that they're real.
I've been living so long with my pictures of you,
that I almost believe that the pictures are all I can feel.
Remembering you...
There was nothing in the world,
that I ever wanted more,
than to feel you deep in my heart.
There was nothing in the world,
that I ever wanted more,
than to never feel the breaking apart...
... all my pictures of you.
that I almost believe that they're real.
I've been living so long with my pictures of you,
that I almost believe that the pictures are all I can feel.
Remembering you...
There was nothing in the world,
that I ever wanted more,
than to feel you deep in my heart.
There was nothing in the world,
that I ever wanted more,
than to never feel the breaking apart...
... all my pictures of you.
sábado, 21 de noviembre de 2009
domingo, 8 de noviembre de 2009
City lights
Empezar a vivir juntos. Fijar la fecha de la boda. En los últimos dos años, se han sucedido las noticias relacionadas con parejas amigas mías. Cada una de estas noticias es la culminación del amor, de una historia de amor, más o menos larga, más o menos intensa, más o menos especial. Es como si hubiesen conseguido llegar, juntos. Pero llegar, ¿a dónde?
Cuando pienso en mis padres, siempre me vienen a la cabeza agarrados de la mano. No puedo imaginar al uno sin el otro. Toda la vida, desde que nací, los he visto esforzándose juntos para sacar adelante quizá el proyecto más importante de sus vidas, sus hijos. No puedo imaginar, ni remotamente, como hubo un tiempo, antes de que yo naciera, en el que ni siquiera se conocían. Dos personas completamente desconocidas que se unirían por siempre a partir de un baile.
Supongo que todo empezó igual que siempre, como empieza toda historia de amor. Al principio ganas de verse, siempre en la cabeza, roces, palabras, caricias, enamorarse, un estado de euforia interior, querer ser mejor persona. Tiempo. Luego, amor más intenso, más palabras, momentos compartidos, intercambiar conocidos y espacios, mostrar los pensamientos más íntimos, compartir los miedos y los sueños. Más tiempo. Y al fin, complicidad, confianza y cariño, infinito cariño.
Cuando conocí a mis padres, ellos ya estaban en este último punto. Cuánto daría por poder ver su historia, con sus miles de momentos y detalles, a modo de película, sentado en el sofá de mi casa.
Me fascina pensar cómo dos desconocidos llegaron a compartir sus vidas durante tantos años. Y cómo su esfuerzo creó un hogar, mi hogar. Y a mi familia. Cuando pienso en mis padres comprendo lo que es "una historia de amor", comprendo a dónde hay que llegar.
jueves, 5 de noviembre de 2009
Redes sociales
El otro día, un amigo mío mantuvo una conversación con su novia (en diferido, vía muro) por facebook. Era algo trivial, no recuerdo bien. -¿Necesitas algo? -Traeme esto o aquello... Me llamó la atención.Era el año 1995. Tenía dieciséis años y aquel verano decidí trabajar por dos motivos. Primero, por ganarme el respeto, tanto mío como de mis padres, y convertirme en un hombre de provecho. Responsabilidad, esfuerzo, sacrificio, bla bla bla... Y segundo, porque quería convertirme en el rockero más conocido del mundo entero. Dinero, chicas, fama,... Lástima que solo conseguí cumplir mi primer objetivo (y a medias).
Con el dinero que gané pintando, lijando, barnizando, raspando y madrugando, sobre todo madrugando, me compré una guitarra eléctrica. Creía firmemente aún en mi segundo objetivo. Por aquel entonces, ya había leído el capítulo de mi vida titulado "mi primer amor". Así que, ese día, afiné mi guitarra y senté a mi novia en mi habitación. Creo que estuve más de cuatro horas seguidas aturdiéndola con todo tipo de sonidos, celestiales para mi. Hoy lo pienso y no me explico cómo no salimos, mi guitarra y yo, volando por la ventana.
Supongo que fue la necesidad de expresarme. De compartir lo que sentía. De enseñar lo que llevaba dentro. Todos tenemos esa necesidad. Mostrar a los demás nuestras inquietudes, nuestras ilusiones, nuestros temores. El hombre (y la mujer) es un ser social, por naturaleza. Y digo "por naturaleza", literalmente. Supongo que, en los albores de la humanidad, los hombres más sociales que se unían a otros para conseguir sus objetivos (cazar, etc.), sobrevivían de un modo más eficaz que aquellos que no lo hacían. Y por esa razón nosotros, como descendientes de aquellos hombres, somos sociales.
Una de las primera formas, muy palpable, que encontraron estos hombres sociales de expresarse a los demás fue realizando pinturas en las paredes de las cuevas. Supongo que alguien llevaba ese arte dentro y quería mostrarlo a los demás. Y así, de una manera más o menos consciente, actuamos todos. Expresando, aunque ya no en cuevas, lo que tenemos dentro de la forma que creemos más conveniente. La familia, la pareja, los amigos,… es nuestro entorno más cercano en el cual intentamos expresarnos. ¿Qué buscamos con esto? Quizá reconocimiento, quizá simplemente queremos conseguir que el otro sienta lo mismo que sentimos nosotros. Quién sabe.
Hoy es el año 2009. Redes sociales y blogs. Facebook tiene más de trescientos millones de usuarios. Twitter tiene más de cincuenta millones. Y estas páginas, lo “único” que hacen, es facilitar nuestra forma de expresarnos y llegar a los nuestros (y no tan nuestros), de decir lo que estamos pensando, de mostrar lo que hemos hecho, etc. Son las cuevas de Altamira del siglo XXI. Más allá de las posibles críticas que podamos hacer a la filosofía de estas redes sociales y a su capacidad para acercar, de un modo más o menos real o ilusorio, a las personas (o al menos, a las pantallas de ordenador), más allá del bien y del mal, lo que es cierto es que muchas personas utilizan estos medios para expresarse e intentar a llegar a los demás, o mantenerlos más cerca. Este blog, sin ir más lejos.
También es cierto que, en estas redes, confluyen otros factores más allá del aquí expuesto. Como puede ser el morbo del acceso a la intimidad de las personas, una especie de “minigranhermano” con nuestros conocidos (y no tan conocidos). Y me preguntó qué motivos tuvo la naturaleza para facilitar la supervivencia a los hombres (y las mujeres) más indiscretos, cotillas y murmuradores frente a aquellos que no lo eran. Curiosa la naturaleza.
The Jacket
Película recomendada
JACKIE (Je) - Do you want a drink?
JACK (J) - I want this...
(They kiss)
(J) - I'm running out of time.
(Je) - I don't care. You have to come back. I didn't ask for you, but now...
...you just have to come back.
(J) - It's not like that. I don't have control over it.
(Je) - Well...
...get control.
Come back to me, Jack.
JACKIE (Je) - Do you want a drink?
JACK (J) - I want this...
(They kiss)
(J) - I'm running out of time.
(Je) - I don't care. You have to come back. I didn't ask for you, but now...
...you just have to come back.
(J) - It's not like that. I don't have control over it.
(Je) - Well...
...get control.
Come back to me, Jack.
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