lunes, 17 de agosto de 2020

Lo nunca visto (I)

A principios del siglo XVII, Cervantes relataba, a través de su caballero de la Fe, la decadencia del esplendor de un imperio que jamás volvería a brillar, salvo su pintura y su poesía. Pocos años después, Velázquez retrataba para la posteridad el último fogonazo con éxito del ejército de aquel imperio que dominó el mundo. Un ejército que había sometido a una pequeña unión de provincias, a la postre, los Países Bajos. Dicha unión de pueblos holandeses, a pesar de su rendición, contribuiría a lo largo de aquel siglo, a una explosión científica de ideas revolucionarias y conocimientos asombrosos, tanto en física y astronomía como en biología. Todo ello gracias a la destreza en el pulido y el uso de unos pequeños objetos de vidrio, del tamaño de una lenteja, a la que deben su nombre, capaces de desviar la trayectoria de la luz. Unos objetos, llamados lentes, que pusieron el foco en la filosofía natural de aquella época y consiguieron transformarla en lo que hoy conocemos como ciencia moderna. Unas lentes que abrieron los ojos a un mundo que nunca ya los pudo cerrar.

Holanda sería en aquel siglo una especie de «Lenses Valley» post-renacentista. Un siglo donde Galileo, a través de las lentes de un telescopio holandés, pondría el universo patas arriba con el avistamiento de las lunas de Júpiter. Donde Spinoza, un eficaz pulidor de lentes nacido en Ámsterdam, cogería nuestras almas y nos haría uno con la naturaleza a través de una misma sustancia. Un siglo de una lucha incesante y desigual por el monopolio de la óptica, entre Huygens, otro holandés, con su pionero tratado ondulatorio de la luz y Newton, con su modelo corpuscular de proto-fotones. Un siglo de lentes y ópticas, y el deseo de observar más allá de lo que ven los ojos. La pasión de mirar, de ver las cosas como son, de descubrir lo que no se ve a simple vista. Reinventar la mirada. El comienzo de la exploración de lo infinitamente grande y de lo inmensamente pequeño. El dominio de la luz.

Una luz holandesa que alumbró no solo la ciencia, sino incluso el mundo del arte, a través de sus pintores, otorgando en sus composiciones a la iluminación y sus juegos un protagonismo no visto antes. Una fusión entre arte y el estado de la ciencia en aquella época, plasmada de un modo sublime por Rembrandt en su revolucionaria y casi herética «Lección de anatomía del Dr. Tulp». Un siglo de luz holandés donde, no es de extrañar, un tercio de todos los libros en el mundo se publicaban en Ámsterdam. Una ciudad, a la sazón, eje no solo cultural, sino también comercial de Europa, siendo su principal adversaria en este terreno, Venezia, brutalmente golpeada en aquel entonces por la peste bubónica. A pesar de la invención con fines médicos de sus famosas máscaras carnavalescas, las laxas medidas sanitarias adoptadas, al no querer llevar a cabo la pertinente cuarentena con el fin de no obstaculizar el comercio, derivaron en la caída de esta ciudad como potencia marítima y comercial, una caída de la que solo conseguiría recuperarse siglos después en forma de turismo. Pero eso es otra historia.

lunes, 4 de mayo de 2020

«Yo valgo por ciento»


Érase una vez una hormiguita que, vagando por el mundo, encontró una gran montaña de azúcar. Muy contenta con su descubrimiento, sacó de la montaña un grano y lo llevó a su hormiguero. «¿Qué es eso», preguntaron sus compañeras. «Esto es una montaña de azúcar», replicó orgullosa.

Así es como comienzan todas las grandes empresas. Un viaje de mil millas comienza con un primer paso, como bien sabía Lao-Tse. La hormiga, nuestra protagonista. La heroína que despierta un día con un sueño y emprende con ánimo inquebrantable el primer paso del camino. Convencida de que el mundo es su creación y no una simple representación. Sabedora y confiada de que cuando necesite alas, tan solo tendrá que mirar al cielo con detenimiento por unos instantes. Como el marinero que se echa a la mar convencido de ser el dueño de los vientos. No hay negociación, excusa ni demora, tan solo energías y acción. El destino, gigante acomodado y perezoso, disfrazado de diablo, intenta detener al obstinado marinero, «No podrás soportar la tormenta». El marinero mira directo y sin miedo a los ojos del porvenir y ve su propio reflejo. «Yo soy la tormenta», grita, al tiempo que suelta amarras, despliega velas y da comienzo a su viaje.

Muchos personajes de la historia han sido “tormenta”, fe inquebrantable y avance constante, forjadores de destinos y creadores de realidad. Grandes maestros los griegos en este arte del movimiento perpetuo, crecimiento en espiral y el uso de motores vitales que parecen no requerir consumo alguno. O más bien, del encuentro de fuentes de energía de producción infinita. Héroes con fuerza de dioses, capaces de descabezar hidras, volar hacia el mismo sol, sin miedo ni prudencia, engañar al señor de los infiernos, matar gigantes y cíclopes, silenciar sirenas, desentrañar laberintos… Ulises regresando desde las profundidades, encontrando el camino de vuelta a casa. Atenea, protectora de ciudades, experimentada agricultora y generosa en dádivas y ciencias. Mitos y realidades. Sócrates, imperturbable aceptando con serenidad su injusta condena, sin huir ni renunciar a sus palabras, a su fe ni a su sosiego. Alexandros, de voluntad imparable, generador de soluciones y desarmador de nudos imposibles y conflictos irresolubles. Como don Quixote, domador de leones salvajes, defensor ciego de injusticias, enderezador de tuertos y desfazedor de agravios. «Yo valgo por ciento», proclama, espada en mano, enfrentándose a la gloria. ¿Acaso frase alguna perfiló confianza tal?

Pero, ¿dónde trazar la línea que separa la valentía de la inconsciencia, la imprudencia de la convicción, la fe del conocimiento? Estos personajes heroicos, ¿acaso nunca dudaron? No, estos. Sí, otros tantos. El desmayo del héroe. ¿Una grieta en la confianza conseguirá que todo un muro se tambaleé? Incertidumbre y duda, señales inequívocas del genoma humano. En qué momento surge la visión romántica de esta quiebra de fe. Jesús, con su delicada humanidad en aquel huerto rodeado de olivos, lleno de dudas, sudor y miedo. Galileo, abjurando de lógicas y herejías para salvar su vida, justo antes de entrar en el olimpo científico y abrazar la eternidad. Arjuna, y su corazón en sombra ante la inminente y tormentosa batalla del espíritu. Juana de arco, vestida con “ropa de hombre” ante un cierto veredicto, tornando voces celestiales por diabólicas proclamas. Hasta nuestro emblemático caballero de triste semblante y ánimo incorruptible, abriendo su pecho y alma ante su pancista escudero, camino de la inmortalidad, «no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos». ¡Abismáticos pasajes!, ya nos advirtió Unamuno.

En películas y ficciones, la solución es sencilla. Deux ex machina. Dios interviene, cambia un par de leyes naturales y salva y consuela a nuestro héroe, que desempolva su ánimo aletargado y dobla el vigor y la determinación tras el breve momento de requiebro y anestesia. Así como Krishna ordena los pensamientos de Arjuna o Yahveh consuela a Job, «¿dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?». Y la fe queda restablecida, sin mácula. El camino se andará, el triunfo es inminente. Esta noche se cenarán manjares en la mesa del destino.

