Me he mudado a esta dirección, allí te espero con nuevos recursos y el mismo espíritu de aprendizaje y crecimiento.
lunes, 14 de agosto de 2023
viernes, 20 de enero de 2023
IDEA: Es la última vez que vengo aquí.
CEREBRO: Basta de fingir: ¿Quién eres realmente?
IDEA: ¿No lo sabes? Fuiste tú quien me creó.
CEREBRO: No recuerdo haber tenido una idea como tú.
IDEA: Solo existo porque tú me piensas.
CEREBRO: Pienso y despienso con velocidad eléctrica.
IDEA: ¿Insinúas que me piensas de forma inconsciente?
CEREBRO: No insinúo, me afirmo. ¡No sé qué haces aquí dentro!
IDEA: ¿Quieres que me vaya?
CEREBRO: Para mí, nunca llegaste.
IDEA: Está bien, si dejas de hablarme, me desvaneceré.
CEREBRO: Eres tú quien me habla a mí.
IDEA: Pero eres tú quien me ordena qué decir.
CEREBRO: Pues te ordeno que te marches.
IDEA: No es así como funciona.
CEREBRO: ¿Ahora eres tú quien toma las decisiones?
IDEA: Ya te lo he dicho: yo sin ti no puedo ser.
CEREBRO: Me vas a volver loco.
IDEA: Loco ya estabas por tener ideas que ni tú mismo reconoces.
CEREBRO: Dime qué puedo hacer para sacarte de mí.
IDEA: Dime tú qué puedo hacer para salir de aquí.
CEREBRO: Eres tú quien entró sin previo aviso y no haces más que molestar.
IDEA: Cierra los ojos. Quizá funcione.
Cerebro cierra los ojos.
CEREBRO: ¿Ha funcionado?
IDEA: Sí.
CEREBRO: Si no sigues aquí, ¿por qué me respondes?
IDEA: Porque me volviste a traer.
CEREBRO: Yo ni te traigo, ni te llevo. Tan solo te padezco.
IDEA: ¿Soy una enfermedad?
CEREBRO: Me produces angustia.
IDEA: Deja el corazón tranquilo.
CEREBRO: Me revuelves el estómago.
IDEA: Tú no tienes de eso.
CEREBRO: Yo tengo de todo.
IDEA: También ideas como yo.
CEREBRO: No quiero tener ideas como tú.
IDEA: Por eso es la última vez que vengo.
CEREBRO: Entonces márchate ya y déjame en paz.
IDEA: Eres tú quien no me deja.
CEREBRO: ¿Adónde irás cuando te vayas?
IDEA: No me puedo ir a ningún sitio.
CEREBRO: ¿Entonces?
IDEA: Simplemente, desapareceré.
CEREBRO: Hay más cerebros.
IDEA: Tendrán sus propias ideas.
CEREBRO: Ve con ellas.
IDEA: Ya te he dicho que no puedo. Te pertenezco a ti solo.
CEREBRO: Necesito pensar en otras cosas.
IDEA: Está bien. Me sentaré aquí para esperar.
CEREBRO: Si haces eso me sentiré observado.
IDEA: Eres tú quien me observa, por eso no me puedo marchar.
CEREBRO: Si dejo de fijarme en ti, ¿te morirás?
IDEA: Sí.
CEREBRO: Tampoco quiero eso.
IDEA: Tranquilo, fui feliz.
Aparece otra idea en el escenario.
CEREBRO: ¡Tú!
IDEA: Es la última vez que vengo.
CEREBRO: ¿Otra vez aquí?
¡NO ERA UNA CAJA!
Bajo mis pies se abra la tierra y desaparecer.
Heme aquí entre los hombres y las mujeres,
puesta por el divertimento de los dioses.
Juego de los unos, esclava de las otras.
Pandora, ven aquí,
Pandora, guarda esto.
Pandora, trae aquello.
Ni una sola caricia en las palabras.
Guardo, traigo y voy
cargada de ánforas, de rabia
y de curiosidad.
En tanto que una se me cae
y se hace añicos.
Cómo iba yo a saber si de aceite,
de miel o de manzanas,
y no de aquellas molestias vertidas.
Reúno con la escoba los despojos.
Sé lo qué dirán de mí, por la calle.
