
Mi "mejor amigo" (sí, ya se que es un término más propio de épocas adolescentes), me regaló un libro hace unos años. Tenía dos ejemplares en su casa, porque su madre y él lo compraron ambos sin consultarse. "Cuando leí este libro me acordé de ti" - me dijo. El caso es que, lo que en un principio parecía una liberación de stock, una sóla frase lo convirtió en una intrigante aventura personal. Así es mi mejor amigo, con una sóla palabra o gesto, es capaz de cambiar todo su entorno, para mejor, para mucho mejor. Él sí es un auténtico maestro alquimista.
Estudié una carrera universitaria versión lite, de tres años. Es decir, una demo de la carrera completa de cinco años. Ingeniería técnica, lo llamaban. No me costó mucho, la verdad. Al final del tercer año ya sólo me faltaban por aprobar dos asignaturas y el proyecto fin de carrera. Al final del cuarto año, conseguí superarme, y aprobé una de las dos asignaturas. Por fin, al final del quinto año, hice cumbre.
Durante esos dos últimos años de "excelencia académica", además de no-ir a la universidad, dos actividades ocupaban todo mi tiempo. La primera de ellas, un trabajo de becario, que a la postre marcaría mi camino profesional. Y la segunda, la que mas tiempo me ocupaba, mi vida en un colegio mayor. Algún día explicaré, con todo detalle, por qué creo que debería ser obligatorio y subvencionado, para todo estudiante, pasar al menos un año de su vida en un colegio mayor. No more comments.
Después de ese quinto año, lleno de excesos y desajustes, mi mejor amigo insistió en que debíamos seguir estudiando. Mi contraoferta fue irnos a trabajar al extranjero. Creo que ni se le pasó por la cabeza. La zona de alonso martinez y su dial 88.2 ejercía una influencia casi telúrica que desvarató mis intenciones migratorias. Así que sólo quedaba por decidir qué estudiar. En ese punto no nos pusimos de acuerdo. Él quería complementar nuestro curriculum universitario con una carrera de letras o ciencias mixtas, y yo quería completarlo, terminando los dos años de la versión completa de la primera carrera universitaria, es decir, estudiar el ciclo superior.
Para desarrollar esos dos años adicionales de estudio tenía dos opciones ante mi. Nunca la vida te suele mostrar tan claramente como en este caso, cuál es la opción buena y cuál es la mala. La opción mala era una universidad situada al sur de madrid, a más de una hora de reloj, en el mejor de los casos, de mi colegio mayor. La opción buena era una universidad que estaba a tres minutos andando, literalmente, de mi colegio mayor "no more comments". El único inconveniente para acceder al paraiso, la opción buena, la pastilla azul, era mi expediente académico, en su vertiente temporal. El tiempo dedicado en terminar los tres primeros años era un criterio fundamental para permitir mi acceso al segundo ciclo en esta universidad. Mis dos ultimos años de no-estudio, si-becario y claro-que-si-colegio-mayor me cerraban las puertas.
Ahora menos, pero antes no me gustaba nada en absoluto que las cosas no saliesen como yo quería. Caprichoso, creo que es el término que recoge el diccionario. Así pues, urdí una completa estrategia llena de medias verdades, caras de pena y consecuencias dramáticas para conseguir abrirme las puertas y conseguir el acceso a mi mejor opción. Y fui ascendiendo poco a poco en el escalafón burocrático a base de insistencia y silencios incómodos. Desde el becario que recogía las solicitudes de acceso, pasando al becario jefe de los becarios que recogían las solicitudes de acceso, llegando, a través de sus secretaria, a la encargada del departamento de admisión y, a través de ésta, tras dos pasos intermedios más, a la secretaria del mismísimo rector de la universidad. Por fin conseguí dos cosas. Una, ganarme el cariño (lástima) de toda la oficina del rector, apoyaban mi causa y de qué manera. Y dos, una cita con el rector. Sentía el sabor de la victoria, el éxito, tocaba el cielo.
Y llegó el día de la cita y el rector ni siquiera me recibió en su despacho. Salió al pasillo para que yo no entrase y así no tuviera que echarme, suponiendo que me pondría insistente (pesado). Delante de toda la oficina, mi entregado público, me contó una sarna de estupideces; me habló de favores, de normas y hasta de discapacitados y la discriminación positiva que tanto le "molestaba". En aquel momento, mientras intentaba asimilar mi inesperada y estrepitosa derrota, no pude ni supe reaccionar ante aquel hombre y su conjunto de argumentos absurdos y nada coherentes.
A veces he pensado en acercarme de nuevo a aquella oficina, años después, y explicarle que hoy entiendo por qué no podía acceder a mi petición académica, pero que su trato y forma de actuar fue lamentable, fuera de lugar y nada educativa. Supongo que ser persona no lo enseña ninguna universidad. Es tan importante saber actuar tanto en las situaciones más desfavorables para nosotros, como en aquellas en las que tenemos una clara ventaja sobre los demás. Honestidad, creo que es el término que recoge el diccionario.
Ese día aprendí muchas cosas. Aprendí que el abono transporte de la zona b1 de madrid, donde se encontraba la universidad sur, costaba más de cinco mil pesetas. Y aprendí, también, que las cosas se pueden cambiar. Aquel día no lo conseguí, pero vi la forma de hacerlo, vi el camino. Creer en algo y luchar por ello. Eso es lo único invariable, todo lo demás sí se puede cambiar.
El libro que me regaló mi mejor amigo me lo lei en un par de horas. Es un libro pequeño, pero lleno de lecciones vitales y frases universales. Trataba de un pastor que creía tener un destino y luchaba ante mil adversidades para llegar a él. Al cabo de unos días, le pregunté a mi amigo si a él le había gustado el libro. Me dijo que sí, salvo en que no creía que las personas tuviesemos un destino prefijado. Me dijo que cada persona es capaz de poder elegir su destino en cada momento. Dicho así no pude revatirlo, así que me quedé con la esencia de la historia, de ambas historias.
El rector y el pastor para mi representan la capacidad de lucha, de fe, de cambio, de no resignación ante nada, de convertirse en arena en mitad del desierto, de esperanza, de permanecer atento y despierto ante aquellas cosas que no salen como esperamos.
Un año después de vagabundear por los arrabales sur de madrid, decidí cambiar mi perspectiva académica y seguí los pasos que había tomado mi sabio amigo en el mundo de las ciencias administrativas. Grandes años estaban por llegar.
Ya voy, Fátima -dijo el muchacho.
El otro día, un amigo mío mantuvo una conversación con su novia (en diferido, vía muro) por facebook. Era algo trivial, no recuerdo bien. -¿Necesitas algo? -Traeme esto o aquello... Me llamó la atención.