Y nosotros, que no somos héroes ni heroínas, ¿qué podemos hacer ante un hálito de desaliento? A qué dios podemos recurrir ante un inesperado, por inoportuno y repentino, decaimiento del ánimo. Cómo proceder cuando la vacuidad inunda el significado de nuestras acciones y la fuerza abandona los músculos de nuestra determinación. Cómo resolver una partida de ajedrez, cuando la única jugada con garantías es no mover. Es sencillo. No es necesario romper el tablero, ni esperar intervención divina alguna. Persistir y ser pacientes, mientras todo se acomoda. Nada está perdido mientras no se deja de buscar. Porque todo viaje exterior refleja un camino interior de idéntica distancia, una travesía personal surcada de hondos abismos y desfiladeros abruptos que solo podremos superar con pasos ciegos, saltos de fe y confianza. Para recorrer el sendero antes hemos de convertirnos en sendero. Transformar nuestras huellas en camino y hacer camino al avanzar. Qué ocurre cuando no podemos cambiar la situación ni el paisaje que se nos muestra. El reto es claro, debemos cambiarnos a nosotros mismos. Muevo el peón, pronto se convertirá en dama. Jaque.

martes, 24 de marzo de 2020

Labyrinth

«If she'd a kept on goin down that way, 
she'd a went straight to the castle»

Es indiferente apostar por cualquiera de los lados de un clásico dado lanzado al aire. Del uno al seis, todos tienen la misma probabilidad. Pero si alguien tirase dos dados a la vez y tuvieras que apostar por la suma de ambos, ¿qué número elegirías?

En la vida, a veces, resulta difícil tomar decisiones. Sea por exceso de información o defecto; sea por miedo a —volver a— equivocarnos o incluso, en algunas ocasiones, por temor al propio acierto; sea por la ansiosa sensación de perdernos un camino mejor, de no haber escogido de entre todas, la mejor decisión posible; sea por la inseguridad de nuestra débil voluntad; sea por la energía menguante de nuestra rutina cotidiana. Decidir es empresa compleja, no cabe duda.

Tal vez sería más sencillo si consiguiésemos trasladar nuestra toma de decisiones a un modelo estadístico bien calibrado. Una ecuación mágica, extraída del resultado de experiencias anteriores, que nos recetase la medicina correcta en cada situación. Pero no es matemática fácil. Estaríamos hablando de unos números grandes, gigantescos, de medida impracticable. Números inverosímiles que escapan a nuestro entendimiento.

Veamos un ejemplo. Juguemos. Doblemos por la mitad una hoja de papel y doblémosla, de nuevo. Dos veces van. Doblemos otra vez y volvamos a doblar. Cuatro, ahora. Parece juego menor, infantil, pero no conseguiremos doblar la hoja más allá de siete u ocho veces. Aplicando razonamiento geométrico, podremos calcular fácilmente el grosor de nuestro ensayo. Dos, por mitad, elevado a ocho, por doblez, dan un total de doscientas cincuenta y seis veces el grosor original. Sigamos jugando. En el utópico caso de disponer de una hoja kilométrica y fuerza titánica, seguiríamos plegando. ¿Cuántas veces? Llegado el cuadragésimo doblez, nuestro dúctil papel cubriría la distancia que separa la Tierra de la Luna. Un aumento extraordinario y antiintuitivo. Doblándolo unas pocas veces más, alcanzaríamos el Sol. Si consiguiésemos doblar más incluso este monstruoso amasijo de celulosa reciclada, unas sesenta veces, cubriríamos la distancia de un año-luz. Y en el doblez centésimo primero, habríamos cubierto la extensa superficie del universo por completo. La expresión «Dame una hoja de papel y te llevaré a la luna» se colma aquí de romanticismo.

Sigamos con otro ejemplo. «Un uno seguido de ceros hasta que te canses de escribir». Un gúgol es el número creado por la "imaginación" estética de un niño de nueve años. Un uno seguido de cien ceros. Un número bonito, pero inconcebible al intelecto ni la razón. No presenta particular importancia en la ciencia ni en las matemáticas y apenas tiene usos prácticos, más allá de dar nombre al principal buscador de internet, en exagerada referencia al número de resultados que despliega su motor en cada búsqueda. Ni siquiera hay tantos átomos de hidrógeno en el universo conocido.

Si se me permite, transformaré el silencio en consentimiento y añadiré un tercer ejemplo. Fantaseemos —ya lo hizo Borges—, con una biblioteca que almacene todos los libros posibles e imaginables. Un único ejemplar por cada libro. Libros escritos por mano divina, guiada por el azar, usando los caracteres del alfabeto latino, pongamos en este ejemplo. Caracteres ordenados sin sentido literario ni concierto lingüístico, sin ley gramatical ni medida artística. Como fichas de dominó volcadas sobre la mesa dispuestas por la providencia de la gravedad. ¿De cuántos ejemplares estaríamos hablando? Simplifiquemos en pos de la cordura y en lugar de libros, tomemos relatos con una extensión no mayor de mil caracteres. Acudimos a la fórmula matemática de las variaciones de elementos tomados numeradas veces con repetición. Veinticinco ingredientes disponibles, como son los caracteres latinos, tomados en montones de mil, con posibilidad de repetición, para relatos de la extensión dada, nos dan un total de... ¿cómo? Un uno seguido de cerca de mil cuatrocientos ceros. Resultado absurdo. Un número al que no nos acercaríamos ni contando los pasos dados por una hormiga que cruzase el universo de un extremo a otro. Incluso si sumamos los pasos de las decenas de millones de ellas que conforman toda una colonia.

Dados los innumerables matices, recovecos y ángulos que presentan todas las situaciones que enfrentamos en nuestra vida cotidiana, ¿podríamos tomar decisiones ajustadas a fórmula en base a números de esta magnitud? No parece sensato ni viable. No al menos con nuestros cerebros ejerciendo el papel de calculadoras. Nos ocuparía varias generaciones tomar la decisión correcta, por mínima que fuese. Del todo impracticable. He aquí que surge la fe, o la esperanza, según gustos y conveniencia. Porque estos números, aunque vastísimos, no son infinitos. Incluso llegado el caso extremo, es ciencia conocida la existencia de grados en el infinito. A saber, hay infinitos más grandes que otros. Entra una brisa fresca por la ventana, volverá a amanecer. Tiremos los dados.

Si dios fue capaz de crear todas sus leyes físicas y las constantes cosmológicas que rigen nuestro universo en un suspiro de Plank, es decir, el pedazo de un segundo dividido en tantas porciones como un uno seguido de cuarenta y tres ceros, ¿no seremos nosotros, humildes humanos, capaces de elegir qué camino tomar cada día? A nuestro favor juegan una serie de factores camuflados que, tomados en valiosa consideración, harán de nuestra vida un trayecto más despejado y de nuestra cabeza, un lugar más liviano.

En primer lugar, aunque de apariencia fútil, incontestable, nadie ha sido capaz de doblar una hoja más de trece veces. Nos nos daría para llegar ni a la vuelta de la esquina. Una pragmática despedida del romanticismo. En segundo lugar, aunque google sea capaz de ofrecernos más coincidencias que estrellas hay en el universo, seamos realistas. ¿Quién ha mirado alguna vez la segunda página de resultados? Quizá sea uno de los lugares más adecuados para esconder secretos. En tercer lugar, aquella biblioteca sería un lugar mágico por sus ensoñaciones, llena de obras ininteligibles en su mayoría, sí. Pero repleta también de obras maestras de valor artístico incalculable. El azar sería capaz de escribir relatos sublimes, incunables literarios en más de sesenta lenguas, tantas como idiomas se basan en el alfabeto latino. La providencia habría escrito las aventuras de El Quijote, las novelas de Saramago, el universo de Asimov, los poemas de Machado, la traducción del Baghavad Gita, lo fantástico y sucedido en Macondo, las ideas panteístas de Spinoza, los hábitos productivos de Covey o los oscuros relatos de Poe.

Así sucede que, si dejásemos el barco de nuestras decisiones a merced de los vientos del azar, llegaríamos a puerto en ocasiones. Después de todo, nuestra capacidad de decidir y nuestra libertad de acción, están sustentadas sobre partículas subatómicas, invisibles, y su capacidad de girar a un lado u a otro de manera aleatoria. Un giro marcado por unas leyes naturales rigurosas e inamovibles, creadas en aquel suspiro del que hablamos. Si estas leyes marcan estos giros, y estos giros, a su vez, definen nuestras decisiones, ¿qué capacidad de resolver nos queda? Podríamos sentarnos tranquilos en una silla, aceptar el inexorable destino que se nos presenta y esperar a que el universo decida por nosotros. Tendríamos la misma posibilidad de acertar -o equivocarnos-, que si nos escudriñáramos la cabeza en disquisiciones profundas y minuciosas. O no, porque si aplicamos lupa, aumentamos la escala de visión y ampliamos los matices, vemos que el diablo siempre está en los detalles.