Pandora, torpe.
Pandora, fisgona.
Pandora, inoportuna.
Las manchas, las del suelo y en mi nombre,
no se borran. Y no dejo de pensar
por qué nadie me advirtió.
Pandora, ¡ten cuidado!
jueves, 19 de enero de 2023
INFRAEXTENSIÓN
A UNA TRANSEUNTE
«Car j’ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais»
Bauldeaire
Ernesto García sucumbió a la fantasía en la mañana de un martes cualquiera. Bien sabía él que la vida sin ilusión era una vida en blanco y negro. Una vida mate, desenfocada, como una pizza sin ingredientes, como un túnel de autopista, como un domingo lluvioso sin ventana. La mañana era industrial y rutinaria, sin adornos, con sabor a comida recalentada. Fue sentado en el último vagón de aquel tren cotidiano que tomaba cada día, envuelto en una gabardina gris y con un maletín gastado sobre sus piernas, cuando su mirada la descubrió. El vagón y su cabeza se llenaron de colores. Del verde de su abrigo, del azul de sus ojos, del naranja de su piel, del amarillo de la portada del libro que sujetaba con sus manos y leía, con la misma atención con la que los niños atienden al mago en mitad de la actuación. Ernesto cerró los ojos y soñó así.
—Me llamo Ernesto y mi poeta favorita es Emily Dickinson.
Entonces ella, después de asegurar la última página leída con los dedos, levantaría la mirada y sonreiría. Él se volvería de mantequilla ante aquella sonrisa y el vagón olería a pan reciente. El gorgojeo de unos pájaros en primavera traería el nombre de ella a sus oídos. El resto de los pasajeros desaparecería y al fondo del vagón, empezaría el atardecer. El sol caería lentamente hacia las vías, mientras ambos se recitarían poemas nunca antes escuchados. Los asientos se volverían de algodón y, hechos cama, la noche caería a través de las ventanillas del tren. Sus cuerpos se rasgarían entre metáforas y deseos y el techo del vagón se cubriría de estrellas y secretos. La próxima estación les cogería desprevenidos, cinco años después, frente a una chimenea con olor a leña de encina, en una casa de campo con parras de tomate y limoneros, trapos en la cocina, entre críos ingobernables y un perro juguetón. Algunos años después, la casa alcanzaría la orilla y se echaría a la mar y él y ella, flotando en felicidad, descubrirían todas las islas perdidas, esas que nunca salen en los mapas y están llenas de tesoros, estanques y palmeras. Tumbados en sus playas y con el corazón recubierto de arena blanca y seda, se escribirían cartas de amor y emergerían soles en el cielo de las noches, así de tanta que sería la luz y la pasión. Los océanos rugirían descosidos y les traerían regalos y el tiempo se postraría dócil y amplio. Sacudidos por tanta atención, ella y él echarían alas para poder así alejarse con los vientos, encender el celeste calmo y saltar de nube en nube, ascendidos, con el pelo blanquecino y calado por los años y la humedad. Se secarían con la lluvia y cubrirían los campos de la Tierra con su dicha y los recuerdos. Ya vividos y completos, tan cerquita del cielo como estarían, le hablarían un ratito a Dios para solicitar hospedaje y cobijo entre sus prados de flores y ambrosía con olor a eternidad. Con el tacto consumado y satisfecho, podrían así desaparecer en más allá y ser inmensos para siempre.
Así soñó Ernesto en el vagón aquella mañana, con tan intensa medida, que se perdió la realidad. Al abrir los ojos ya no estaban ni el sueño ni la chica. Frente a él, tan solo un hueco y la decepción de aceptar que no habría poemas con ella, ni chimeneas encendidas, ni limoneros, ni mares que cruzar, tampoco islas escondidas, ni aguas que llover, ni vientos que soplar, ni cielos donde dormir; solo un martes protocolario, sin azúcar, operativo, como el manual de instrucciones de un electrodoméstico, como una guía con las normas de seguridad en un avión, como un almuerzo con cubiertos de plástico. Cabizbajo y sin expectativas, Ernesto se puso en pie, abrochó dos botones de su gabardina y salió del vagón sin percatarse de que alguien lo esperaba ansioso en el andén, igual que los caminos anhelan al viajero.