Érase una vez una niña que era muy maja y se llamaba Vicky. Un día se encontró un perro hablador entre los arbustos de su jardín. Vicky se extrañó porque era como mágico, y de pronto dice: -Hola. Entonces Vicky se quedó alucinada, como al lado de su casa hay una tienda de animales, sucia y medio abandonada fue a ver, entro y era tan bonita que se quedó más y se fijó tanto que descubrió que era una tienda mágica. Dejó al perro y fue a verle todos los días.
Esta mañana me levanté temprano. ¡Bien! Desperezarse con todo el tiempo del mundo, sin prisa alguna, es agradable. Llegué al baño y tras aplicarme espuma me dispuse a afeitarme. Con la primera incisión de la cuchilla me corté... en la nariz. Sí, sí, en la nariz. No dispongo de moviola para ver qué cojones he hecho para cortarme en la nariz. Y claro, me he puesto a sangrar como un cerdo el día de su calvario gastronómico. Pensé que hoy no sería un buen día. Porque hay días que sí, y días que no.
Un amigo mío me envió una invitación virtual para poder instalarme un programa de música online. En ese momento no le hice mucho caso, pero a día de hoy este programa me ha conquistado. Os hago extensible aquí la invitación (a modo de panfleto publicitario).

A lo largo de la vida, ¿con cuántas personas llegamos a cruzarnos? Un número, ¿100, 500 , 2.000,...? Me refiero a personas con las que, en algún momento, ya sean segundos, minutos, meses o años, con mayor o menor grado de intensidad, hemos compartido un rato de nuestra vida.
Nunca consigo entender las canciones en inglés. Siempre he pensado que rechazar dos becas de estudio en Inglaterra, durante dos veranos seguidos allá por el año 95 (por una chica, claro está), fue y es la principal causa de mi no-bilinguismo crónico. Ya sé, el ser humano, las oportunidades perdidas, los caminos no tomados... todas esas estupideces.






No podía encontrar una manera mejor de comenzar este blog. Viendo este video, uno se siente capaz de cualquier cosa.