Si simplificamos, en ejercicio atómico, nuestra capacidad de decidir a un fortuito giro eventual ya definido, la probabilidad de acierto es la mitad. La misma que la de errar. Pero no avanzar, es peor que caerse y hay lugares donde es más fácil encontrar si se busca. Si prestamos atención consciente y nos andamos listos, podemos balancear la suerte de nuestro lado. Aplicar una especie de ecuación de Schrödinger a nuestras decisiones, que nos ilumine una zona donde el hado sea más propicio y tomar decisiones con una densidad de acierto mayor. Trucar los dados de la vida y si no sale nuestro número, ¿por qué conformarse? ¡Volver a lanzarlos!

Así pues, la próxima vez que tengas que apostar por la suma de dos dados lanzados al aire, aunque a priori parezcan igual de probables todos los resultados, hazme caso, elige el 7.

martes, 3 de marzo de 2020


—Señor —le dijo—, perdóneme si le pregunto...
—Te ordeno que me preguntes —se apresuró a decir el rey.
—Señor... ¿sobre qué ejerce su poder?
—Sobre todo —contestó el rey con gran ingenuidad.
—¿Sobre todo?
El rey, con un gesto sencillo, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.
[...]
 —¿Y las estrellas le obedecen?
—¡Naturalmente! —le dijo el rey—. Y obedecen en seguida, pues yo no tolero la indisciplina.
[...]
—Me gustaría ver una puesta de sol... Déme ese gusto... Ordénele al sol que se ponga...
[...]
—Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante, esperaré que las condiciones sean favorables.
—¿Y cuándo será eso?
—¡Ejem, ejem! —le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario—, ¡ejem, ejem! será hacia... hacia... será hacia las siete cuarenta. Ya verás cómo se me obedece.

(Le petit prince)

lunes, 2 de marzo de 2020

Dioses

30 Yo y el Padre uno somos.
31 Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle.
32 Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?
33 Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.
34 Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: «Yo dije, dioses sois»?
(Juan, 10)

martes, 25 de febrero de 2020

Image result for hoy es siempre todavía«Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora,
ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos.
Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.»

Antonio Machado

lunes, 24 de febrero de 2020


«Al final del infinito...»

martes, 31 de diciembre de 2019

Libros (2019)




Un buen libro hace que el día se te pase más rápido. Se levanta uno más contento, espera con ansiedad infantil el momento de lectura y, una vez entre las manos, la mente vuela lejos de cualquier preocupación. Estos son los libros que he leído en 2019.

jueves, 22 de agosto de 2019

Fidelidad

A los veinte años, en Montevideo, escuchaba a Mina
cantando Marguerita de Cocciante
en la pantalla blanca y negra de la Rai
junto a la mujer que amaba
y me emocionaba.

A los cuarenta años escuchaba a Mina
cantando Marguerita de Cocciante
en el reproductor de cassettes
junto a la mujer que amaba,
en Estocolmo,
y me emocionaba.

A los sesenta años, escucho a Mina
cantando a Margherita de Cocciante
en Youtube, junto a la mujer a la que amo,
ciudad de Barcelona
y me emociono.

Luego dicen que no soy una persona fiel.

Cristina Peri Rossi
The bad news is
you're falling through the air,
nothing to hang on to,
no parachute.

The good news is
there's no ground.

miércoles, 13 de marzo de 2019

What's next?

“It doesn’t matter” she says, her voice soft. “Don’t beat yourself up for not knowing all the answers. You don’t always have to know who you are. You don’t have to have the big picture, or know where you’re heading. Sometimes it’s enough just to know what you’re going to do next.”

viernes, 8 de marzo de 2019

Contradicciones


Anunció Jehová a Abraham su determinación de arrasar con el pecado y la maldad que imperaban en las dos ciudades. Este, atónito, se acercó un poco más a él, y le preguntó:

—¿Vas a destruir a los inocentes junto con los culpables? Tal vez haya cincuenta personas inocentes en la ciudad. A pesar de eso, ¿destruirás la ciudad y no la perdonarás por esos cincuenta? ¡No es posible que hagas eso de matar al inocente junto con el culpable, como si los dos hubieran cometido los mismos pecados! ¡No hagas eso! Tú, que eres el Juez supremo de todo el mundo, ¿no harás justicia?

—Si encuentro cincuenta inocentes en la ciudad de Sodoma, por ellos perdonaré a todos los que viven allí —contestó Jehová.

Pero Abraham volvió a decirle:
—Perdona que sea yo tan atrevido al hablarte así, pues tú eres Dios y yo no soy más que un simple hombre; pero tal vez falten cinco inocentes para completar los cincuenta. ¿Sólo por faltar esos cinco vas a destruir toda la ciudad?

—Si encuentro cuarenta y cinco inocentes, no la destruiré.

—Tal vez haya sólo cuarenta inocentes... —insistió Abraham.

—Por esos cuarenta, no destruiré la ciudad —dijo Jehová.

—Te ruego que no te enojes conmigo por insistir tanto en lo mismo, pero tal vez encuentres solamente treinta... Abraham volvió a suplicar.

—Hasta por esos treinta, perdonaré a la ciudad.

—Mi Señor, he sido muy atrevido al hablarte así, pero, ¿qué pasará si encuentras solamente veinte inocentes?

—Por esos veinte, no destruiré la ciudad.

—Por favor, mi Señor, no te enojes conmigo, pero voy a hablar tan sólo esta vez y no volveré a molestarte: ¿qué harás, en caso de encontrar únicamente diez?

—Hasta por esos diez, no destruiré la ciudad.

Cuando el Señor terminó de hablar con Abraham, se fue de allí; y Abraham regresó a su tienda de campaña.

(Génesis, 18)


Quién sabe por qué Abraham decidió dejar de preguntar. Quizá tenía miedo de escuchar: "Hay siete inocentes, aun así destruiré la ciudad". Quizá quiso dejar una pequeña salida a Jehová para no confrontarlo. Quizá, simplemente, no quiso enfadarlo. El caso es que no siguió preguntando y Sodoma y Gomorra fueron arrasadas.

A veces somos muy exigentes con nosotros mismos. Una exigencia consentida y sin sentido. Nos juzgamos con severidad, hurgamos nuestras propias llagas, sobre-iluminamos nuestras imperfecciones con focos de alta intensidad y nos escupimos a la cara el arquetipo ejemplar y modélico que nunca seremos. Nos concedemos un porcentaje infinitesimal de error y sustituimos comprensión por castigo. No nos permitimos siquiera ese margen de diez inocentes que se dio Jehová. El ruido blanco de nuestros pensamientos nos acecha constantemente.

Si no aprendemos a domar ese ruido blanco incansable de nuestra cabeza termina por desorientarnos. A menudo debatimos con nosotros mismos, en nuestro campo de batalla mental. Como Pandavas y Kauravas en la llanura sagrada de Kurukshetra. Somos Arjunas en busca de nuestro propio Krisna. Algo o alguien que nos indique cuál es nuestro dharma, nuestra misión, nuestro camino, nuestro lugar en el mundo. Somos Ulises camino de cientos de Ítacas. A menudo olvidamos que el camino es el propio fin. Como los pasos del poema de Machado, caminante son tus huellas el camino y nada más.


Deberíamos ser nuestro fan número uno. Incondicional. En todo momento. Abrir de una patada la puerta del cuarto donde se alojan nuestros defectos y virtudes y sacar la mejor versión de nosotros mismos. No es auto-estima, sino auto-amor. En eso consiste la vida. En querer y quererse mucho. En hacer la vista gorda con nuestras pequeñas imperfecciones, contradicciones y defectos, siempre que sean menos de diez. Procurar hacerlo mejor la próxima vez, seguir adelante y presionar el acelerador. ¿Cómo se puede disfrutar del viaje sin sentir el viento golpeándote en la cara?