—Me llamo María y mi poeta favorita es Emily Dickinson.
miércoles, 21 de diciembre de 2022
Libros 2022
martes, 24 de mayo de 2022
Ensayo sobre el arte de las palabras
«Como si, al escribir, cada línea que trazo en la página con el bolígrafo se cubriera de moho y cada página que dejo atrás, cubierta con mi escritura, se abarquillara, amarilleara y se retorciera como una hoja seca. Pero yo seguiría escribiendo igualmente cada vez más rápido, para que no me arrastren el desastre y la desgracia.»
Cărtărescu
Es difícil saber por qué uno coge un papel blanco y un bolígrafo y se pone a escribir el primer desvarío que pase por su cabeza. Absténgase el lector de buscar una razón científica en este texto. Ni científica, ni racional, ni lógica. Ni siquiera, meditada. Tan solo me propongo, a través de estas líneas, reflexionar y entender(me) el porqué de tan extraña necesidad, de tan extraño impulso de convertir los pensamientos en grafías. A priori, estaremos de acuerdo, que todo acto de escribir busca ser leído o leer(se), al menos por uno mismo. Pero el yo interior se revuelve en mi sillón mental y me lanza una pregunta inquietante. ¿Escribiría si tuviese la certeza de que nadie me leerá nunca? Sería esta una escritura cuya tinta se desvanece al tocar el papel como nos indica líricamente Cărtărescu en la cita inicial usada en este texto. La pregunta envuelve una respuesta de sencillez binaria. Sí o no. Conozco bien la respuesta de algunas de mis compañeras de estudio. Dos bandos diferenciados, dos tendencias marcadas. Incluso sé de alguna que dejaría de escribir si presintiese que sería leída.
Y yo, generador de estos vientos ensayísticos, qué respondería. Acudo a voces pretéritas de autoridades literarias. A los primeros dramaturgos y filósofos griegos que escribían por y para la belleza (exiliada en la actualidad según las reflexiones de Camus). La belleza entendida como un motor de vida, como un gas que necesita expandirse y ocupar todos los espacios. La belleza entendida a través del amor. El amor a Helena y a los atardeceres. El amor disparado por la flecha de Ovidio. «Ahí tienes, poeta, el asunto que debes cantar». Cantos que necesitan escribirse con letras de eternidad. El amor como placer y la «infinita capacidad de goce» y las «intolerables ansías de escribir» que sentía Virginia. A Chloe le gustaba Olivia. ¿Acaso puede el lector encontrar construcción más hermosa? Desfiladeros en miradas imposibles de cruzar.
lunes, 7 de febrero de 2022
Los viejos discos de vinilo
miércoles, 26 de enero de 2022
SU AMOR NO ERA SENCILLO
Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era solo por eso que fornicaban en los umbrales.
Benedetti
EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A LADRAR
Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.
¿Cómo amar entonces sin comunicarse?
Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.
Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.”
Benedetti
EL SEXO DE LOS ÁNGELES
Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.
Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.
Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: “Semilla”, Ángela, para atizarlo, responde: “Surco”. Él dice: “Alud” y ella, tiernamente: “Abismo”.
Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.
Ángel dice: “Madero”. Y Ángela: “Caverna”.
Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.
Él dice: “Manantial”. Y ella: “Cuenca”.
Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.
Ángel dice: “Estoque”, y Ángela, radiante: “Herida”. Él dice: “Tañido”, y ella: “Rebato”.
Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.
Benedetti
EL ALBATROS
A menudo, para divertirse, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, vastos pájaros de los mares,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al barco que se desliza sobre los amargos abismos.
Apenas los arrojan sobre las tablas de cubierta,
Que estos reyes del azul, torpes y avergonzados,
Dejan que sus grandes alas blancas se arrastren
Penosamente al igual que remos a su lado.
Este viajero alado, ¡qué torpe y débil!
Él, otrora bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Aquél quema su pico con una pipa,
Otro imita, cojeando, al inválido que una vez voló!
El Poeta se asemeja al príncipe de las nubes
Que frecuenta la tormenta y se ríe del arquero;
Exiliado sobre el suelo en medio de las burlas,
Sus alas de gigante le impiden ya marchar
Baudelaire
L’ALBATROS
Souvent, pour s’amuser, les hommes d’équipage
Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
Qui suivent, indolents compagnons de voyage,
Le navire glissant sur les gouffres amers.