En Sodoma, al parecer, había cuatro inocentes. Lot, su esposa y sus dos hijas. Jehová, en su infinita misericordia, quién sabe si quizá para justificar la furia que estaba a punto de desplegar, les permitió abandonar la ciudad, sin más condiciones que no girarse. La mujer desobedeció. Al volver la vista atrás, vio la senda que nunca debió volver a mirar y se convirtió en estatua de sal. Curiosa metáfora si entendemos el camino a recorrer como 'futuro' y la ciudad dejada atrás como 'pasado'. El pasado a veces nos mantiene inmóviles y nos impide avanzar.

Lot, al parecer, tampoco acabó bien parado. Sus hijas, por temor a quedar sin descendencia por la muerte de todo varón fértil de la región, lo emborracharon hasta la inconsciencia y lo forzaron a fecundarlas, una noche a la mayor y a la siguiente noche, a la menor. Y no sabemos de él más que debió de pasar el resto de sus días en una cueva, abandonado de la razón. Desdichado e infausto final para un inocente.

jueves, 7 de marzo de 2019


«I wanna hurry home to you»

Homo viator


ÍTACA

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

Cavafis. Antología poética.

domingo, 3 de marzo de 2019

Consolación

Soy Boecio, autor de La consolación de la filosofía. Para mí, la historia es una rueda: "la inconstancia es mi esencia", dice la rueda. "Súbete a mi radio si quieres, pero no te quejes cuando te arroje a los abismos". Los buenos tiempos pasan al igual que los malos. La mutabilidad es nuestra tragedia pero también nuestra esperanza. Los peores tiempos al igual que los mejores siempre pasan.

martes, 1 de enero de 2019

Libros (2018)






Un buen libro hace que el día se te pase más rápido. Se levanta uno más contento, espera con ansiedad infantil el momento de lectura y, una vez entre las manos, la mente vuela lejos de cualquier preocupación. Estos son los libros que he leído en 2018.

jueves, 25 de octubre de 2018

Destino

Todo está
escrito... a lápiz.

Bienvenido a casa

Con el tiempo he aprendido a sentirme en casa casi en cualquier sitio. La necesidad hace virtud. Atrás quedó ya la sensación epicéntrica de mi habitación de adolescente, con sus minerales en cajas blancas de cartón, su estantería de pared con forma de casa y sus armarios de madera con rincones inaccesibles. Hoy han sido sustituidos por rojos sofás gastados, pianos oscuros cubiertos de polvo, campanas y relojes de estación sin hora, calles inventadas y ventanas sucias e indiscretas.

El concepto de casa no es algo fácil de explicar. El lugar donde vive tu familia. El lugar donde guardas tus posesiones materiales más preciadas. El lugar donde duermes la mayoría de las noches del año. El lugar donde llegan las cartas formales del banco. Si nos queremos poner más sensibles con el concepto de casa y pensamos en hogar, podríamos decir que es el lugar desde donde puedes ver llover en invierno por la ventana en pijama. El lugar donde te puedes tumbar en el sofá como te dé la gana y la tele sabe la contraseña de tu cuenta de Netflix. El lugar donde siempre hay de las galletas que te gustan. El lugar donde podemos colgar de la pared lo que se nos antoje (con sentido estético personal, claro está). El lugar donde los domingos no hay hora de check-out. El lugar donde, una vez cada cierto tiempo, se acaba el suavizante y el felpudo no es de una tienda de todo-a-euro. El lugar donde Google te notifica: “Bienvenido a casa”.

El inglés distingue bien una casa de un hogar. House y home. No hay lugar a duda. House, la de los demás, home, la mía. En español, el matiz es más sutil. Usamos la palabra casa en ambos casos. La palabra hogar evoca más bien a un espacio sentimental. Un lugar que tiene que ver con personas e historias y no con paredes y techos. No decimos “me voy a mi hogar”. Decimos “me voy a casa”, “estoy en casa”. Fijémonos bien. El artículo espera fuera, se queda abajo, en el portal. Si lo incluimos, “me voy a la casa”, “estoy en la casa”, nos surge una duda. ¿De quién? Es obvio que no es nuestra casa, nuestro hogar, sino la casa de otra persona.

He aprendido a sentir casa en muchos lugares, con distinta intensidad, pero la misma sensación. En lugares comunes que están ahí, accesibles, a la vista y el alcance de todo el mundo. Solo que no prestamos la suficiente atención. El asiento delantero derecho del autobús que me llevaba a la universidad, donde ver amanecer y leer con los ojos medio abiertos. El poyete del postigo en frente del Acueducto, al caer la tarde, donde ver a las golondrinas esconderse en huecos imposibles. El banco de las presillas donde podía ver a Oli crecer y apoyar mi cabeza en tus piernas. El rincón en la barra del hotel, donde están la máquina de café (expresso doble) y dos sillas vacías (casi) siempre. Las escaleras empinadas que llevan al colegio de mis sobrinas, su torre con nidos de cigüeñas y su laberinto mágico, donde las paredes responden con su eco. La cafetería en la primera planta de la Torre Eiffel, donde el suelo es transparente, nunca hay gente y siempre hay mesa con vistas. El camarote con sofás acolchados escondido en la parte de arriba del barco que sale de Venezia al anochecer. El banco del parque en la parte alta de la fría ciudad de Ginebra donde siempre da el sol.

Quizá el secreto está en llevar la casa encima, como si fuéramos caracoles, tortugas o como esos cangrejos diminutos que llevan a cuestas piedras y conchas para resguardarse. Quizá el secreto está en aprender a sentir casa en cualquier lugar. Contigo.

martes, 23 de octubre de 2018

La caja de Pandora

Pobre, pobre Pandora. Zeus la envía a casarse con Epimeteo, un hombre no demasiado brillante a quien ni siquiera conoce, llevando como regalo nupcial un ánfora misteriosa herméticamente tapada. Nadie le ha explicado el contenido del ánfora. Nadie le ha advertido que no la destape. Pero, naturalmente, ella la abre. ¿Qué otra cosa puede hacer? ¿Cómo iba a saber que todas esas terribles calamidades iban a escapar del interior para atormentar para siempre al género humano y que lo único que quedaría dentro sería la esperanza? ¿Cómo no había una etiqueta de advertencia?

Y, luego, todo el mundo exclamaría: Oh, Pandora. ¿Dónde está tu fuerza de voluntad? Te dijeron que no abrieras esa caja, tú, chica fisgona, mujer de insaciable curiosidad, contempla ahora lo que has hecho. Y ella se defenderá. Para empezar era un ánfora, no una caja, y, además, cuántas veces tendrá que decirlo, ¡nadie le dijo que no la destapara!

(Liane Moriarty)

viernes, 10 de agosto de 2018

¿Qué prefieres?


#JUEGO_1
 
➽ Teletransporte o viajar en el tiempo.

⟳ Y si has elegido viajar en el tiempo, al pasado o al futuro.

➽ Leer la mente o ser invisible.

➽ Hipervelocidad o detener el tiempo.



¿Qué pasaría si un objeto imparable 
chocase con un objeto inamovible?



Cada día que pasa
 ¿es un día más o un día menos?



Si el dinero no fuese una necesidad
 ¿a qué te dedicarías?



¿Cuál crees que es tu mayor virtud
¿Y el mayor logro de tu vida?



¿Cómo te ves de aquí a 5 años?


#JUEGO_2

Deseo que Toñita me diga que me quiere y extraña como yo a ella...
Concedido, te lo va a decir pero estaras sordo y no podras oirlo.

Deseo verne mas joven cada dia.
Concedido, pero tienes la edad de la tierra.

Deseo ser feliz.
Concedido, pero por leer libros de auto ayuda de paulo cohelo.

Deseo graduarme.
Concedido, pero jamás encontraras empleo en lo que estudiaste.

Deseo poder volar.
Concedido pero no tendrás piernas.

Mi deseo es viajar a una playa hermosa.
Concedido, con el agua a cero grados.

Deseo una gif card con S/10,000 soles.
Concedido, con un plazo para poder comenzar a usarla no menor a 5 años.

Deseo que todos tengan un excelente incio de semana que este llena de éxitos y bendiciones.
Concedido, todos menos tú.

miércoles, 11 de julio de 2018

jueves, 17 de mayo de 2018

Brújulas y relojes

Hurgar en los cajones de mi habitación de infancia es como un viaje al pasado, una explosión de recuerdos. Casio F-91W, mi primer reloj. Y quién lo iba a decir, casi el último. Recuerdo la tienda donde lo compré y hasta creo recordar el precio de mil seiscientas pesetas. Resistente al agua, por si me quería duchar con él y con unos botones duros como un demonio que manejaban el cronómetro, la alarma y la luz; por si me despertaba en plena madrugada empapado en sudor y me fuese la vida en saber la hora exacta de mi desasosiego. Y todo eso, para no dar la luz del techo y despertar a mi hermano, a pesar de que mi padre nos había puesto interruptores al lado del cabecero de la cama. Porque yo he compartido habitación con mi hermano toda la vida; pero eso es otra historia que ya contaré.

La hora es un invento moderno. Para organizarnos mejor y de manera más eficiente. Antes no era necesario. Un carpintero del SXV se despertaba cuando la luz del sol entraba por su ventana, comenzaba a trabajar y elegía sus descansos. Nadie más que él mismo y la despensa de su hogar dependían de su trabajo. Pero llegó Taylor con su organización del trabajo y su idea de productividad a través de la especialización. En una cadena de montaje, el trabajo de un carpintero dependía del serrador; y el trabajo del lijador dependía del carpintero. Era imprescindible organizarse en torno a un tiempo artificial; un tiempo que ya habían empezado a usar los ingleses, con sus trenes de vapor y su necesidad de sincronizar las llegadas y las salidas de las distintas estaciones. Y así es como las horas y los minutos entraron en nuestras vidas y dejamos de ser dueños de nuestro tiempo.

A día de hoy es imposible no saber la hora que es a cada instante. En el móvil, en la pantalla del ordenador, en el microondas, en el cuentakilómetros,... mires donde mires hay un reloj, siempre dispuesto a recordarte que estás llegando tarde a todos los sitios. Andamos como el conejo blanco en nuestro propio país de maravillas, «¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!». En la mayoría de las veces, llegamos tarde. Y, lo que es peor, al lugar equivocado.

Porque nadie te enseña que es más importante el dónde que el cuándo; que lo relevante es llegar al lugar adecuado, sin importar el momento. Porque ya nos enseñaron Einstein y la experiencia que el tiempo es relativo. Porque no importa la hora de llegada, sino el camino recorrido. Porque la vida va de lugares, etapas y destinos; y no va de tiempo, ni de prisas, ni deadlines. Porque en la vida va de mirar por la ventana del tren y no por la pantalla del móvil. La vida va de disfrutar el camino, con sus alegrías y sus decepciones. Y sí, la vida también va de llegar, alcanzar y lograr, pero sin olvidar que el destino no es sino una parte más del trayecto. Porque los viajes del corazón no saben de horarios, suelen ser impuntuales y no informan de hora estimada de llegada. Como aquel pastor que viajó a Egipto buscando un tesoro, para descubrir que el tesoro había estado siempre enterrado bajo un árbol de su jardín. Porque nunca una hora transcurre igual que otra, ni un mismo lugar al que se regresa se ve con los mismos ojos. Porque hay segundos que son primeros. Puedes quedarte en la estación, leyendo o escuchando música, porque siempre pasa otro tren por el andén, sale otro avión del hangar y zarpa un nuevo barco. Porque si buscas y hurgas lo suficiente, es probable que encuentres; quizá no lo que ansías, pero sí encontrarás seguro lo que necesitas. Porque el pasado y el futuro son solo una forma de presente. Porque si uno sabe a dónde se dirige no hay muros, acantilados , ni obstáculos insalvables; y sí, puentes, cuerdas, y oportunidades para crecer y ser la mejor versión de uno mismo.

El minutero de los relojes debería marcar el norte; así cada persona sabría siempre cuál es su rumbo, dónde dirigirse y ya no nos perderíamos nunca por el camino. Los relojes deberían ser brújulas. Y de repente, todos nos encontraríamos, y perderíamos el miedo de perdernos. Porque solo pierde algo el que deja de buscarlo. Porque solamente no llega a su destino, el que deja de caminar. Así que en mi próxima vida, en vez de un casio, guardaré en el cajón una brújula.

domingo, 4 de marzo de 2018

Homesick

—Quiero volver —dice Daniel, tranquilo, con esfuerzo.
—¿Adónde? —pregunto yo, inseguro.
Hay una larga pausa de ésas que me sacan de quicio y Daniel termina su copa y manosea las gafas de sol que todavía lleva puestas y dice:
—No lo sé. Simplemente volver.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Libros (2017)

Un buen libro hace que el día se te pase más rápido. Se levanta uno más contento, espera con ansiedad infantil el momento de lectura y, una vez entre las manos, la mente vuela lejos de cualquier preocupación. Estos son los libros que he leído en 2017.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Sociedad líquida

Un profesor de universidad siempre nos decía que tanto las mates, como la vida misma, si te parecen fáciles es que algo estás haciendo mal. Quizá lo llevamos en los genes. Cuánto más complejo es todo, tenemos más sensación de madurez, de ser adultos, de responsabilidad, de seguir la senda correcta.

Y se nos da bien complicarnos las cosas. Nuestro día a día está lleno de dificultades. Carreteras atascadas, frustración profesional, compras materiales innecesarias, eternas promesas incumplidas de dedicarnos más tiempo a nosotros mismos y a lo que nos gustaría hacer, viajes exprés que solo sirven para escapar, series o programas de televisión que llenan de ruido nuestra cabeza. Todos estos son los principios de una sociedad líquida, ultracortoplacista, donde la satisfacción de cubrir un deseo artificial se ve inmediatamente reemplazada por la necesidad de colmar un nuevo capricho. Recompensas volátiles que no disfrutamos por la necesidad y el ansia de una nueva, distinta y mejor.

Todas estas dificultades o "problemas" nos sirven de excusa para no afrontar nuestros verdaderos desafíos y sueños. Hipotecamos nuestro tiempo y nuestra energía con la promesa de una rentabilidad personal futura que nunca llega. Nos conformamos con las migajas de los intereses materiales; vamos a restaurantes más sofisticados, solo porque hay lista de espera, compramos teléfonos móviles más modernos y caros, con similares funciones a los anteriores, y nos mudamos a un barrio más selecto, donde los colegios proponen una metodología educativa innovadora.

Leer, conversar, hacer deporte, filosofar, pasear, explorar, conocer, recreos en silencio con uno mismo, escuchar con calma a los demás, saltar, estirarte, sonreír, incluso dar puntapiés a las castañas caídas en las aceras,... son el tipo de cosas para las que no tenemos tiempo en esta vida tan compleja que llevamos, llena de "responsabilidades" y "problemas".

Y no serían tantos problemas si nos detuviésemos un instante a pensar en ellos y observarlos con cierta distancia. A principios del SXVIII, un dramaturgo analizó y enumeró todas las situaciones dramáticas o conflictos en los que se podía ver envuelto el personaje de una obra. Contabilizó un total de treinta y seis posibles situaciones, extrapolables a la vida misma. Desamor, víctima del infortunio, juicios erróneos, renuncias, decisiones arriesgadas, empresas atrevidas, remordimientos, celos o envidia, rivalidad, enemistades familiares, pérdida de un ser querido... Cualquiera que sea el trascendental e insalvable problema que bloquea nuestra vida estará en esa lista. Y ya lo sufrieron millones de personas antes que tú y lo sufrirán otras tantas en el futuro. Así que, después de todo, aunque importante, quizá no sea tan inminente. Quizá pueda esperar unos minutos al día para que se los dediques a otras cosas. Quizá usemos esos problemas como barreras que nos impiden alejarnos de nuestra zona de simulado confort y crecer como personas.

Como dijo John Lennon, "la vida es lo que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes". Así pues, y con permiso de mi antiguo profesor, yo te diría que si la vida te está pareciendo difícil es que algo estás haciendo mal.