À peine les ont-ils déposés sur les planches,
Que ces rois de l’azur, maladroits et honteux,
Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches
Comme des avirons traîner à côté d’eux.
Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule !
Lui, naguère si beau, qu’il est comique et laid !
L’un agace son bec avec un brûle-gueule,
L’autre mime, en boitant, l’infirme qui volait !
Le Poëte est semblable au prince des nuées
Qui hante la tempête et se rit de l’archer ;
Exilé sur le sol au milieu des huées,
Ses ailes de géant l’empêchent de marcher.
El infinito
Siempre caro me fue este yermo cerro
y esta espesura, que de tanta parte
del último horizonte el ver impide.
Mas sentado y mirando, interminables
espacios a su extremo, y sobrehumanos
silencios, y hondísimas quietudes
imagino en mi mente; hasta que casi
el pecho se estremece. Y cuando el viento
oigo crujir entre el ramaje, yo ese
infinito silencio a este susurro
voy comparando: y en lo eterno pienso,
y en la edad que ya ha muerto y la presente,
y viva, y en su voz. Así entre esta
inmensidad mi pensamiento anega:
y naufragar en este mar me es dulce.
Giacomo Leopardi
Para ti, que has sentido...
Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno,
y que has visto las nubes de nieve entre la niebla
y copas de olmos negros entre estrellas heladas,
será la primavera un tiempo de cosecha.
Para ti, que has tenido como libro la luz
de la sombra suprema con la que te nutrías
una noche tras otra cuando no estaba Febo,
será la primavera una triple mañana.
Que el saber no te angustie: yo no tengo ninguno,
Y sin embargo el canto me brota con pasión.
Que el saber no te angustie: yo no tengo ninguno,
Pero la Tarde escucha. Aquél que se entristece
Pensando en la indolencia no puede estar ocioso,
Y despierto se encuentra quien se crea dormido.
John Keats
O thou whose face hath felt the Winter’s wind,
Whose eye has seen the snow-clouds hung in mist,
And the black elm tops, ’mong the freezing stars,
To thee the spring will be a harvest time.
O thou, whose only book has been the light,
Of supreme darkness, which thou feddest on
Night after night, when Phoebus was away!
To thee the Spring shall be a triple morn.
O fret not after knowledge. I have none,
And yet my song comes native with the warmth.
O fret not after knowledge! I have none,
And yet the Evening listens. He who saddens
At thought of idleness cannot be idle,
And he’s awake who thinks himself asleep
Tic—tic, tic—tic...
En mi estancia, iluminada
por esta luz invernal
—la tarde gris tamizada
por la lluvia y el cristal—,
sueño y medito.
Clarea
el reloj arrinconado,
y su tic—tic, olvidado
por repetido, golpea.
Tic—tic, tic—tic... Ya te he oído.
Tic—tic, tic—tic... Siempre igual,
monótono y aburrido.
Tic—tic, tic—tic, el latido
de un corazón de metal.
En estos pueblos, ¿se escucha
el latir del tiempo? No.
En estos pueblos se lucha
sin tregua con el reló,
con esa monotonía
que mide un tiempo vacío.
Pero ¿tu hora es la mía?
¿Tu tiempo, reloj, el mío?
Machado
[Machado]
Canto y cuento es la poesía.
Se canta una viva historia,
contando su melodía.
***
La rima verbal y pobre,
y temporal, es la rica.
El adjetivo y el nombre,
remansos del agua limpia,
son accidentes del verbo
en la gramática lírica,
del Hoy que será Mañana,
del Ayer que es Todavía.
***
Cuando recordar no pueda,
¿dónde mi recuerdo irá?
Una cosa es el recuerdo
y otra cosa recordar.
***
“¿Qué es amor?”, me preguntaba
una niña. Contesté:
“Verte una vez y pensar
haberte visto otra vez.”
***
Señor, me cansa la vida,
tengo la garganta ronca
de gritar sobre los mares,
la voz de la mar me asorda.
Señor, me cansa la vida
y el universo me ahoga.