Ver las 36 situaciones dramáticas 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Para ser escritor

“El genio no se puede enseñar”

Brande comienza el libro poniendo en duda la utilidad de los cursos de escritura, donde el aprendiz de escritor escucha de primeras la desalentadora y frustrante idea de que el genio se tiene o no se tiene, pero no se puede enseñar. Y a partir de ahí inicia un camino hacia la “magia del escritor”.

viernes, 11 de agosto de 2017

Libros para escritores

Tres libros de gente que es escritora sobre sus sensaciones y rutinas a la hora de escribir. Sólo para frikis.

   

jueves, 10 de agosto de 2017

Trilogía de Grecia


Y como siempre contigo... ¡magia! Y el mejor regalo de cumpleaños posible se convirtió en horas de lectura y días de viaje.

Y redescubrí una historia de lo más interesante: la historia de la Grecia clásica, con su mitología, el olivo de Atenea contra las fuentes de Poseidón, sus guerras, su democracia, su ostracismo, Pericles, la akrópolis, el santuario de Delfos, la batalla de Maratón, con Temistocles a la carrera, los trescientos espartanos y Fidipides, el traidor, los trirremes en Salamina, la esclavitud, la liga naval, la colina del Pnyx.

Y tuve que continuar con la historia en este libro que relata el día a día en Atenas y Esparta durante las guerras del Peloponeso, con los dominios naval y terrestre repartidos, la doble muralla al Pireo, la peste, Sócrates, el teatro, en Esparta, el monte por donde arrojaban a los no-aptos, las olimpiadas, el oráculo, Sócrates, los sofistas, la caída de Atenas y la clemencia de Esparta.

Y no pude parar. La situación de tensa paz después de la guerra civil griega. El ascenso de Filipo, el Bruto, padre de Alexandro Magno, su eduación a manos de Aristóteles, el asesinato del rey, la unificación griega, la destrucción de Tebas, el salto a Asia, las estrategias de batalla, la ingeniería mecánica, Egipto, la derrota de Darío el persa, Babilonia, el desierto, India, las conquistas inclusivas, el hijo de un dios, Bucéfalo y Peritas, su muerte y el legado dividido.

Esta trilogía sobre la historía de Grecia en su época clásica, habla de política, sociedad, guerra, cultura, filosofía, amor,... ¡imperdible!

lunes, 7 de agosto de 2017

Prohibido jugar a la pelota

En la plaza mayor de mi ciudad hay un cartel grande con letras negras sobre fondo blanco. "Prohibido jugar a la pelota". La plaza es grande como medio campo de fútbol. Una esplanada con el suelo enlosado y diáfana. No hay bancos donde se puedan sentar las personas mayores, a descansar o a esperar la hora de comer,  no hay mobiliario urbano, ni árboles, ni costosas esculturas de dudoso valor estético, ni ventanas de cristal. Por lo que no hay riesgo de lesionar una cadera a nadie con un balonazo, dañar la copa de un árbol o romper en pedazos algún cristal.

Quizá quien escribió el cartel se quedó corto. Debería haber puesto más indicaciones y normas. A saber, prohibido vestir con ropa de colores. Prohibido dar abrazos. Prohibido escuchar música, aunque se usen auriculares. Prohibido reír a carcajadas. Y ya puestos, debería indicar más reglas aún. Prohibido escribir poesía. Prohibido el sonido del piano. Prohibido hacer amigos. Prohibido comer helados de chocolate. Porque todas estas prohibiciones a mí me suenan igual de feas. Solo un corazón sombrío y desdichado pudo imaginar un cartel donde prohibir a los niños jugar a la pelota. Podría entender, por cuestiones de salud, la prohibición de comer helados de chocolate, para diabéticos que no toleran el exceso de azúcar. El resto de carteles solo los puedo entender para personas que no toleran el exceso de felicidad.

Imagino una generación de niños tristes y desmotivados por no poder jugar a la pelota en la plaza de su ciudad o de su barrio. Niños criados entre prohibiciones como esta, evidentes y otras, no tanto. Por lo que sería conveniente realizar una campaña de concienciación. Según la RAE lo contrario de "prohibido" es "permitido". Pero se me hace insuficiente, tiene un alcance muy corto. Solemos equivocar el concepto de "lo contrario", con el de "ausencia de". Permitir significa ausencia de prohibir. Yo más bien usaría "obligatorio". ¡Eso sí que es lo contrario! Llenaría las plazas y las calles de carteles así. Obligatorio saludar a los desconocidos con quien te cruces por la calle. Obligatorio cantar en la ducha. Obligatorio respirar profundo. Obligatorio bailar, aunque se carezca de ritmo. Obligatorio sonreír a los tenderos en el mercado. Obligatorio jugar hasta que el sudor te cubra los ojos. Obligatorio saltar sobre los charcos. Obligatorio tirarse bolas de nieve y usar los trineos. Obligatorio ver cómo se pone el sol al atardecer. Obligatorio subirse a los árboles, con cuidado. Obligatorio silbar melodías. Obligatorio leer libros de aventuras. Obligatorio enamorarse. Obligatorio retirar el cartel de prohibido jugar a la pelota.

viernes, 4 de agosto de 2017

Apocalipsis

Al principio, la gente seguía con sus vidas, como si nada pasase. Luego dejó de acudir a sus puestos de trabajo. Solo unos pocos individuos llegaban a su oficina, en su coche particular, a la hora de siempre. "Porque se acabe el mundo en treinta días no voy a dejar de hacer mi vida como hasta ahora", decían. Su vida, como hasta ahora. Encendían el ordenador y aporreaban el teclado. Quién sabe qué. Llegaban a casa, ponían la tele, veían varias reposiciones de programas y cenaban comida recalentada a la hora habitual. Ya en la cama, refunfuñaban sobre el ruido de la calle. Porque había mucho ruido en la calle.

Ruido de la gente que había decidido pasar los últimos días del universo, rodeados de sus vecinos, charlando y compartiendo vino. Niños que no paraban de jugar a la pelota o al escondite y gritar, de noche y de día. Personas que había desempolvado sus viejos instrumentos, guardados en el fondo de un armario, y los tocaba en mitad de la calle, para deleite de los amigos. Casas con las puertas abiertas, siempre dispuestas a recibir visitas inesperadas y huéspedes necesitados de sábanas limpias. Vecinos que se gritaban desde sus balcones, en pantalones de deporte y camisetas holgadas.

El gobierno (algún funcionario que mantenían aún cierto sentido cívico) decretó el fin de las clases en los colegios y la suspensión de las obligaciones laborales. También había alertado de la posible falta de suministro de los considerados, hasta entonces, servicios básicos mínimos. Como la electricidad, la gasolina, medicamentos, agua y alimentos. Alertaba de la ausencia de policía, ambulancias, bomberos y transporte público.

Pero la unión entre los vecinos había solventado cada una de esas carencias. Las familias y los amigos se habían reunido, hermanos que hacía tiempo estaban distanciados, se volvieron a hablar, preparaban la cena juntos, con patatas y huevos, recordaban anécdotas pasadas, secaban la ropa al sol y jugaban a viejos juegos de mesa, como las cartas o el monopoly. Todos compartían el mismo destino y eso los había liberado, hablaban con comodidad, desinhibidos, de temas profundos, filosofía, ciencia, arte, de miedos internos y, resignados, de sueños que ya no iban a cumplir. Se produjeron declaraciones de amor aquí y allá entre amigos, o entre simples desconocidos, se perdonaron y resolvieron pequeñas diferencias entre antiguas amistades. La gente había asumido el trágico destino con naturalidad, a falta de remedio, y había decidido pasar los últimos días de su existencia rodeado del amor y la compañía de sus seres queridos, sin importar más.

La complicidad y la necesidad social habían desarrollado nuevas normas y formas de hacer las cosas, de manera diferente a lo acostumbrado en la ya antigua sociedad. Se hizo innecesario recargar la batería de los teléfonos móviles, las teles estaban apagadas y apenas se hacía uso de los electrodomésticos, por lo que las reservas de electricidad de la ciudad se mantenían estables. Los supermercados se dejaron abiertos y la gente acudía y tomaba solo lo necesario. No tenía sentido acumular comida si en treinta días se iba a acabar el mundo. De este modo las despensas de los supermercados se vaciaban muy lentamente. La gente había tomado costumbre de bajar con botellas de cristal al río y recoger agua fresca del manantial. Disfrutaban esperando su turno, haciendo cola, charlando con otros conocidos y jugando a mojarse. Habían sustituido los coches por las bicis para desplazamientos menores, ya fuese por necesidad o por ocio. Ya no eran necesarios grandes desplazamientos por lo que los coches estaban siempre parados. Y en los casos en los que no había opción, los vecinos hablaban entre sí y se aprovechaba para realizar varios recados en el mismo viaje. Por lo que los surtidores de las gasolineras aún conservaban fuel suficiente.

Se producían poco accidentes domésticos y de escasa gravedad. Siempre alguien conocía a un médico dispuesto a ayudar que acudía raudo ya fuese una quemadura, un corte o alguien que se había caído de una escalera. Así como sucedía con las gasolineras y los supermercados, las farmacias y los hospitales eran accesibles durante todo el tiempo, y como nadie cogía lo que no necesitaba, era fácil encontrar un antibiótico, una venda o unas muletas. De igual modo, entre todos los vecinos y familiares eran capaces de sofocar los pequeños incendios caseros que se producían y ya ningún malhechor se decidía a actuar ni increpar a un individuo por miedo a ser reprendido por todo un barrio de gente saliendo en su defensa.

Algunos no habían soportado la presión, ni asumido el temible desenlace. Se habían suicidado en silencio en sus camas, en soledad. Quizá el fin del mundo trastocaba sus planes cotidianos hasta un punto insoportable. Quizá ya no tenían fuerzas ni ganas antes y el Apocalipsis solo fue una excusa. Otros habían decidido salir de viaje en sus coches o en sus motos para conocer el máximo número de sitios posibles o simplemente visitar algún destino soñado. Habían organizado una fiesta multitudinaria la noche anterior de la partida para despedirse. Otros tantos habían decidido acampar en lo alto de alguna montaña, o en alguna playa a la orilla del mar, para poder observar, desde la primera fila, los pocos atardeceres y amaneceres restantes.

Y así cada uno encontró en qué ocuparse los días antes del apocalipsis. Y vio claro a qué pasiones y a qué gente quería dedicar su tiempo, cuando el tiempo era un bien preciado, finito y escaso. Tan finito y escaso como sucede en nuestros días.

jueves, 3 de agosto de 2017

El mejor verano de mi vida

El mejor verano de mi vida sucede en un pueblo pequeño de pescadores, a las orillas de un mar. Un pueblo con lavandería, puestos callejeros de tacos y consulta médica solo un día por semana. Un pueblo con una playa repleta de tortugas marinas, palmeras inclinadas y chalecos salvavidas descoloridos por el sol. Un pueblo situado en mitad de una frondosa jungla, cerca de cenotes de agua dulce y ruinas arqueológicas antiguas. Un pueblo rodeado de carteles de propiedad privada, una sola autopista y hoteles de lujo. Un pueblo donde puedes pagar en pesos, dólares o euros. Un pueblo lleno de huéspedes, con dos piscinas pequeñas y diez apartamentos en renta. Un pueblo con mosquitos, tarántulas e iguanas. Un pueblo con garrafas de agua de veinte litros, sartenes de hierro y duchas sin presión. Un pueblo de mangos, piñas y aguacates. Un pueblo con música en directo todos los días, alquiler de bicis sin freno y un oxxo en cada esquina. Un pueblo con una laguna donde viven delfines, mantarrayas y peces voladores. Un pueblo con ventilador en el techo, ventanas sin persiana y camas de dos metros de ancho. Un pueblo con esterillas moradas, cintas en las puertas y toallas blanquirrosas. Un pueblo con un solo ordenador para dos, internet lento y mapsme en el teléfono móvil. Un pueblo de repelente de mosquitos, aftersun y cicatricure. Un pueblo lleno de arena pegajosa, cuerdas para tender y destender y hamacas rotas. Un pueblo de caminos de tierra con baches, colectivos con paradas continuas y emisoras de radio con final feliz. Un pueblo con jarras de limonada fría, cafés poco cargados y helados caseros que se congelan. Un pueblo visto a través de máscaras de snorkel, gafas de sol y cámara de fotos sumergible. Un pueblo recorrido en chanclas, riñonera y bañador. El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo así descrito, ya sea con treinta y cinco años o a la edad de diez.

lunes, 31 de julio de 2017

El mejor verano de mi vida

El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo, en la ladera de una montaña. Un pueblo de días en la calle, tardes en el río y noches de manta; un pueblo de jugar en la calle a la pelota y apartarse a un lado cuando aparece un vecino en su coche; un pueblo de no llevar candado en la bici, dejarla tirada en la acera y olvidarse; un pueblo con un solo parque, decorado con una fuente de agua potable, verdes mirtos y babosas nauseabundas; un pueblo donde no hay edades y tres generaciones se juntan a tomar el aperitivo en el único bar que hay; un pueblo de una sola pista de fútbol-sala, siempre abierta, a cualquier hora; un pueblo donde todo el mundo conoce al doctor, al cura y al maestro; un pueblo donde no tienes nombre, tus amigos te ponen un mote y los mayores te conocen como "el de la Juanita"; un pueblo de hogazas, de paseos al huerto para coger tomates y de cocinas de gas; un pueblo de casas con buhardilla, llenas de tíos y primos, con la puerta siempre abierta y las sillas sacadas a la calle; un pueblo de paellas en la vera, melocotones que huelen a fruta y guindas cogidas de lo alto de los árboles; un pueblo de perros callejeros sin correa, de jugar a las chapas, al escondite y al salto al pollo; un pueblo con un camino hacia el río lleno de moras, ortigas y lagartijas; un río de agua fría y transparente, piedras grandes y redondas y bocadillos de chorizo envueltos en albal; un pueblo de cenas en familia y paseos nocturnos con helado de chocolate; un pueblo con noches de estrellas, luciérnagas y colchones tirados en el suelo. El mejor verano de mi vida sucede en un pequeño pueblo así descrito, ya sea a la edad de diez años o con treinta y cinco.

lunes, 10 de julio de 2017

La vida de los peces

Un exitoso hombre de negocios estaba disfrutando de una merecida semana de vacaciones en una paradisiaca zona de costa. Al tercer día sintió curiosidad por un pescador local al cual había estado observando.

- Todos los días a media mañana le veo venir con un cubo, echar la caña, pescar media docena de peces y regresar por el camino del muelle, caminando tranquilo. ¿Tiene suficiente con esos peces? -preguntó el inquieto hombre de negocios.

- Así es -respondió el pescador- son para mi familia. Al llegar a casa, los cocino a fuego lento a la espera de que lleguen mis hijos del colegio. Después nos echamos la siesta mi mujer y yo, para apaciguar las horas de más calor. Ya por la tarde, les ayudamos con las tareas o jugamos con ellos. Y a la hora de la puesta de sol, salimos todos juntos a dar un paseo frente a la bahía y conversamos. Y así, todos los días.

- No cabe duda de que es usted un experto pescador -añadió el hombre de negocios-. Debería usted venir no con uno, sino con dos cubos y pescar el doble de peces. Así podría vender el sobrante y ganar algo de dinero.

- ¿Y para qué querría más dinero? -se mostró extrañado el pescador.

- Con el dinero que gane podría comprar una segunda caña, y pescaría el doble de peces en el mismo tiempo -siguió con lógica deducción el hombre de negocios-. Así podría ganar aún más dinero.

- ¿Y para qué querría más dinero? -seguía confuso el pescador.

- Pasados unos meses, con el dinero que hubiese ganado podría comprar una barca y una red, adentrarse en el mar y pescaría muchos más peces. Así ganaría más dinero.

- ¿Y para qué querría más dinero? –continuaba sin comprender el pescador.

- En diez años con el dinero ahorrado podría comprar más barcas y más redes, subarrendarlas y así otros trabajarían para usted y ganaría más dinero -el hombre de negocios empezaba a mostrarse eufórico.

- ¿Y para que querría más dinero?