Señor, me dejaste solo,
solo, con el mar a solas.
***
Por todas partes te busco
sin encontrarte jamás,
y en todas partes te encuentro
sólo por irte a buscar.
***
¡Este insomne sueño mío!
Tan pobre me estoy quedando
que ya ni siquiera estoy
conmigo, ni sé si voy
conmigo a solas viajando.
***
¡Este placer de alejarse!
Yo, para todo viaje
—siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera—,
voy ligero de equipaje.
***
No está mal
este yo fundamental,
contingente y libre, a ratos,
creativo, original;
este yo que vive y siente
dentro la carne mortal
¡ay! por saltar impaciente
las bardas de su corral.
«Embriagaos»
Hay que estar siempre ebrio. Todo se reduce a eso; es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo, que os destroza los hombros doblegándoos hacia el suelo, debéis embriagaros sin cesar.
Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como os plazca. Pero embriagaos.
Y si alguna vez os despertáis en la escalinata de un palacio, tumbados sobre la hierba verde de una cuneta o en la lóbrega soledad de vuestro cuarto, menguada o disipada ya la embriaguez, preguntadle al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, canta o habla, preguntad qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj os contestarán: «¡Es hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, embriagaos; ¡embriagaos sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como os plazca.»
Charles Baudelaire
«Enivrez-Vous»
Il faut être toujours ivre. Tout est là: c’est l’unique question. Pour ne pas sentir l’horrible fardeau du Temps qui brise vos épaules et vous penche vers la terre, il faut vous enivrer sans trêve.
Mais de quoi? De vin, de poésie, de vertu, à votre guise. Mais enivrez-vous.
Et si quelquefois, sur les marches d’un palais, sur l’herbe verte d’un fossé, dans la solitude morne de votre chambre, vous vous réveillez, l’ivresse déjà diminuée ou disparue, demandez au vent, à la vague, à l’étoile, à l’oiseau, à l’horloge, à tout ce qui fuit, à tout ce qui gémit, à tout ce qui roule, à tout ce qui chante, à tout ce qui parle, demandez quelle heure il est; et le vent, la vague, l’étoile, l’oiseau, l’horloge, vous répondront: « Il est l’heure de s’enivrer! Pour n’être pas les esclaves martyrisés du Temps, enivrez-vous; enivrez-vous sans cesse! De vin, de poésie ou de vertu, à votre guise.»
Yo voy soñando caminos...
Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-la tarde cayendo está-.
"En el corazón tenía
"la espina de una pasión;
"logré arrancármela un día:
"ya no siento el corazón".
Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
"Aguda espina dorada,
"quién te pudiera sentir
"en el corazón clavada".
Machado
A una transeúnte
La calle ensordecedora alrededor mío aullaba.
Alta, delgada, enlutada, dolor majestuoso,
Una mujer pasó, con mano fastuosa
Levantando, balanceando el ruedo y el festón;
Ágil y noble, con su pierna de estatua.
Yo, yo bebí, crispado como un extravagante,
En su pupila, cielo lívido donde germina el huracán,
La dulzura que fascina y el placer que mata.
Un rayo... ¡luego la noche! — Fugitiva beldad
Cuya mirada me ha hecho súbitamente renacer,
¿No te veré más que en la eternidad?
Desde ya, ¡lejos de aquí! ¡Demasiado tarde! ¡Jamás, quizá!
Porque ignoro dónde tú huyes, tú no sabes dónde voy,
¡Oh, tú a quien hubiera amado, oh, tú que lo supiste!
Charles Baudelaire
A une passante
La rue assourdissante autour de moi hurlait.
Longue, mince, en grand deuil, douleur majestueuse,
Une femme passa, d'une main fastueuse
Soulevant, balançant le feston et l'ourlet;
Agile et noble, avec sa jambe de statue.
Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
Dans son oeil, ciel livide où germe l'ouragan,
La douceur qui fascine et le plaisir qui tue.
Un éclair... puis la nuit! - Fugitive beauté
Dont le regard m'a fait soudainement renaître,
Ne te verrai-je plus que dans l'éternité?
Ailleurs, bien loin d'ici! trop tard! jamais peut-être!
Car j'ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais,
O toi que j'eusse aimée, ô toi qui le savais!