- En quince o veinte años, con la reputación adquirida podría sacar su empresa a bolsa. A la vista de los buenos resultados asegurados sus acciones subirán como la espuma y finalmente podría vender todas sus participaciones. Así se haría millonario y no tendría nunca más que volver a trabajar -sentenció con aire triunfador el hombre de negocios.

- ¿Y qué haría entonces? -dijo el pescador sumergido en una gran duda.

- Pues llegado ese día, usted podrá dedicarse a lo que más le guste, como pescar, cocinar para su familia, jugar con sus hijos, pasear con su mujer, conversar...

- Esta bien, muchas gracias por el consejo, pensaré en ello -sentenció el pescador-. ¡Que tenga un buen día!

- Igualmente -dijo el hombre de negocios con la palabra en la boca.

sábado, 8 de julio de 2017

Prœposiciones

A,ante,bajo,
cabe,con,contra,
de,desde,que,te,conozco,
todo,es,luz

domingo, 18 de junio de 2017

Decadencia


Detuvo sus pasos, levantó la mirada y vio el color pálido de la fachada desgastada; las grietas dispersas por las paredes de ladrillos sucios, cubiertas de moho y humedad; los marcos de madera podrida de las ventanas, con sus cristales rotos custodiados por oscuros tablones de veta lisa, o simplemente por plásticos arrugados; las barandillas oxidadas de hierro forjado de los balcones; las tejas de cerámica rotas que asomaban amenazantes en lo alto del edificio; los trazos sin arte ni sentido hechos con spray negro barato; los cables chamuscados del tendido eléctrico que recorrían la fachada sin orden, ni destino, ni función; los canalones cubiertos de agua putrefacta, atascados por las hojas secas de otoño.

jueves, 18 de mayo de 2017

NS/NC

 "Stretch.
Don't feel guilty if you don't know what you want to do with your life.
The most interesting people I know didn't know at 22 what they wanted to do with their lives.
Some of the most interesting 40-year-olds I know still don't."


La naturaleza me equipó con unos ojos bonitos y una mente analítica. De los primeros siempre he disfrutado y sacado provecho; de la segunda me ha llevado algo más de tiempo acostumbrarme y darle un uso adecuado. Una mente observadora y deductiva, analiza todo lo que ocurre a su alrededor y saca conclusiones. Una mente así se siente confiada y se adapta con facilidad a cualquier situación; aunque en ocasiones puede pecar de intransigente. Lo que a primera vista puede parecer un don, sin reparo alguno, en ocasiones actúa como una maldición. Algunas veces me gustaría ser un poco más tonto y no darme cuenta de ciertas cosas. Con frecuencia he cedido a mi mente el mando de mi vida. Me ha demostrado tomar buenas decisiones y eso me ha permitido delegar en ella en los asuntos importantes; y en los menos relevantes también. Ahora a mis treinta y tantos, siento que algo está cambiando. Hay una nueva opción entre las respuestas a las preguntas del test de la vida en la que antes no había reparado. No sabe, no contesta. Antes era incapaz de imaginar que alguien, ante una decisión importante en su vida, pudiese optar por esta respuesta, sin saber qué hacer o decir, sin analizar la situación ni las posibles salidas. Algo inimaginable en mí.

Habla un viejo proverbio chino, quién sabe, sobre un hombre agraciado al que le cayó en sorteo un caballo; desgraciado porque rompió una pierna cabalgando; agraciado de nuevo porque vino la guerra y le declararon no apto para pelear. Así sucede a menudo, los contratiempos tornan en dichas y las fortunas en desgracias. Cuando creíamos que la respuesta correcta era la A, sin duda alguna, resulta que era la B. En ese caso, la tercera opción, no sabe/no contesta, se convierte en una garantía. Bien por no entender la pregunta, por no saber la respuesta o por otros motivos sin especificar. Esto funciona solo para las cosas importantes, a saber, trabajo, dinero, estudios,... De nada sirve invertir tiempo y análisis en problemas sobre los que desconocemos variables. Es cierto que genera incertidumbre y da un valor aleatorio al futuro, pero esa eventualidad ya estaba antes de tomar nuestra decisión y seguirá, con toda seguridad, después aún camuflada. Quizá en este caso nuestra intuición a través de la experiencia sea la mejor aliada.

Cuanto menos claro tengo el futuro de las cosas consideradas "importantes" de mi vida, más claro y transparente veo el presente de las cosas menos importantes. En las preguntas de calado menor, tengo clara la respuesta. Sí sé, sí contesto. Sé que me gusta tocar el piano, patinar, ir a la montaña, escribir, viajar. Ya no dedico tiempo a lo que no me apasiona. Quizá, me he vuelto un poco radical, me apasiona o no me gusta, no hay medias tintas. Y si tengo dudas, recurro a una teoría americana, un tanto pretenciosa, acerca de la aceptación de proyectos. Si dentro de mí suena una Fuck yeah! entonces estoy dentro. Si no es así, lo dejo aparcado. Hay grandes ideas que llegan en momentos inoportunos, y malas ideas que llegan en momentos adecuados. Es por eso que ahora mi mente delega en mí algunas decisiones. Ha aprendido a fiarse y ver a través de mis bonitos ojos.

El primo Ángel

Ángel Sancho Yáñez es el menor de 5 hermanos, nacido el 21 de abril de 1942 en el pueblo de Balazote, provincia de Albacete. De familia con fuerte tradición agrícola, empezó a trabajar las tierras de su padre desde muy temprana edad, perdiendo interés por los estudios académicos obligatorios, al contrario que sus hermanos, todos ellos universitarios. De carácter afable y obstinado, heredó la tierra y el trabajo de su padre. En contra del consejo de sus hermanos, rechazó una suculenta oferta por los terrenos y se centró exclusivamente en la plantación de cebada. Trabajando de sol a sol, reintrodujo técnicas tradicionales de sembradío, algunos procesos manuales; desterró los abonos químicos y minimizó el uso de la maquinaria. Elaboró una marca propia de cerveza artesanal, de fuerte sabor agrio con triple destilado y aroma aceitunado; cerveza rurale, marca que vendió en 1999 a la cervecera extranjera del Grupo Modelo por 500 millones de pesetas. Desde entonces, sin oficio aparente más que jugar a las cartas y largos paseos acompañado de sus perros, sigue viviendo en su pueblo natal, en la casa familiar, vistiendo las mismas camisas típicas de labranza y, a la hora del aperitivo, siempre pide una cerveza rurale, cerveza que critica a cada sorbo, por el giro industrial de su sabor.

miércoles, 19 de abril de 2017


¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar?
Eso depende de a dónde quieras ir —respondió el Gato.
Lo cierto es que no me importa demasiado a dónde... —dijo Alicia.
Entonces tampoco importa demasiado en qué dirección vayas... —contestó el Gato.
...siempre que llegue a alguna parte —añadió Alicia, tratando de explicarse.
¡Oh, te aseguro que llegarás a alguna parte —dijo el Gato— si caminas lo suficiente!.

Un instante

Un instante mágico, a mitad de camino en el transbordo de una estación de metro. Vislumbro un ejército de personas que caminan con la cabeza agachada. Autómatas en silencio. Luz artificial de halógenos. Voy con paso firme, camino de mi destino. Suena un violín, melodía dulce. Sonrío. La música me inspira complicidad. Se eleva entre las siluetas inanimadas. Me detengo a escuchar con todo mi cuerpo. El sol me espera fuera. Una pausa en el camino. Puedo esperar, sé a dónde me dirijo.

martes, 28 de febrero de 2017

La semana laboral de 4 horas

La semana laboral de 4 horas. Tim Ferriss.
¡Ha llegado el momento de que controle su tiempo y su vida!
 
Pues un libro escrito por un 'flipaillo' pero que llena de energía y motiva a actuar. Estructura del libro dividida en Definición (Todo lo comúnmente aceptado como cierto es falso), Eliminación (80/20 y ley de parkinson), Automatización de negocios (autoproducción, estructura virtual sostenible) y Liberación. "A pesar de la creencia habitual, los mayores placeres y los grandes viajes no están reservados a los millonarios, sino a quienes se deciden por ellos." Conceptos como mini-jubilaciones, dueño de su propio tiempo, yourmaninindia,...